4 de septiembre de 2009

Parlampán

La señora Pina de Riofrío recoge en un valioso estudio las danzas y músicas de Piura pero no los menciona. El padre Esteban Puig me dice que todavía en la caleta de San José, en Lambayeque, hay una comparsa con ese nombre. Pero parece que ya no se representa la danza de los “parlampanes”, en que doña María aparecía rodeada de varones también con máscaras a los que les falta un zapato: son los parlampanes, pícaros y truhanes. La danza norteña la ilustraba el obispo Martínez Compañon en una acuarela de fines del siglo XVIII en que se muestran cinco hombres con máscaras y una dama bien ataviada, todos con un solo zapato.
La misma danza se conserva en Panamá, donde tiene gran aprecio aunque se conoce como danza de los parrampanes, y en ella no aparecen sin zapatos, sino con un saco viejo al cual se le pegaban cintas de colores o retazos de telas. En Sechura sólo queda la figura de “la Mariya”, que sale por la Virgen de las Mercedes haciendo rechifla y media por las calles acompañada de un tamborilero con su chirimía.
La escena se puede entender mejor si se atiende al modo como el satírico Esteban de Terralla y Landa censuraba a las mujeres coquetas y caprichosas:
“Aquellas que a Parlampanes
Desde pequeñas se dieron
Y finalizan sus días
Sin que tengan escarmiento.”

El término “parlampanes” es un nombre común que procede del lenguaje taurino y parece una creación del siglo XVIII. Se designaba así a unos personajes encargados en clave de farsa y chanza del último toro de la tarde, normalmente aquel “come-echado” que no reunía méritos ni fuerzas para una faena digna (por eso las espadas).
La mojiganga de parlampanes dejaría de aparecer en los programas de las fiestas de toros de Lima hacia los años 30 del XIX. Ricardo Palma dedica un breve relato al “negro Mañuco”, al que llamaban Parlampán (como si fuera nombre propio) “porque en las corridas de toros se presentaba vestido de monigote en la mojiganga o cuadrilla de parlampanes, y desempeñábase con tanto gracejo, que se había conquistado no poca populachería”, y lo ubica en torno a 1815. Al menos no los menciona Felipe Pardo y Aliaga cuando describe las faenas de toros de mediados de siglo. Sólo describe un monigote que hacía barrabasada y media, y bailaba al son de tambor y chirimía (instrumentos castellanos incorporados a la tradición indígena).
No es seguro que hubieran existido en la primera mitad del siglo XVII aunque en la tradición dedicada a las fiestas que se dedicaron en Lima a la llegada del arzobispo Gonzalo de Ocampo (1625), Palma relata que luego de los toros hubo “danza de gigantes parlampanes y papahuevos”, dando noticia además de que “cada señora de Lima se había encargado de vestir y adornar con sus más ricas alhajas a uno de los farsantes”.
Tampoco se sabe hasta qué punto Palma inventa la figura de Mañuco o se basa en un hecho real. La tradición de Palma es anterior a los estudios de Ismael Portal, a quien “don Ricardo le felicita por su profundo conocimiento de las antiguallas taurinas”. Pero las noticias de Portal no son tan precisas como las que trae Luis Antonio Eguiguren en su monografía sobre Lima, donde recoge incluso el estipendio que recibían los parlampanes con un detalle significativo: el municipio tenía que proporcionarles zapatos porque se gastaban en cada faena, por lo mucho que corrían y saltaban junto al astado. Así se entiende que en la acuarela los parlampanes aparezcan medio descalzos y que parlampán declinara hasta convertirse en término despectivo antes de desaparecer. Ojalá no desparezcan todas las danzas y músicas tradicionales de los pueblos y provincias norteños, bajo el empuje y el ruido de diversiones más modernas.
Se publicó en suplemento Semana del diario El Tiempo de Piura, el domingo 27 de septiembre de 2009.

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