20 de febrero de 2009

Del trato de señor al trato de joven en Perú

Ña Catita es una anciana que no puede vivir sin el chisme. En la famosísima comedia de Manuel Ascensio Segura (1805-1871) aparecen también doña Rufina, su hija Juliana y el anciano don Alejo, don Jesús, padre de Juliana y el apuesto joven Manuel. Aunque la madre quiere casar a la hija con don Alejo, finalmente vence el amor entre Juliana y Manuel.
En esa época todavía se daba en el Perú el trato de don/doña, que iría desapareciendo progresivamente hasta quedar hoy casi desterrado. Se utiliza solamente en contextos demasiado formales. En aquellos años parece que ya se estaba cambiando el uso social, como lo demuestra un pasaje de los cuadros de costumbres también de Segura:

"Mi esposa, que ahora se llama Julieta, y cuando la conocí doña Juliana, no es de aquellas hermosas que digamos; pero tiene un par de ojos (de lomillo matador como dicen los gauchos) tan negros y hechiceros que no hay más que pedir..."[1]

Era doña Juliana pero se convierte en Julieta, y con la moda italiana parece venir también el uso anglosajón de anteponer, en lugar de don y doña, el término señor o señora, que no es desconocido en el resto del mundo hispánico en absoluto, pero que era de uso sólo formal: señor don Gaspar, señora doña María..., como se muestra en las tradiciones de Palma:

"Muchos distingos admiten estos papeles, y en su derecho, señor don Juan, hay tela para un litigio."[2]

Pero podía usarse sin el don/doña, como se muestra en la prosa de Mariátegui:

"Sólo el misionero — escribe el señor José León y Bueno, uno de los líderes de la "Acción Social de la Juventud" — puede redimir y restituir al indio."
"Las obras de aprovechamiento de las aguas sobrantes del río Chancay fueron realizadas en Huacho por el señor Antonio Graña."[3]

Claro que podía (y puede) usarse sin el don, y con el tiempo en España y otros países el uso de señor/a ante el apellido vino a ser obligatorio, mientras que ante el nombre de pila se impuso el trato de don/doña. Pero en el Perú se ha extendido el uso de señor/a también ante el nombre de pila de modo tan general: señor Juan, señora María (en lugar de don Juan, doña María) que sueña extraño ese don antiguo. El cambio probablemente ya estaba germinando a fines del siglo XIX, y parece haberse iniciado en el femenino. Al menos Clorinda Matto de Turner, en su novela Aves sin nido, emplea señora Lucía hasta en ocho ocasiones ).(99, 108, 111, 124, 149, 151, 163, 228), mientras que no hay un solo caso en masculino, sino con el uso antiguo: señor don Fernando (149), señor don Manuel (137), aparte de una ocurrencia de doña Melitona (151), lo que parece demostrar que la sociedad rendía mayor respeto y pleitería al varón que a la mujer (machismo puro y duro.[4]
Y así llegamos al siglo XX en que el trato de señor/a se ha hecho general en el español peruano, pero en la conversación, ya que la forma escrita se resiste, y así escritores tan pulcros como Julio Ramón Ribeyro siguen utilizando el trato antiguo (quizás ya anticuado) en su narrativa: don Santos, don Aníbal, doña Pancha, doña Francisca.[5] El uso popular aparece en Manuel Scorza:[6]

¿Es posible que a su edad, señor Saturnino, usted no se dé cuenta del engaño? (81)
Yo observo que nuestro presidente no abre la boca. ¿Por qué calla, señor Nicolás? (105)
¿En qué puedo servirlo, señor Silvestre? (126)

Es en realidad un uso popular muy común entre las empleadas domésticas, que se combina con otra fórmula también innovadora: el trato de joven. Pues bien, la frase el joven Andrés, como el apuesto joven Manuel de la comedia de Segura, da lugar al tratamiento de joven, como se muestra en esta última novela de Bryce Echenique:

"El joven Carlitos había salido y el que respondía era el segundo mayordomo, (...), sí, eso mismo, esperamos al joven Carlitos en esta calle y en este número y éste es nuestro número de teléfono, lo esperamos mañana y tarde, sí, y los tres meses de verano, sí, y no se vaya usted a olvidar de nada, por favor, le fueron diciendo e insistiendo al primer segundo mayordomo del que habían oído hablar en la vida, Arturo y Raúl, anonadados ahí en la antesala del paraíso, como más Céspedes y más Salinas que nunca."[7]

Y es que el sonsonete de joven Carlitos se repite hasta dieciocho veces en la novela, porque es el trato habitual que brinda el personal al rico heredero, que ya no es tan joven como cabría suponer. También lo registra Jaime Bayly, con igual sorna:[8]

"Si quieren yo voy y hago una operación comando con Balbicito y lo traemos de urgencia al joven Francisco -se ofreció Zamorano." (146)

Y muy festivamente al mismo protagonista de la novela (alter ego, cómo no, del escritor) se le dice joven Balbi hasta en ocho ocasiones, por ser el novato en la redacción del legendario periódico.

"El chequecito con tu premio, pues, hombre. Le he sacado por lo bajo mil dolarillos al Senado para premiarte por la cojudez esa de Joven Revelación o Joven Promesa... ¿Qué te parece, joven Balbi?" (215)

El tratamiento de joven es usual ante el nombre de pila y, en menor grado, ante el apellido, no solamente usado en tercera persona, sino más frecuentemente como vocativo y saludo en contextos conversacionales familiares, pero solamente en masculino, pues el femenino no lo acepta, mostrándose aquí más conservador, como refleja este diálogo también de Bayly:

"Francisco tocó el timbre. Una empleada les abrió la puerta.
- Buenas, joven -le dijo a Francisco, sonriendo.
- Hola, Alicita. ¿Está Paloma?
- Sí está, pero está en cama la señorita.
- ¿No friegues? ¿Qué tiene?
- Está medio resfriadita. Pasen, jóvenes, pasen.
Entraron a la casa. La empleada cerró la puerta.
- ¿La llamo a la señorita? -preguntó.
- No te preocupes, Alicia, nosotros subimos a su cuarto -dijo Francisco.
- Muy bien,
joven -dijo la empleada, y se fue a la cocina." [8]

Así que pasamos de un solemne: don Carlos, a un discreto: señor Carlos, hasta llegar a un incierto pero pujante: joven Carlos. Tal vez sea porque nuestra sociedad valora la juventud muy por encima del poder y de la experiencia, divino tesoro que motiva una pequeña pero notable revolución peruana del tratamiento. Por si acaso ya no somos tan jóvenes en la edad, tal vez podamos seguir siéndolo en el trato, si es que el uso se impone después de todo. Y el viejo don quedará ya solo en el recuerdo y en denominaciones arraigadas, como el turrón de doña Pepa, o el panetón de don Lucho, y poco más.

Se publicó en el diario Correo (edición Piura) el domingo 22 de febrero de 2009, p. 24.

REFERENCIAS
[1] Manuel Ascensio Segura, "Me voy al Callao", en Artículos de costumbres. Edición A. Cornejo Polar, Lima, Universo, 1968, pág. 17.
[2] Ricardo Palma, "Cortar el revesino", en Tradiciones peruanas Primera Serie. pág. 223.
[3] José Carlos Mariátegui, 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Biblioteca Ayacucho, 1979, págs. 25 y 66.
[4] Clorinda Matto de Turner, Aves sin nido. Ed. Dora Sales y Sonia Mattalía. Barcelona, Universitat Jaume I, 2006.
[5] Julio Ramón Ribeyro, La palabra del mudo. Lima, Milla Batres, 1989.
[6] Manuel Scorza, La tumba del relámpago. Barcelona, Plaza & Janés, 1988.
[7] Alfredo Bryce Echenique, El huerto de mi amada. Barcelona, Planeta, 2002.
[8] Jaime Bayly, Los últimos días de "La Prensa". Barcelona, Seix Barral, 1996.
[9] Ibid., pág. 270.

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