24 de noviembre de 2009

Encalavernarse


Es sobradamente reconocido que el norte peruano se caracteriza no solamente por el dejo característico sino también por poseer abundantes peculiaridades léxicas, algunas notables, en especial supervivencias de lenguas preexistentes y buen número de arcaísmos, “voces y acepciones castellanas –decía Martha Hildebrandt– que no se hablan en Lima”, y que suenan “como extrañas a los oídos de un limeño”. Podemos señalar algunas como majar, ramada, dejuro, velay, horcón, aguaitar, alferecía... Bastaría traer a colación el caso de la piuranísima interjección ¡gua!, que Ricardo Palma diera como propia de las limeñas y Ángel Rosenblat la recordara en labios de las ancianas caraqueñas.[1]
También son curiosas las creaciones léxicas, como faltoso por ‘insolente’, manudo por ‘ladrón’, piqueo, algarrobina, matacojudos,[2] majarisco, etc. amén de algún extranjerismo, como el anglicismo faite (de fighter), que da lugar a faitoso ‘enamorador’.[3] Y cambios semánticos diversos, como zarandaja, que se especializa en la designación de una variedad de frijol de pequeño tamaño muy apreciado en Piura.[4]
Sería acaso también un nombre compuesto el piuranismo piajeno, cuya creación es atribuida por el regionalista José Vicente Rázuri –sin ningún fundamento– al mismísimo Ricardo Palma, acusando a “los indígenas” de haberla maltratado al cambiar la e por la a. Rázuri mismo difundió la idea de que el término se componía de pie + ajeno y fue quien presentó por primera vez al piajeno como figura emblemática de la región, lo que Vargas Llosa plasma en La casa verde empleando hasta en diez ocasiones el término para caracterizar la procedencia regional de sus inconquistables. Creemos que el término tendría otro origen y que de ser inicialmente despectivo se tornó en vocablo cariñoso y designación telúrica enfrentada a la “cultura de las máquinas” hasta exaltar en él, como hace Carlos Robles Rázuri ya en los años 80, un “símbolo de Piura” por su trabajo y su amistad.[5]
El léxico norperuano, señalaba Martha Hildebrant en su tesis de 1949, manifiesta una antigua relación con el sur del Ecuador, con el que comparte términos como panela, como se conoce a la chancaca, y una estrecha conexión con México, a través del antiguo comercio con el puerto de Veracruz. De hecho, en Piura no solamente hay galpones y magueyes, sino también zapotes y tabancos, petates, jícaras y achiote en cantidad y un árbol llamado huachapelí que se parece al guachipilín mejicano, así como hay una variedad de burros a los que se les conoce aún como burros campeches, tal vez por provenir de ciudad del Pacífico surmejicano.[6] En el campo de Piura, al guarapo se le dice, también, “jugo de México” y a las pencas del ágave o maguey se les puede decir, simplemente méjicos.
En diversos estudios y repertorios de regionalismos se recoge el piuranismo encalavernarse, verbo que se utiliza todavía con las acepciones 'perderse en el camino, equivocarse de ruta, estar atontado, perdido'.[7] Suele considerarse como un vocablo autóctono, al igual que chifle o que piajeno.
El término –“estampa parlante de nuestro suelo”, como dice Robles Rázuri– parecería provenir de calavera, o tal vez de caverna.[8] Lo primero no parece tener justificación semántica plausible y lo segundo tropieza con una sílaba musical insalvable. Una mezcla de ambos términos sería ya lingüística-ficción imperdonable. Con todo, Martha Hildebrandt primero[9] y Carlos Robles Rázuri después defendieron el origen cavernícola del término, aunque "ya no se lo toma en el sentido de estar dentro de la caverna, perdido o no, sino extraviado, perdido por motivos materiales o sentimentales". Esteban Puig, con sabia prudencia, nunca estuvo muy convencido de esta teoría,[10] y al parecer tampoco lo estaba Edmundo Arámbulo Palacios, pues tampoco consigna ninguna etimología para el verbo.[11] Proviene en verdad de calavera pero luego de un largo recorrido. Veamos.

Aunque ya es poco usual, lo encontramos con cierta frecuencia en la literatura regional. El ejemplo más antiguo es sacado de Francisco Vegas Seminario en un diálogo de un relato breve:

"Espero combatirlos más adentro, pues si nos derrotan podremos encalavernarnos en las sierras."[12]

No podía proceder de caverna, cosa que al menos en la costa de Piura brilla por su ausencia. Podría entenderse a partir de calaverada ‘acción propia de hombre de poco juicio’ (fíjense en la discriminación que supone que sólo los hombres pueden tener la escasez de juicio), lo necesario para calaveradas como las que hacía, según cuenta Ricardo Palma, el virrey Amat enamorado de Micaela Villegas, la Perricholi:

Calló de hinojos ante las plantas de la huanuqueña, haciendo por ella durante catorce años más calaveradas que un mozalbete, con no poca murmuración de la almidonada aristocracia limeña.[13]

Por supuesto tiene un origen castellano, formada por un procedimiento de parasíntesis muy frecuente: cabrito > encabritarse, pantano > empantanarse, amor > enamorarse, candil > encandilarse, etc., que es especialmente activo en el habla popular hispanoamericana, donde se crean encamotarse (de camote), encañarse (en Cuba) y enchicharse (en Perú ya lo consigna Ricardo Palma en 1903), a imitación de emborracharse, sea de licor de caña o de chicha (igual que el peninsular empiparse), encampanarse (en México, 'entusiasmarse'), encachorrarse (en Colombia, 'obstinarse en algo'), emponcharse y empulgarse (en Argentina, 'ponerse el poncho' y 'llenarse de pulgas). Todavía más, en Piura se registran enchapinarse ('ponerse los zapatos o chapines') y el más frecuente enseñarse ('acostumbrarse'). En definitiva, se trata de un procedimiento muy común en el habla popular. Además es semejante a enfermarse, alegrarse, constiparse, y muchos otros verbos de uso pronominal.
Por un tiempo llegué a imaginar que encalavernarse, debía provenir de cañaveral, aunque la evolución fonética, perfectamente explicable, hiciera oscuro realmente este origen. "Por cañaveral, aclara Juan de Arona, se entiende exclusivamente el de caña de azúcar; el de carrizo es carrizal, el de caña brava, monte."[14] En efecto, un supuesto derivado *encañaver(a)larse, habría podido sufrir una metátesis de consonantes líquidas (trueque esporádico que se produjo, por ejemplo, en miraculum > milagro) y convertirse en *encalaverñarse (trocando lateral alveolar y nasal palatal); a su vez esa ñ hubiera sufrido una asimilación progresiva para adoptar el punto de articulación del sonido precedente con posible resultado en encalavernarse. La abundancia de cañaverales en el norte peruano hacía aparentemente plausible este origen del piuranismo, donde se registra el derivado cañavelero 'persona que vende cañas' en Ugarte y 'jornalero que trabaja en haciendas de caña' en Álvarez Vita. Un derivado sarcástico de caña registra, en un divertido juego de palabras, el autor del Concolorcorvo al mencionar que en la provincia de Andahuaylas, en pleno siglo XVIII:
"parece que los dueños de estas haciendas son personas de poca economía, o que las haciendas, en la realidad, no se costean, porque a los cañaverales llaman engañaverales y a los trapiches trampiches."[15]

También se registra el término en Cuba, isla famosa por cierto por la extensión de sus cañaverales, pero lo registra Alfredo Neves (1973) con b grande: encalabernarse (igual el diccionario de la Editorial Sopena que no hace más que quitar, con la autoría, la marca geográfica que indicó Neves), con significado de 'obstinarse'.
La imaginación popular puede que le haya brindado al piuranismo, junto con la v chica, matices semánticos calavéricos o cavernosos si cabe, por la similitud fonética con estos términos, pero realmente no puede explicarse con satisfacción el origen de encalavernarse por esos derroteros. Tampoco en los cañaverales se encuentra el camino seguro, esto es, el verdadero.
También Ricardo Palma nos pone tras la pista de un origen más plausible para encalavernarse, que no es otro que el verbo, hoy totalmente en desuso, encalabrinar, término derivado del dialectal calabrina, ‘hedor de cadáver’, que ha tenido un uso escaso pero constante en nuestro idioma, especialmente en hablas leonesas y gallegas. El término, dicen Corominas y Pascual, precede en realidad de una contaminación entre cadáver y calavera, que son términos similares en sentido y forma.[16] Es uno de los tantos términos que rescata César Vallejo en el fascinante lenguaje de Trilce (Poema I):
Un poco más de consideración
en cuanto será tarde, temprano,
y se aquilatará mejor
el guano, la simple calabrina tesórea
que brinda sin querer,
en el insular corazón,
salobre alcatraz, a cada hialóidea
grupada.[17]

El verbo encalabrinar tenía cinco acepciones: ‘Llenar la cabeza de un vapor o hálito que la turbe’, ‘hacer concebir a alguien falsas esperanzas’, ‘excitar, irritar’, y en forma pronominal, ‘enamorarse perdidamente’ y, familiarmente, ‘obstinarse’. Con la primitiva acepción (la que recoge el Tesoro de Covarrubias) aparece en el capítulo X la segunda parte del Quijote, en que Sancho se las ingenia para encantar a la señora Dulcinea y don Quijote se muestra tenazmente cuerdo:

Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea, según tú dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma.[18]

En otra de sus Tradiciones peruanas Ricardo Palma registra el arcaísmo con la cuarta de las acepciones:

Por entonces hallábase su señoría encalabrinado con una muchacha potosina; pero ella, que no quería dares ni tomares con el hombre de la ley, lo había muy cortésmente despedido. [19]

Es el mismo significado que muestra el piuranismo, como lo testimonia Robles Rázuri en su artículo lexicográfico, publicado en El Tiempo de Piura el 2 de agosto de 1982:

Francisco está tan encalavernado con la Purísima que no tiene cuándo llegar a su casa.[20]

Esta voz “patentito como la usan los criollos piuranos”, se usa asociada al enamoramiento como a la borrachera: “Tomó tanto que acabó encalavernado” es el ejemplo ilustra el padre Esteban Puig. “Estaba bien mareadito el pobre Chalule, por eso se encalavernó” ilustra, por su parte, César Arrunátegui.[21] También adquiere un matiz inmaterial, como ocurre en el relato que escriben Burneo y Guerrero:

Cuando uno llega a viejo, aparte que se te vienen encima todos los dolores del mundo, siempre termina uno encalavernado con sus recuerdos.[22]

Encalabrinarse y encalavernarse comparten, al menos, una acepción: ‘enamorarse’ (en Cuba otra: ‘obstinarse’). Fácilmente pudo deslizarse a las significaciones de ‘perderse’ o ‘confundirse’ en el monte o en cualquier otro ámbito. Fonéticamente son casi idénticos, y sería comprensible que la sílaba protónica se hubiera visto afectada de la analogía con entreverarse, enfermarse, etc., lo que haría más plausible este origen al término, en un espacio dialectal además caracterizado por la notable presencia de arcaísmos.

NOTAS:
[1] En Buenas y malas palabras en el castellano de Venezuela, Caracas, Mediterráneo, 1969, pág. 436-437.
[2] Es el nombre común de la Kigelia Africana, árbol ornamental de mediana altura y frutos duros y pesados. Es una especie introducida desde Norteamérica que se ha aclimatado perfectamente a los parques de la costa.
[3] Lo registra Edmundo Arámbulo Palacios en su Diccionario de piuranismos. Piura, Municipalidad Provincial de Piura, 1995, pág. 107. Lo había registrado también Pedro Benvenutto Murrieta (1932) en la replana limeña, citando a José Gálvez en Quince plazuelas, una alameda y un callejón, (2ª ed.) Lima, Fondo del Libro del Banco Industrial del Perú, 1983, págs. 284-285.
[4] Esteban Puig lo registra como sarandaja, Diccionario folclórico piurano, Piura, Universidad de Piura, 1995, pág. 200. En Taita Yoveraqué se puede leer: “Y nada de hartarse de camotes, zarandajas o yucas”, (Lima, Mejía Baca, 1959, pág. 78).
[5] Ver nuestro artículo sobre
piajeno.
[6] Ver nuestro artículo sobre burro campeche.
[7] El término no es recogido por los repertorios de peruanismos de Juan Álvarez Vita (Diccionario de peruanismos, Lima, Studium, 1990) ni de Miguel A. Ugarte Chamorro (Vocabulario de peruanismos, Lima, Universidad de San Marcos, 1997).
[8] En artículo publicado en el diario El Tiempo de Piura el 2 de agosto de 1982, bajo el título “Encalavernarse” en la serie “La lengua de los piuranos” que Robles Rázuri publicaba casi semanalmente.
[9] "El español en Piura", en Letras. Revista de la Universidad de San Marcos, n° 43, 1949, págs. 256-272 (cito pág. 259). Ver nuestra
bibliografía regional.
[10] Diccionario folclórico piurano, pág. 99.
[11] Diccionario de piuranismos, pág. 98.
[12] Francisco Vegas Seminario, “El primogénito de los Godos”, en Chicha, sol y sangre. Cuentos peruanos. París, Desclée de Brouwer, 1946, págs. 45-60. Cita en pág. 54. En cursiva en el original.
[13] Ricardo Palma “Genialidades de la Perricholi”, en Tradiciones Peruanas Completas, Madrid, Aguilar, 1968, pág. 617.
[14] Diccionario de Peruanismos, pág. 120.
[15] Alonso Carrió de la Vandera, Lazarillo de ciegos caminantes o Concolorcorvo, Ed. Emilio Carilla, Barcelona, Labor, 1973, pág. 403.
[16] Joan Corominas, J. A. Pascual, Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, Madrid, Gredos, 1980, vol. II, pág. 758.
[17] César Vallejo, Poemas completos. Edición de Ricardo González Vigil, Lima, Petroperú–Ediciones Copé, 1998, pág. 165. También en
Educared Perú.
[18] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Madrid, Real Academia Española, 2005, pág. 622.
[19] Ricardo Palma, “Don Dimas de la Tijereta”, en Tradiciones Peruanas Completas, pág. 123.
[20] Fue un artículo periodístico publicado en El Tiempo de Piura el 2 de agosto de 1982 titulado justamente “Encalavernarse”, y constituye el número 35 dentro de la colección de trabajos que publicó ese diario en los años 82 y 83 en su columna: “La lengua de los piuranos”.
[21] Diccionario costumbrista sechurano. Sechura, 1996, pág. 14.
[22] Sigfrido Burneo y Houdini Guerrero, “La loma de doña Pasita”, en Gente del país, Piura, Sietevientos, 2006, págs. 103-106. La cita está en pág. 103.

Una primera versión de este artículo se publicó en el diario Correo de Piura, el 1 de octubre de 2005. Ampliado y corregido notablemente se presentó como ponencia en el V Coloquio de Lexicología y Lexicografía organizado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima), el 11 y 12 de octubre de 2006. Aquí nuevamente se ha revisado con algunas correcciones.

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