18 de febrero de 2011

La mala educación

Recientemente Martha Hildebrandt dio la nota declarando que Mario Vargas Llosa tiene “errores garrafales” pero que eso no hace mella en sus méritos literarios porque “el genio no tiene nada que ver con la gramática”. Aparte del probable afán de protagonismo en estos tiempos electorales de la candidata y del enfermizo afán de los medios por conseguir titulares impactantes en el competido mercado periodístico, la doctora Hildebrandt no hace más que referirse a algunos errores del escritor que había señalado en su estudio sobre el habla culta del Perú el año 2000. Por ejemplo, cuando aquel deslizó en un artículo de Contra viento y marea: “el sentido que querramos darle”. También repite otro error de conjugación: “La arena estaba tibia y nuestros pies se hundían, como si andáramos sobre un mar de algodones”, que en la versión definitiva de Los jefes se corrige con una solución elegante: “como si estuviéramos sobre un mar de algodones”. Aunque se pierde algo el matiz de movimiento acentúa la sensación de paroxismo. Son errores que comete cualquiera, por pura analogía primero con el futuro “querremos”, y segundo con otros verbos similares (“cantáramos”, “paráramos”). Las formas correctas son “queramos” y “anduviéramos”.[1]

Lo que no dice Hildebrandt es que el Diccionario Panhispánico de Dudas se apoya en los textos de Mario Vargas Llosa, entre otros, para fijar la norma y que para José Manuel Blecua –actual director de la Real Academia Española–, “Vargas Llosa unifica mucho más de lo que pueda disgregar el spanglish.” Tampoco dice que Vargas Llosa alcanzó pronto el de doctorado y que bien podría haber permanecido en el Perú, como colega suyo y profesor de Literatura en la Universidad de San Marcos, si lo hubiera querido.

De cualquier manera Martha Hildebrandt demuestra haber sido una fiel lectora de las obras de Vargas Llosa y discrepancias y antipatías aparte no deja de reconocer sus méritos. Lo malo es que dijo que el escritor “había tenido una formación mediocre en las escuelitas de Piura y Cochabamba”. Diminutivo demoledor. Difícil juzgar si las profesoras del Colegio Nacional de Mujeres de Lima eran mejores. Puede que sí. Los del Leoncio Prado eran en algunos casos excelentes: el joven Mario escuchaba “entusiasmado” a Aníbal Ismodes y también recibió clases de César Moro, un gran poeta peruano y una figura intelectual por la que luego sentiría admiración. Pero el de castellano era “un curso aburridísimo”, dice el escritor, pues había que memorizar “las reglas de la prosodia, la sintaxis y la ortografía”. Su vocación por la literatura surgió entonces, pero fuera de las clases de castellano leonciopradinas.

Sabemos que Vargas Llosa llegaba siempre tarde pese a vivir en la misma plazuela, frente al colegio y que hacía rabiar al director Marroquín, lo confiesa en El pez en el agua (1993).[2] Y sabemos que el escritor guardó un cariño muy especial por “los buenos profesores” del San Miguel, mayor que el que muestra por el hermano Agustín de Cochabamba al menos. No sólo Néstor Martos, de “figura desbaratada” era también “un excelente profesor de Historia” que “encandilaba, fascinaba a los alumnos”, sino también expresa un gran respeto por el doctor Guillermo Gulman y sus preocupaciones cívicas y por Robles Rázuri, “algo desangelado” porque les hacía memorizar los adjetivos con que calificaba a los clásicos, pero trasmitía pasión por la literatura. Le prestó dos libros importantes, ambos de Azorín, y con ellos despertó una decidida preocupación por el estilo, que será una constante en Vargas Llosa, y una lectura profunda del Quijote, referencia fundamental en su concepción literaria. José Estrada Morales le ayudó a presentar “La huida del Inca”; solo eso ya sumaba una deuda “impagable” por Piura, que está muy presente en su obra.

Queda claro que nadie se libra de cometer errores gramaticales alguna vez y que Vargas Llosa comete algunos usuales en el Perú y en todo el mundo hispánico. Queda claro que los editores no siempre hacen su trabajo como deben (demasiadas veces por no pagar bien a buenos correctores), y que Vargas Llosa sabe corregirse de modo elegante y sin resentimientos. Y queda claro que existe una conciencia clara, casi excesiva, de la importancia de la norma gramatical, puesto que el asunto ocupó grandes titulares. Martha Hildebrandt encarna de algún modo la norma académica: su opinión importa y razones no le faltan, pero habría que discutir –falta una reflexión colectiva– si su opinión coincide o no siempre con lo que se considera realmente “normal” en el habla culta peruana.

También queda claro que los profesores no siempre somos objetivos en nuestros juicios por más que nos toque corregir, y que Vargas Llosa demuestra ser un caballero al guardar un prudente y respetuoso silencio en este caso, que tal vez no merecía mayores comentarios.



[1] Ver Martha Hildebrandt, El habla culta (o lo que debiera serlo), Lima, Peisa, 2000, p. 31 y 257.
[2]Ver Mario Vargas Llosa, El pez en el agua. Madrid, Alfaguara, 2005, pp. 109-110.

Publicado en el diario El Tiempo de Piura el día viernes, 18 de febrero de 2011, p. 4. La imagen está tomada de Somos Piura.com