29 de mayo de 2013

Extravíos del indigenismo

El gentilicio “mangache” es uno de los términos López Albújar incluye uno al final de su libro De la tierra brava. Poemas afroyungas (1938), por lo que no era una palabra común en el resto del país. En otro lugar emplea el término “mangacherinos”, que no prosperó. Se trata de cualquier modo de una rara pervivencia entre un grupo de términos que aludían al lugar de procedencia de los negros esclavos, separados de su grupo étnico por el comercio negrero: “ararás”, “congos”, “angolas”, “caravelíes”…
África quedaba muy lejos y la permeabilidad social fue borrando esos indicativos, que habían servido no tanto como señal de identidad, sino como marca distintiva y vergonzosa con que se ofrecían hombres, mujeres y niños en el comercio negrero.
Sea como fuere, si sumaron un grupo más numeroso, o es que fueron de los últimos que llegaron a Piura, lo cierto es que solo ellos conservaron su nombre de origen. Provenían de Madagascar, la cuarta isla más grande del mundo, en el lejano océano Índico. Y mantuvieron con fiereza su nombre y su identidad aunque el recuerdo de su origen fuera borroso. Los portugueses llamaron a la isla Madagascar, y los franceses difundieron el gentilicio “malgaches” (en castellano hubiera sido algo así como “malagasios” o “malaquenses”). Ya en América se trocó la implosiva lateral con una consonante nasal seguramente por asimilación fonética: “mangaches”, y es fácil en tal posición ese trueque de líquidas. El término sólo subsiste así en Piura. Algunos se mencionan ya en el siglo XVI, y vemos mangaches en Panamá o Ecuador, pero no hay otra ciudad en la que hayan dado su nombre a uno de sus barrios más populares.
Llegaron del campo, los más, cuando el presidente Ramón Castilla abolió definitivamente la esclavitud, y salieron adelante como sastres, zapateros y toda suerte de trabajos.[1] Tradicionalmente se enfrentaban con los negros del barrio sur, llamados despectivamente los de la Gallinacera por encontrarse muy cerca del camal y al costado del mercado viejo, junto al río, habitualmente lleno de gallinazos. La Gallinacera vivía en torno a la parroquia de San Sebastián y la Mangachería en torno a la pequeña capilla de la Cruz del Norte, que finalmente también se convirtió en parroquia.
Linda L. Grabner-Coronel publicó en la Revista Iberoamericana, en 2005, una reflexión sobre la “localización del poder” en el Perú,[2] comparando la representación de la indigenidad en tres novelas peruanas entre las que se encuentra, en primer lugar, La casa verde de M. Vargas Llosa. Aparte de descalificar al escritor por considerarlo moderno, nacionalista y colonialista y, por todo ello, eminentemente masculino, dirige su análisis al hecho de que son las mujeres de la mangachería las que incendian el prostíbulo verde de la novela, y todo ello para llegar a la forzada conclusión de que aquí, como en las chicherías de Abancay que se muestran en “Los ríos profundos” de J. M. Arguedas, “quienes causan las revoluciones sociales son las mujeres indígenas” (570).[3]
Así pues, efectivamente y sorpresivamente, la investigadora norteamericana considera que los mangaches son “indígenas aculturados”, y confunde sin ningún tipo de rubor los espacios descritos en la novela. Resulta que “las chozas de barro y caña brava de la Mangachería” que aparecen en las páginas de Vargas Llosa, así como “las picanterías y chicherías de la Gallinacera, (…) que abrazan a Piura como una muralla” (1966: 32-33). Los interpreta como barrios indígenas. En realidad la población indígena de Piura, muy numerosa, vivía en los pueblos de Catacaos, de Sechura y de Colán, aunque ya no se consideraban como tales, sino más bien como comunidades campesinas, dado lo avanzado del mestizaje y el hecho de que todos ellos hablaban castellano, desde hace por lo menos siglo y medio, en esta parte del país.
Refiere López Albújar que los oficios se ubicaban al norte y al sur de la ciudad con especializaciones específicas: “Así, mientras el mangache fabricaba adobes y ladrillos, tejía riendas y empajaba techos, curtía pieles, repujaba cueros y laboraba jabones. El gallinacero fabricaba peines y calzado, tejía cobijones y alforjas, manipulaba la plata y el oro y forjaba el hierro y tallaba la madera, este hacía la música y aquél baliaba. Cuando el uno era castillista, monterista o pradista, el otro alardeaba de vivanquista, pradista o pierolista”.
En la novela de Vargas Llosa hay un eco de estas rivalidades. Para los años 50 los mangaches eran urristas y recordaban la figura del presidente Sánchez Cerro. Y, por cierto, se menciona Catacaos apenas una vez y como a lo lejos, pero no hay personajes piuranos de origen indígena o campesino. Son todos pobladores de la ciudad, aunque sea una ciudad tan pegada al campo y a la tierra que parecen confundirse. Los protagonistas, los del barrio norte, manifiestan con orgullo su identidad: “Todos sabemos –dirá uno de los inconquistables– que los mangaches son los mejores.” Cuando ya Anselmo se acostumbra a la ciudad, el narrador anota: “bailaba el tondero como los mangaches” (55). Y al final, cualquier piurano reconocía en él a un mangache por su manera de hablar (244). Lituma mismo es mangache y protesta cuando al salir de la cárcel ve que los blancos se pasean por la Mangachería “como por su casa” (39). El nombre del barrio se reitera cuarenta veces en la novela y el adjetivo “mangache” en veintiocho ocasiones más.[4]
Es un error de bulto confundir los antiguos barrios de negros con poblaciones indígenas, y hablar de “mujeres gallinazo” para referirse a las lavanderas y vendedoras del mercado. Una ofuscación. Es la miopía del intelectual indigenista que continúa el simplismo de los ensayos mariateguianos. Para la dialéctica marxista todo ha de reducirse siempre a dos polos opuestos cuando la realidad siempre es más compleja y particularmente en el caso del norte peruano, pues se trata de un espacio multipolar en el que la herencia africana constituye una parte fundamental de la identidad, la misma que mezcla, borra y matiza sangres, colores, danzas, costumbres, dejos y sabores.

No por nada Jorge Moscol Urbina llamó Mangachería rabiosa a la colección de dieciséis de sus mejores relatos y anécdotas.[5] Era no solo el barrio emblemático de Piura sino el término con el que más orgullosamente se reconocían los personajes y, por extensión, los lectores de este eximio periodista y escritor piurano. El barrio norte ha difuminado sus fronteras con el desarrollo urbano y sus pobladores se han diseminado por toda la ciudad. Todos los piuranos son mangaches y conservan ese antiguo nombre sin apercibirse de su significado original, pues la población ya no le otorga una interpretación étnica. Lo expresa en su poema “De la rica china”, el tan piurano Enrique López Albújar:
¡Qué guapa china la Carmela!
            ¡Cómo se mece al caminar!
            Qué bien mangache es su lisura
            y qué piurana al decir ¡gua![6]

Que las piuranas tienen su geniecito, no hay más que decir. Pero que ese geniecito sea debido a una herencia genética (¿las capullanas que se mencionan los cronistas?) o una evolución cultural ya es otra historia. Presuponer una raíz indígena, una especie de gen originario a un supuesto impulso revolucionario es más que un error de obcecación del indigenismo, una expresión del racismo subyacente y del totalitarismo solapado que subyacen en esa corriente ideológica. El error no pretende más que justificarse en la superchería de lo irremediable. Con el vistoso ropaje de los estudios culturales, con un discurso aparatosamente sobreinterpretado por una posición ideológica radical llena de prejuicios, y con la herencia negra como lastre, asumida sin más (pero no ingenuamente) desde la tradición anglosajona protestante, la profesora Grabner-Coronel ha logrado que una de las mejores revistas del hispanismo publique entre sus páginas una visión totalmente errada de la realidad peruana a partir del análisis de tres novelas que, en cualquier caso, son obras de ficción y no un reflejo exacto de la realidad.[7]


[1] Se ha mencionado alguna vez que los topónimos “Malacas” o “Malacasí”, en el campo piurano, tendrían relación con el gentilicio, pero a decir verdad, parece ser una simple coincidencia fonética. Deben tratarse de nombres prehispánicos.
[2] Linda L. Grabner-Coronel, “Localización del poder en el Perú: Reflexiones en torno a la representación de la indigenidad y feminidad en tres novelas peruanas”, Revista Iberoamericana. Vol. LXXIII, n. 220, jul-sept. 2007, pp. 563-579.
[3] La tercera de las novelas analizadas es Aves sin nido (1889) de Clorinda Matto de Turner, que sería, para Linda Grabner-Coronel, la única expresión válida de feminidad e indigenidad.
[4] Mario Vargas Llosa, La casa verde. Barcelona, Seix Barral, 1967. Pongo las páginas entre paréntesis.
[5] Jorge E. Moscol Urbina, Mangachería rabiosa. Piura, Ediciones Piuranidad, 1986.
[6] Enrique López Albújar, De la tierra brava. Poemas afroyungas. Lima, Editora Peruana, 1938, p. 33.
[7] Se publicó en el diario El Tiempo el 17 de abril y el 21 de mayo de 2013. Aquí se han hecho modificaciones al texto original, que se ha ampliado considerablemente.

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