El pasado lunes 8 de noviembre, luego de una repentina enfermedad, falleció la profesora Aída Mendoza Cuba, lingüista de la Universidad de San Marcos, y directora del Instituto de Investigaciones Lingüísticas (INVEL). Marco Martos nos ha trasmitido la triste noticia y la hemos recibido sorprendidos. Ella estuvo en Piura el pasado mes de agosto, en el Congreso de Lexicología y Lexicografía que se realizó en la Universidad de Piura, en que la Academia Peruana de la Lengua rindió homenaje a Carlos Robles Rázuri. Ella, como siempre, prestó su cordial apoyo a la organización del Congreso.
Aída Mendoza estaba contenta de estar entre nosotros y conversamos un ratito acerda de que fue en Piura donde inició sus estudios de lingüística peruana. El año 1974 publicó, junto con otros tres investigadores, El castellano hablado en Piura.[1] El Ministerio de Educación, a través del efímero Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo de la Educación (INIDE), se propuso estudiar el habla del niño peruano hispanohablante. Son los años de la apurada reforma educativa de la dictadura militar de Velasco Alvarado y se convocó a un grupo de jóvenes lingüistas recién egresados de San Marcos para el estudio global de las características fónicas, morfosintácticas y léxicas de los niños de las distintas regiones del país. La educación tiene que responder a la situación real del niño peruano, por lo que los libros de texto (a menudo importados), y la actuación docente deben adecuarse a la problemática real del país y también a su diversidad dialectal.[2] Se trataba, en palabras del propio Alberto Escobar, de "un valioso y plausible esfuerzo” dirigido a ofrecer “una visión integral de la lengua española, tal como es usada oralmente en el Perú”.[3]
En efecto, el proyecto estaba acorde con la política extremadamente nacionalista del gobierno militar, pero apenas logró dar sus primeros pasos antes de quedar estéril. Tal vez solo buscaron una excusa para justificar la reforma. Soy el primero que defiendo la pertinencia de estudiar la variación dialectal y necesitamos conocer mejor todos los castellanos que se hablan en Perú no solo por un prurito científico sino por su aplicación pedagógica, y es muy poco lo que se ha logrado hasta ahora. Pero en realidad, tal vez hubiera sido más razonable, en aquel entonces como ahora, elaborar un diccionario escolar recopilando el léxico usual junto con los peruanismos más comunes, y tal vez estudiar por lo pronto las características de cuatro o cinco regiones en lugar de veinticinco. Al final solo pudieron llegar a trece y apenas avanzaron a terminar siquiera parcialmente los estudios de tres: Piura, Puno y Cabana.[4]
Aída Mendoza formó parte del primer equipo que estudió el español de Piura, junto a Ibico Rojas, Liliana Minaya, y Luis Miranda, y su descripción actualizó y amplió considerablemente los apuntes aportados por Martha Hildebrandt en su tesis de 1949. Su investigación pudo detectar claramente la perífrasis concomitante norperuana, entre los muchos aspectos estudiados, y destacaron que en Piura "la característica más singular es la aparición de una forma verbal compuesta por una forma del verbo estar con la conjunción que a la que se le añade una forma del presente de indicativo".[5] Recogieron varios ejemplos: “está que pone el sillón”, “está que baja la torta”, “está que cocina”. Aída Mendoza desarrolló los estudios fonéticos pero este interesante fenómeno morfosintáctico no fue atendido con posterioridad hasta que me propuse estudiarlo el año 1998. En aquel entonces resultaban más interesantes los efectos del contacto con el quechua y el aimara.
En los años siguientes Aída Mendoza se centró personalmente en el estudio de las variaciones fonéticas regionales, y su trabajo: Sistema fonológico castellano y variantes regionales, sistematiza los datos recopilados en trece ciudades del proyecto.[6] Se publicó también mimeografiado dos años después.[7] El propósito que perseguía Aída Mendoza con la descripción de esas “variantes regionales” (sus variaciones fonéticas), era “fijar los límites de grandes zonas dialectales y elaborar una zonificación dialectal acorde con la realidad” (65). Su estudio fue además uno de los primeros que señaló casos de “reinterpretación del castellano de acuerdo a los patrones fonéticos de las lenguas habladas en la región” (65), en referencia a interferencias causadas por contacto de lenguas en español andino, aunque reconocía en el “interlecto” una tendencia a regularizar las desviaciones de acuerdo a la norma del castellano estándar, “conducta que revelaría una actitud consciente o inconsciente hacia formas de hablar de mayor prestigio” (65).[8]

El método se inspiraba en los postulados estructuralistas de José Pedro Rona,[9] con el convencimiento de que “la zonificación dialectal del Perú puede estar basada en un limitado número de rasgos”. En aquel entonces parecía más urgente que hoy demostrar la diversidad existente en el español americano. Si bien ni entonces ni ahora es posible señalar límites precisos, lo que pretendía el estudio era "encontrar grandes zonas con fenómenos comunes” (66). Para Mendoza, “el factor fundamental para la distribución de zonas diferenciables a nivel consonántico está en la variación del rasgo de tensión”.
En la costa encontraba “una tendencia a la economía de esfuerzo en la articulación. Esta tendencia actúa con fuerza y se opone a una mayor tensión en la zona andina y selvática” (67). Esta tendencia afecta a las sonoras /d/, /d/, /g/, a la labiodental /f/, a la palatal /y/ y a la vibrante múltiple, pero sobre todo estima que “un rasgo fundamental de la pronunciación en zona costeña está constituido por el relajamiento articulatorio de la /s/. Las variedades de la zona andina, según Mendoza, son el resultado de interferencias por parte del quechua.
Es interesante realmente el planteamiento que hizo Aída Mendoza, y debemos lamentar que no se hubiera desarrollado con posterioridad porque las zonificaciones al uso de la de José Pedro Rona (incluyo la de Escobar), suelen atender a un número mayor o menor de fenómenos, pero Aída Mendoza iba más allá al detectar que los fenómenos respondían conjuntamente a una distinta base articulatoria, que es el meollo de la cuestión.
El español costeño, según su zonificación, abarcaba toda la costa norte, centro y sur, salvo el extremo sur (Tacna), y la región andina abarcaba la sierra, junto con la Amazonía y la costa del extremo sur. Mendoza no quiso presentar esta división como un hecho irrefutable, sino más bien como un marco de referencia inicial, y su mayor mérito estriba en ofrecer un primer borrador de atlas lingüístico nacional ofreciendo en mapas aproximados cada uno de los fenómenos estudiados.
Los rasgos que tiene en cuenta, considerándolos “indicadores de variación dialectal”, son los siguientes:
1. Las sonoras /b/, /d/, /g/, en la costa “o se relajan hasta hacerse casi imperceptibles, o desaparecen completamente” (73): [saltabamos], [luéo] [ehtáhwándo], [a toítoslobandíos]: ‘saltábamos’, ‘luego’, ‘está jugando’, ‘a toditos los bandidos’. Incluso en posición inicial absoluta, según la autora, se articulan como fricativas. En la sierra y en la selva, en cambio, “se articulan con regularidad como oclusivas o, por lo menos, con mayor tensión, es decir, con mayor duración y nitidez”(73): [laxaradexúgo], ‘la jarra de jugo’. Este fenómeno, según Mendoza, se debe a influencia quechua. En muchos casos iba precedida de una oclusión glotal que acentúa la división silábica: [la?báka], ‘la vaca’.
2. La labiodental /f/ se realizaba en todos los lugares, con más frecuencia como [φ] bilabial fricativa sorda, en todos los contextos, [estáφuéra] [komφuérsa]. Señaló que en la sierra se realizaba con más tensión que en la costa. Resulta menos convincente que la realización bilabial costeña se deba a la misma tendencia a la “economía de esfuerzo”, y menos aún que este rasgo se interprete como fruto de la influencia quechua (que carece de labiodental), en la sierra y la Amazonia. En todos los lugares encuestados aparece velarizada ante semiconsonante velar: [xwérte] [sixwéron]: ‘fuerte’, ‘se fueron’.[10]
3. Para la sibilante /s/, en la costa describió Aída Mendoza una pronunciación de tipo predorsal que se adelanta hacia una zona dentoalveolar articulándose menos estridente “al hacerse más plana”. Para Mendoza, era también una marca más de relajamiento en la tensión articulatoria. El rasgo más definitorio para la costa es la aspiración de –s final sobre todo ante consonante velar [buhcándo], y en otros contextos que no quedan bien descritos: [nohdan], [tákontóh]; ‘nos dan’, ‘está con tos’. Interesante testimonio de ensordecimiento nasal por asimilación (que representaba –tal vez de modo inapropiado– con letra mayúscula): [aímíMmo], [máMmegústa]. En posición intervocálica se aspiraba en algunos casos: [nohótros], [porého]; ‘nosotros’, ‘por eso’. Señaló algunos testimonios, aunque escasos, de desaparición: [lotirántes], ‘los tirantes’. Esto era válido para Piura, Trujillo e Ica. La ciudad de Tacna, en la costa sur, presentaba sibilante de tipo serrano.
En efecto, en la sierra y en la selva observaba una pronunciación apicoalveolar tensa de /s/ que no se aspira ni se pierde en ningún contexto. Incluso en Huancayo, Cuzco y Puno (sierra central y sur), percibe una realización retrofleja que se acerca a la zona prepalatal.
4. En la costa, el yeísmo es general, y la palatal se vocaliza y finalmente desaparece cuando está en contacto con vocal /i/: [amaríja], [sía], [poíto], [granadía]; ‘amarilla’, ‘sílla’, ‘pollito’, ‘granadilla’.
En la zona andina observaba una situación en proceso de desarrollo. La sierra sur (Puno, Arequipa y Cuzco) presenta el mayor grado de conservación de la /l/ opuesta a /y/: [lospoλítos]. Las ciudades de la sierra centro y norte (Huancayo, Huaraz y Cajamarca), presentan una situación de cambio donde la oposición palatal no es estable y en un mismo informante encuentra vacilación en proceso de seguir el desarrollo de la costa: [λegó], [loλebáron], [uŋgáyo], [aíyegában]. Incluso presenta un testimonio de semivocalización en Ayacucho: [kucaríja]. Señala que este proceso de deslaterización “puede estar favorecido por un proceso similar al que ocurre actualmente con la variante quechua de esa zona” (99), por lo que según su postura, la presencia de /l/ en castellano y quechua parece tener una vinculación estrecha.
5. La velar /x/ en la zona costeña “se manifiesta con mayor frecuencia como la aspirada [h], especialmente en posición intervocálica” (108): [abaho], [kaha]; ‘abajo’, ‘caja’.
En cambio observaba en la región andina una articulacion velar y en la selva una articulación post-velar. En la selva, además registró que la secuencia /fu-/ se sustituye por [φ] detectando [φán] por ‘Juan’.
6. La vibrante múltiple era para Mendoza otro indicador regional importante, ya que en la costa se pronuncia con la realización estándar y sin embargo, “la pronunciación típica de /r/ en la zona andina es la variante asibilada” (115), que se encuentra también en Tacna, en posición intervocálica y final, si bien aquí su realización está condicionada por el rasgo sordo o sonoro del segmento siguiente. En algún caso se ensordece totalmente en final absoluto y ante consonante sorda en palabras como [mwéřto], ‘muerto’. La asibilación alcanza también al grupo tr: [třómpo]. En la selva encuentra una realización uvular.
7. Otros rasgos consonánticos alcanzaban una extensión más limitada. En Huancayo y Puno era frecuente, según Mendoza, que todas las consonantes dentoalveolares se convirtieran en retroflejas, acercando su punto de articulación a la zona prepalatal. En la sierra norte, en las ciudades de Cajamarca, Cabana y Huaraz encontró una sibilante que no llega a identificar, pero que por su descripción suponemos que vendría a ser una prepalatal fricativa sorda. Por un lado la consideraba “una supervivencia de un rasgo arcaizante del castellano que llegó a América” (116), pero contradictoriamente afirma que parece hallarse más en préstamos del quechua al español. Aparece además con función morfológica con el sufijo apreciativo <–azo> que aquí parece adquirir valor de diminutivo como en misáshos, ojáshos (‘gatitos’, ‘ojitos’), y en hipocorísticos: Cushto (por ‘Custodio’).
El vocalismo también presentaba rasgos diferentes según las regiones del país. En la selva las fluctuaciones no parecían uniformes. Estimaba que el vocalismo aquí se acercaba más al estándar y que las variaciones se debían a factores sociolingüísticos y no geográficos. Donde encontraba una mayor consistencia en los materiales alcanzó conclusiones más sólidas:
“Mientras que la zona costeña [sic] se advierte una conservación del timbre vocálico estándar, en las zonas andina y selvática hay una fluctuación en el grado de abertura de las vocales.” (122)
1. El vocalismo andino presenta una tendencia general que “lleva a las vocales medias a hacerse más altas” (123). De modo que /e/ llega a convertirse en [i] pasando por una abertura intermedia [I] y lo mismo /o/ termina pronunciándose [u] pasando por una intermedia [v], en ejemplos como: [sIrbiλéta], [dIstapáron], [dispwés] o [despwís], ‘servilleta’ ‘destaparon’, ‘después’. Con menor frecuencia ocurre lo contrario: las vocales altas se hacen más bajas. En la selva, por el contrario, las vocales medias /e,o/ se pronuncian más abiertas y la mayor apertura con frecuencia se acompaña de alargamiento: [sjapε:rdído], [es?b :níto]; ‘se ha perdido’, ‘es bonito’.
2. Algunos dialectos quechuas mantienen en su sistema vocálico la distinción de cantidad. Mendoza llegó a considerar que esta característica había podido pasar al castellano regional. Sin embargo aporta sólo ejemplos de desdoblamiento en la vocal abierta /a/ recogidos en Huaraz, . Aquí presenta la vocal /á/ tónica siempre larga frente a la /a/ átona, que resulta breve y según Mendoza normalmente más alta y ensordecida [^]: [ká:s^s], [gá:lo], [pjédr^s]; ‘casas’, ‘gallo’, ‘piedras’.
3. El rasgo más importante del vocalismo andino, descrito en la parte final de su estudio, es el ensordecimiento y caída de vocales postónicas que “permite a su vez la aparición de agrupaciones consonánticas no tradicionales” (135). Este fenómeno se ve favorecido por la presencia de consonantes sordas en la sílaba final de grupo fónico. En caso de hallarse una consonante sonora, ésta puede llegar a ensordecerse también. Para Mendoza era fruto de la influencia quechua:
“Esta tendencia que actúa en el castellano de la sierra puede deberse a la influencia que ejerce el patrón fonético del quechua. Como se sabe, el quechua de la región andina permite secuencias consonánticas complejas” (136).
Ejemplos de estas vocales caedizas eran: [poyíts], [kwántskolcónes], [tons], [ps], [kómseyamába], [umpokítstába], [akstá]; ‘pollitos’, ‘cuántos colchones’, ‘entonces’, ‘pues’, ‘cómo se llamaba’, ‘un poquito estaba’, ‘acá está’. Observaba que en el norte de la zona andina es mayor la caída vocálica mientras que en el sur el ensordecimiento, si bien es constante, no llega a producirse la caída vocálica[11].
En las brevísimas conclusiones generales, Mendoza afirmaba que el vocalismo permite observar “dos grandes zonas regionales: la costa, con un grado fijo de estructura vocálica, y las zonas andina y selvática, con diversas modificaciones en altura”. En el consonantismo, sin embargo, “la correspondencia con zonas geográficas no es exacta”, porque Tacna presenta un vocalismo de tipo serrano, y a su vez el rasgo de distensión costeño en su consonantismo”. En definitiva, Mendoza realmente ofreció “un marco de referencia inicial con relación al cual podrán iniciarse descripciones dialectales más minuciosas” (143).
Diez años después, José Luis Rivarola señalaría que el estudio “ha producido resultados muy valiosos y meritorios, cuyo carácter fundamentalmente indiciario debe servir de estímulo para los estudios dialectológicos”, y daba la razón a la profesora Mendoza que “ha sacado a la luz numerosos fenómenos de gran interés y que tendrá que ser un punto de referencia para investigadores ulteriores”,[12] a pesar de mostrarse cauteloso por tratarse de rasgos de fonética infantil.
En definitiva, fue un trabajo temprano que trató de extraer información válida de la diversidad dialectal del castellano en el Perú a partir de los materiales que le brindó el proyecto de INIDE, hasta cierto punto fiables, que representaban a un buen número de ciudades repartidas por todo el país. En sí fue el primer esfuerzo significativo, con el aislado precedente de Martha Hildebrandt (1949), de comenzar una verdadera dialectología peruana, sin embargo, el resultado no fue suficientemente atendido, tal vez porque mayor repercusión logro la que en mismo año 1976 presentó Alberto Escobar. Su zonificación llegó a una conclusión muy diferente: basándose en la presencia o ausencia de yeísmo (como hizo Rona), estableció dos modalidades distinguiendo el español andino, por un lado, del costeño y amazónico por otro.[13]
Aída Mendoza Cuba dejó estudios valiosos, lamentablemente no pocos inéditos. Sé que le gustaba enseñar, me dicen que daba muchos cursos de redacción y era muy cuidadosa en las ediciones que le encargaban. Los últimos años estaba concentrada en sus estudios latinos, cosa rara en estos lares. Dicen que era la profesora más querida y admirada entre los alumnos de la Universidad de San Marcos y lo que puedo decir es que su sorpresiva pérdida ha dejado más huérfana todavía a la lingüística peruana. Era además una persona dedicada y abierta. Mi recuerdo de Aída Mendoza está vinculado a sus primeros estudios fonéticos, porque los tuve que leer detenidamente para hacer mi tesina y aprendí mucho. Lo mejor que podemos hacer ahora es seguir y completar sus pesquisas e inquietudes, siempre con alegría, buen humor y un sentido profundamente humano de la docencia, y confiar en que la dialectología peruana siga abriendo caminos al futuro.
NOTAS
[1] Lima, INIDE, 1974. Se publicó como material mimeografiado.
[2] Entrevistaron a niños de siete años de edad que proceden de colegios tanto públicos como privados de distintas ciudades del país. Para que la muestra fuese homogénea se compararon 2 horas de entrevista por cada ciudad, con textos orales espontáneos de un número variable, de tres a seis niños informantes en cada lugar. Los mismos materiales servirían tanto para los estudios particulares del habla de cada ciudad como para los estudios comparativos del léxico, morfosintaxis y fonética, mediante tarjetas o flash cards, pero el análisis de cada nivel hubiera ameritado un tratamiento diferenciado.
[3] Alberto Escobar, Variaciones sociolingüísticas del castellano en el Perú. Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1978, p. 29.
[4] Además del ya citado, los trabajos de Liliana Minaya Portella, (con la colaboración de A. Kameya), Descripción sintáctica: La frase nominal en doce ciudades del país. Lima, INIDE, 1976 (Mimeo); Ibico Rojas, L. Minaya, A. Mendoza, L. Miranda, El castellano hablado en Piura. Lima, INIDE, 1974 (Mimeo); L. Minaya, Recuento léxico de niños de siete años de diez ciudades del pais, Lima INIDE, 1975 (2 vols. Mimeo); A. Mendoza, Sustantivos en el habla coloquial de los niños de Cabana, Lima, INIDE, 1975 (Mimeo); Luis Miranda, El castellano hablado en Puno. Lima INIDE, 1977 (Mimeo).
[5] El castellano hablado en Piura, p. 49.
[6] Fueron “escogidas por su importancia económica y cultural” (63): Piura, Cajamarca, Iquitos, Trujillo, Huaraz, Huancayo, Ica, Ayacucho, Arequipa, Cuzco, Puno, Tacna y Cabana (excluyeron Lima quizá por considerarla “norma nacional”). Aída Mendoza consideraba de todos modos que eran “insuficientes para intentar una regionalización del español peruano”, pero considera que “quizá puedan permitir descubrir tendencias saltantes que luego al ser mejor estudiadas permitan una delimitación más exacta” (9). Si tomamos en cuenta que para el Atlas Lingüístico de Hispanoamérica se seleccionaron cincuenta puntos solamente para el Perú (de un total de 600 para Hispanoamérica), vemos que realmente trece ciudades resultaba una cifra realmente escasa para un país cuya extensión ocupa 1.285.216 km2, sin embargo el proyecto no trataba de hacer un estudio completo de geografía lingüística sino un diagnóstico inicial para una aplicación didáctica. Finalmente, los resultados de la parte peruana del ALH, a cargo de Rocío Caravedo, nunca se publicaron y permanecen en poder de la coordinadora peruana. Cfr. Rocío Caravedo, "El Perú en el Atlas Lingüístico Hispanoamericano", en Lexis, vol. XI, n.2, 1987, pp. 165-182.
[7] Lima, INIDE, 1976 (Mimeo). A continuación señalo entre paréntesis el número de página de las referencias a este estudio. Un año antes había presentado en el Congreso de la ALFAL celebrado en Lima en 1975 una ponencia donde recogía las primeras aproximaciones de su trabajo, titulada: “Variantes fonéticas regionales”, que se publicó en A. Escobar (ed.) Lingüística y educación. Actas del IV Congreso Internacional de
[8] Alberto Escobar, en cambio, consideraba ese “interlecto” como una modalidad consolidada, “un dialecto social difundido en todas las regiones del país” (1978: 32).
[9] José Pedro Rona llamaba la atención precisamente al hecho de que “la determinación definitiva de las áreas dialectales debe hacerse siguiendo con todo rigor el método geográfico-lingüístico”, y mientras tanto, “toda subdivisión que se haga será artificial, insuficiente y carecerá de valor científico”. Cfr. Aspectos metodológicos de la dialectología hispanoamericana. Montevideo, 1958, p. 18. El mismo autor había defendido, a modo de demostración, su propia zonificación del español americano, aunque los límites con que divide los países andinos no se correspondían con los de Aída Mendoza (tampoco con la de Escobar), entre otras cosas, porque tomó en cuenta la presencia –aunque débil– del voseo en la costa sur del Perú, y porque obvia la región amazónica. Cfr. José Pedro Rona, “El problema de la división del español americano en zonas dialectales”, en Presente y futuro de la lengua española. I, Madrid, OFINES, 1964, pp. 215-226.
[10] Recoge testimonios de velarización ante líquida [xlánes], [xrútas]: ‘flanes’, ‘frutas’, que resultan por lo menos inusitados, más bien explicables por una falta de consistencia del consonantismo en niños de siete años de edad.
[11] Otro fenómeno común a la zona andina, según Mendoza, es la diptongación de /e/: [nweybísto], ‘no he visto’. Ofrece solamente tres ejemplos similares. Podría ser un fenómeno de analogía con el impersonal hay, pero no tenemos datos como para llegar a una conclusión.
[12] José Luis Rivarola, “El español en Perú. Balance y perspectiva de la investigación”, Op. cit. pp. 26-27.
[13] Alberto Escobar, "Tipología, variedades y zonificación del español del Perú: propuestas para un debate". Boletín de
La fotografía fue tomada en el V Congreso de Lexicología y Lexicografía organizado por la Academia en la Universidad de Piura en agosto de 2010.
2 comentarios:
la expresión "está que...(verbo en tercera persona singular" no es un fenómeno reciente ni mucho menos exclusivamente del castellano norperuano. En Lima la escucho desde hace bastante tiempo (y ya soy viejo). Por ejemplo, un locutor en la radio decía el partido está que arde...
Es curiosa su adjetivación: la palabra efímero significa que dura un día, y no creo un instituto con taantas publicaciones como INIDE haya sido efímero
Puse un enlace a otra entrada donde explico el fenómeno norperuano, que es parecido pero no igual al caso que menciona de esas frases "está que arde", "está que echa chispas" que se escuchan en todo el mundo hispánico. Respecto a INIDE tiene usted toda la razón de que no debí decir "efímero", que puede significar también "de corta duración" (mayor que un día), sino que tal vez debí decir "extinto" o mejor "desaparecido". El Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo de la Investigación "Augusto Salazar Bondy" fue creado en 1972 y no fue clausurado definitivamente sino durante el gobierno del presidente Fujimori. En verdad ya el segundo gobierno del arquitecto Fernando Belaunde Terry había dejado al Instituto casi sin recursos y con muy poco personal.
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