10 de marzo de 2009

Palabras y cacharpas en dialecto norperuano

Luis Córdova Rumiche hace un bonito juego de palabras utilizando la dilogía que presenta el verbo parar en el dialecto piurano, ya que no solamente pararse significa 'ponerse de pie', como es general en todo el español americano, sino que también se da en el habla local un significado particular de parar la olla, que conserva el valor etimológico del verbo: preparar la olla, que es por metonimia lo mismo que decir "la comida del día".
Este carácter conservador del habla piurana, como ocurre en tantas regiones periféricas de la América hispana, se manifiesta en muchas expresiones más usuales en el campo que en la ciudad: truje en lugar de traje, mesmo en lugar de mismo, vide en lugar de vi... Una de las piezas léxicas ya olvidadas en muchos otros ámbitos podría ser cacharpas que el diccionario registra con un étimo quechua, y se aplica (aquí como pluralia tantum) a cosas viejas y sin valor. Es usual en la sierra de Huaraz y en otros lugares de la Sierra y en Piura al igual que en diversos países de Centroamérica. En El Salvador se dice de los coches viejos. En Lima parece que el término está en desuso y se aplicaba preferentemente al calzado. Martha Hildebrandt explica que proviene del verbo quechua kacharpani, como se muestra en una nota de la Academia Peruana de la Lengua. Edmundo Arámbulo Palacios registra el término en su Diccionario de piuranismos (1995) pero no señala que los jóvenes piuranos ya no utilizan ni conocen el término, así que también se está conviertiendo en una cosa vieja. Lo interesante es que tuvo suficiente vitalidad como para ser uno de esos pocos quechuismos que lograron batir fronteras y extenderse no sólo por el cono sur americano sino también por Centroamérica.
En el pueblo de Sechura se conserva el arcaísmo chirimía (antiguo instrumento musical parecido a la flauta), que todos dicen y escriben chirimiya para referirse aquí a todo el grupo de músicos.
En el pueblo de Illimo, provincia de Lambayeque se bailaba la danza de los parlampanes, en que doña María aparece rodeada de varones con máscaras a los que les falta un zapato: son los parlampanes una especie de payasos pícaros y truhanes, personajes usuales en las mojigangas antiguas. La danza la ilustra el obispo Martínez Compañon en una acuarela de fines del siglo XVIII en que se muestran cinco hombres con máscaras y una dama bien ataviada, todos con un solo zapato.[1] La misma danza se conoce todavía en tierras de Panamá como danza de los parrampanes, y en ella no aparecen sin zapatos, sino con un saco viejo al cual se le pegaban cintas de colores o retazos de telas y una coreografía diferente. Los parlampanes aparecían en las fiestas de toros de Lima al menos hasta inicios del XIX. Ricardo Palma dedica un breve relato al “negro Mañuco”, al que llamaban Parlampán “porque en las corridas de toros se presentaba vestido de monigote en la mojiganga o cuadrilla de parlampanes, y desempeñábase con tanto gracejo, que se había conquistado no poca populachería”. [2] Y el satírico Esteban de Terralla y Landa censuraba así a las señoritas frívolas que cuidan de flores y lisonjas:
“Aquellas que a Parlampanes
Desde pequeñas se dieron
Y finalizan sus días
Sin que tengan escarmiento.”
[3]

Son palabras en vías de extinción que nos hablan de épocas pasadas, opacas ya para una generación que vive en internet y festeja en restaurantes y discotecas. Por cierto que en Piura también se hacían antiguamente fiestas taurinas, justamente en los terrenos que ahora ocupa el club Grau, que no por otra razón tiene esa extraña forma circular. Algo del pasado siempre queda como huella en el presente para indicarnos que el porvenir puede ser también muy distinto a lo que vemos hoy.


NOTAS:

[1] Baltasar Jaime Martínez Compañon, Trujillo del Perú en el siglo XVIII. Madrid, Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1978, vol. II, fol. 143. Cfr. Esteban Puig, "Folklore norteño en las acuarelas de la obra de Martínez Compañón" en José Navarro Pascual, y otros, Vida y obra del obispo Martínez Compañon. Piura, Universidad de Piura, 1991, págs. 59-75.
[2] Ricardo Palma, “Mañuco el Parlampán”, en Tradiciones Peruanas, Tercera Serie, Madrid, Espasa, 1967, vol. II, pág. 187. Y en la tradición dedicada a las fiestas que se dedicaron en Lima a la llegada del arzobispo Gonzalo de Ocampo (1625), Palma relata que luego de la fiesta taurina hubo “danza de gigantes parlampanes y papahuevos”, dando noticia además de que “cada señora de Lima se había encargado de vestir y adornar con sus más ricas alhajas a uno de los farsantes”. Ricardo Palma, “De potencia a potencia. Crónica de la época del décimotercero virrey del Perú”, en Tradiciones Peruanas, Segunda Serie, Lima, Universidad Ricardo Palma, 2000, vol. I, pág. 236.
[3] Esteban de Terralla y Landa, Lima por dentro y por fuera. Madrid, Imprenta de Villalpando, 1798, pág. 139. El autor aclaraba en una nota que darse a parlampanes significaba “entregarse a toda clase de gentes”. Ibid., pág. 192.

Se publicó en el suplemento Semana del diario El Tiempo de Piura, el domingo 22 de marzo de 2009, pp. 18-19. Lamentablemente en el suplemento cultural no se publicaron las imágenes correspondientes que se ven aquí.

No hay comentarios: