1 de octubre de 2013

Vargas Llosa y el padre García

Mario Vargas Llosa ha defendido siempre que la literatura no debe ajustarse a la realidad ni medirse en función a su real cumplimiento: “Ya lo sospechaba, pero entonces lo supe de manera flagrante y carnal: la “verdad real” es una cosa y la “verdad literaria” otra y no hay nada tan difícil como querer que ambas coincidan”.
Muchos personajes de sus relatos, sin embargo, están tomados de la realidad y los que pueblan Los jefes o La Casa Verde, como muy bien señalara Carlos Robles, eran personas de carne y hueso conocidos de todos, como Chápiro Seminario que no entendía por qué Vargas Llosa –solía decir– lo había hecho morir en la Casa Verde cuando él seguía vivito y coleando.
En septiembre de 1973 el profesor Estrada publicaría un simpático deslinde entre el padre García de la realidad y el personaje de La Casa Verde, que comenzó siendo “negativo” en la obra pero termina avivando afectos y demostrándose “capaz de despertar un sentimiento de solidaridad, como lo reconoce el mismo autor”. Así fue que, aunque quiso castigarlo y hacerlo odioso (el joven Vargas Llosa se definía a sí mismo un “comecuras”), finalmente será “uno de los más simpáticos” y es que las novelas se escriben (dirá también en 1971) “con obsesiones y no con convicciones”.
Y es que había publicado en Barcelona ese curioso librito impreso en tinta verde titulado “Historia secreta de una novela”, que tenía algo más de disculpa que de secreto y algo más de egocentrismo entre mucha historia verdadera, y que sin duda aclara cosas y ofrece información muy personal acerca de cómo Vargas Llosa concibió y escribió “La Casa Verde”.
En 1966, la novela había recibido el premio Nacional de Novela del Perú, el Premio de la Crítica Española y el Rómulo Gallegos de Venezuela y Luis Fernando Díaz lo nombraba “personaje de nuestro siglo” en el número de la “Revista Piura” del mes de julio, pero nuestro personaje presentaba a Piura, para congoja de los piuranos, como un ambiente sórdido de burdeles y puteros, de beatas incendiarias, riñas y borracheras que destruye todo lo que acoge: a Josefina y a la Chunga, a Lituma y a los inconquistables, una ciudad en la que el único lugar luminoso parecía ser el prostíbulo y su dueño, el único personaje al parecer querido y admirable, que todos creían mangache aunque había llegado décadas atrás desde Bagua, cuando Piura era un remanso míticamente arcaico.
Piura aparece más luminosa y alegre en Los jefes y El desafío, pero es que desde París el espacio gana subjetividad y carga ideológica: aquí se propone como lugar de posiciones preconcebidas. La pequeña selvática que educaron las misioneras terminará de meretriz, manteniendo a todos, que igual la maltratan. La muchacha que se salvó de niña del incendio del prostíbulo se emancipa de repente para levantar otro en el que Anselmo podrá seguir tocando el arpa, mientras ella vende su cuerpo o el de otras jovencitas y todos contentos. Las que quedan mal son las beatas y las monjas. Cincuenta años después ese argumento tan ideológicamente maquinado y ese discurso tan forzadamente antirreligioso no resistiera el menor análisis ni pasara de folletín si no fuera por la fuerza expresiva y el prodigio estructural de la maestría de Vargas Llosa, y porque sus personajes –una cosa es la novela proyectada y otra la novela realizada– no se dejan destruir tanto como el enredo izquierdista deseara.  Anselmo y sobre todo el viejo sacerdote terminan mostrando aspectos positivos de una figura paterna que faltó trájicamente al propio Vargas Llosa, pero no a toda Latinoamérica.
Al costado de la Iglesia del Carmen vivía don Jesús Santos García, entre el colegio y la casa donde vivía Vargas Llosa con sus tíos en Piura.
Al verdadero padre García, nacido en Salamanca (España) en 1880, todos los piuranos lo querían y respetaban “no solo por lo que hizo en Piura –sacerdote, hombre público, educador y periodista–, sino por su capacidad y sabiduría”, dice Estrada Morales, el viejo profesor del novelista. Sus alumnos sanmiguelinos lo visitaban con frecuencia “para escuchar sus conversaciones y contemplar su colección de estampillas”. Todos iban a intercambiar las suyas, aunque su único valor verdadero fuera compartir el juego. También el joven Mario, que encontró en Piura un remanso feliz. Y así en la novela “terminó convertido en una figura tierna, humana, opositora de la maldad” y suya es la última escena.
El doctor Cevallos lo acompaña a la muerte del arpista, el viejo proxeneta, que agoniza. El padre García tiene la dignidad de quien no acepta la infamia, pero atiende a la persona esté donde esté. El doctor es como la ciudad que ha visto pasar mucho agua por el río, y nada le parece infame. El viejo Anselmo para los mangaches era “su dios para ellos, más popular que Sánchez Cerro”. No nos corresponde a nosotros juzgar a las personas, pero al final todo buen cristiano busca el perdón. Su hija manda llamar al buen sacerdote “para tener un velorio como Dios manda”. Tal vez para hacerles pasar un mal rato también, pero no solo por eso nada más, y es que también Anselmo lo quería –a su manera– y si no era al padre García, por más malgeniado que fuera, ¿a quién más podrían llamar?

Se publicó en el diario El Tiempo de Piura el 6 de marzo de 2012.

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