8 de julio de 2009

Lealtad lingüística, autoridad y purismo en el Inca Garcilaso


Hay que rendir homenaje al cuatricentenario de los Comentarios Reales. La autoridad de Garcilaso de la Vega no fue cuestionada hasta bien entrado el siglo XIX. Las críticas que blandiera el español González de la Rosa respecto a una supuesta falta de veracidad y sinceridad del cronista fueron inmediatamente respondidas por José de la Riva Agüero en 1918, pero en realidad ya tenían antecedentes en el propio Ricardo Palma, que abiertamente había hablado de “embustes” en los Comentarios, sin dejar de reconocer con complacencia la calidad literaria de Garcilaso, pues “cuenta las cosas sin floreos y mejor de lo que nuestra pluma pudiera hacerlo” (84). Garcilaso se nos aparece desde entonces como un abanderado del humanismo hispánico y su obra como una expresión de las utopías renacentistas, o bien, desde distintos ángulos y disciplinas, se destaca en él una genuina expresión de la subjetividad andina, idea ya presente en el pensamiento de William Prescott como “emanación del espíritu indio” (76).
De cualquier forma, la idea de una primacía del subjetivismo en Garcilaso se ha llevado ahora a otros derroteros, y si por siglos fue considerado como la autoridad lingüística máxima de la lengua quechua, ese enorme prestigio ha venido a ser matizado en los últimos años por Rodolfo Cerrón-Palomino, quien en diversas indagaciones ha demostrado el carácter parcial de muchas de sus apreciaciones, que están orientadas desde la visión de que el quechua cuzqueño sería el único válido y verdadero mientras que las demás modalidades quechuas, que no serían otra cosa que “corrupciones” para el Inca, son en realidad, no solo dialectos tan dignos como el cuzqueño, sino incluso más antiguos o más cercanos al tronco original, puesto que el quechua sureño habría sido de alguna manera aimarizado por los propios incas.
Afirmar la presencia de una fuerte subjetividad en la visión de Garcilaso no descubre nada nuevo y tampoco quita méritos a la objetividad de muchas de sus observaciones. Nadie puede negar la agudeza que mostró el Inca en la colección de términos y el celo que puso en darles su “verdadera significación”, pues como eran los españoles “estranjeros en aquella lengua, interpretaron fuera de la propriedad della” (4). Así ocurre, por ejemplo, en el caso de otorongo, en que corrige al padre Acosta “que da este nombre al osso” en lugar de al tigre americano. Al encontrar a fines de los años cuarenta en un ejemplar de López de Gómara, una verdadera “joya bibliográfica peruana”, una serie de apostillas de puño y letra de Garcilaso, Raúl Porras Barrenechea (1955) puso de relieve el afán que tenía Garcilaso de corregir o aclarar, junto a muchas precisiones históricas, el sentido de un buen número de términos (la mayoría quechuas y no pocos nombres propios) de su patria natal si no fue el detonante para lanzarse a escribir los Comentarios (con ese preciso título y no la Historia que menciona en la apostilla que voy a mencionar a continuación), al menos lo incitaron a llevar a cabo su obra más grande y delicada. Por ejemplo, y permítanme que aluda a uno de las apostillas (que ha reeditado ahora el profesor Rivarola), cuando Gómara alude a “cierto ídolo del sol llamado huaca”, Garcilaso abanderilla: “no sabe lo que se dice en la exposición del vocablo” (Rivarola, 81). Es la primera de muchas anotaciones lingüísticas de Garcilaso. Dice Alberto Escobar en expresión casi poética:
“La magia de los nombres alucina a Garcilaso y excita su nostalgia, aproximándolo a los bienes queridos, que se actualizan ante el conjuro del lenguaje.” (24).


La magia de los nombres también lo ofusca hasta el punto de despreciar formas quechuas dialectales que a los oídos del cuzqueño eran “corrupciones” insoportables. Garcilaso cree “necesario ofrecer la ortografía de los vocablos según su fonética original”, dice José Durand (11) con un rigor lingüístico que a veces no tuvieron sus propios editores, como aclara Rivarola respecto al término “usuta” (139). Pero no era exactamente original sino más bien la ortografía correspondiente al quechua sureño que era el que él declaraba único cortesano y válido (sólo cabría decir que fue el que desarrolló mayor cultivo literario).
La exactitud del conocimiento lingüístico es utilizado en los Comentarios como “clave hermenéutica privilegiada”, como dice Rivarola (139) y esa lealtad lingüística es lo que hace a Garcilaso en muchos aspectos superior a los demás cronistas aunque también le hace caer, justamente como “informante nativo” en todas las subjetividades que ello conlleva.
Pero tal vez un exceso de seguridad lo lleva al error por el mismo desconocimiento de los demás dialectos quechuas, por ejemplo, cuando insiste corrigiendo a Cieza y a “todos los historiadores españoles” que escriben Caxamalca, y Garcilaso apostilla: Cassamarca. Pero cometía un error, por considerar el término según el quechua cuzqueño y no en la variante norteña, como ha destacado Rodolfo Cerrón-Palomino (no era cassa ‘hielo’, sino caxa, ‘espina’). Igual ocurre con Sullana, como hemos visto en otro trabajo. Así fácilmente el saber declina a la ofuscación.
Garcilaso es un hombre del Renacimiento –lo han recalcado José Durand (1986) y Aurelio Miró Quesada (1977)– que quiere asemejar el pasado andino a la antigüedad clásica: “el Cozco en su Imperio fue otra Roma en el suyo” (lib.VII, cap.VIII), y de ese modo el quechua cuzqueño es como el verdadero latín corrompido luego en dialectos, y ha de ser como el buen toledano que marca la pauta y “purifica” a quien lo aprende y otorga nobleza idiomática a quien lo haya bebido en la leche materna, frente a las “corrupciones” o “desviaciones” de las provincias. La lengua cortesana debía ser la única general en opinión de Garcilaso, y cuanto mayor era la distancia en el espacio y en el tiempo que lo separaban de ella (aunque también confiesa que ya se le había olvidado en su mayor parte) pues mayor era su afán de defenderla y engrandecerla “en toda su pureza”.



Referencias:


Cerrón-Palomino, Rodolfo (1991), "El Inca Garcilaso o la lealtad idiomática". Lexis, 15: 133-178.
------ (1993), "Los fragmentos de gramática quechua del Inca Garcilaso". Lexis, 17: 219-257.
------ (2004), “Las etimologías toponímicas del Inca Garcilaso”, en Revista Andina, 38: 9-64.

Durand, José (1986), El Inca Garcilaso de América. Lima, Serie Perulibro de la Biblioteca Nacional del Perú.

Escobar, Alberto (1960), “Lenguaje e historia en los Comentarios Reales”, en Sphinx 13. Reproducido en Patio de letras, Caracas, Monte Avila, 1971, págs. 7-44.

Miró Quesada, Aurelio (1977), Tiempo de leer. Tiempo de escribir. Lima, Villanueva.

Palma Soriano, Ricardo (1964), Tradiciones peruanas completas. Madrid, Aguilar.

Porras Barrenechea, Raúl (1955), “Una joya bibliográfica peruana”, en El Inca Garcilaso en Montilla (1561-1614). Lima, Edición del Instituto de Historia de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos: 219-235.

Prescott, William H. (1953), Historia de la conquista del Perú, con observaciones preliminares sobre la civilización de los incas. Madrid, Gaspar y Roig editores.

Rivarola, José Luis (2002), “Para la génesis de los Comentarios Reales. Edición y comentario de las apostillas del Inca Garcilaso (y otros) a la Historia general de las Indias de F. López de Gómara”, Nueva Revista de Filología Hispánica, 50: 59-139.
Una versión de este artículo se ha publicado en la revista Antesala editada por Proforhum (Lima), Año XIII, N° 6, 2009, p. 8.

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