29 de septiembre de 2008

La contribución de un piurano al tomo IV del primer diccionario de la Academia (1734).

Don Diego de Villegas y Quevedo Saavedra fue un presbítero peruano que, después de graduarse como doctor en Cánones por la Universidad de San Marcos, llegó a ser el primer hispanoamericano que ocupó un asiento (la letra O) en la Real Academia Española, supernumerario en 1730 y miembro de número desde 1735 hasta su muerte. Compuso algunos sonetos y décimas y una traducción de las Églogas de Virgilio que se ha perdido. El profesor Lohmann Villena dedicó un minucioso trabajo a rescatar su biografía del olvido. Nació en Piura el 24 de agosto de 1696, hijo segundo del santanderino José de Villegas y Quevedo y de la piurana Catalina Vélez de Saavedra. Murió en el Cuzco, después de haber dado copiosas muestras de alteración mental, en 1751.
No resulta sencillo valorar ahora la contribución de Villegas y Quevedo al Diccionario de Autoridades, por el hecho mismo de que no es fácil reconocer méritos individuales en una obra colectiva. Hay menciones en las actas de la Academia y en los testimonios del propio Villegas (quien declara los suyos para conseguir prebendas y privilegios en varias ocasiones). Zamora Vicente hace una mención escueta: fue “otro académico de paso silencioso y fugaz”. Ocupó la silla O solamente dos años aunque no con toda la regularidad que proclama el propio Villegas. Cuando en 1731 aspira a conseguir la mentada canonjía en la catedral de Lima (que nunca obtuvo), Squarzafigo declara que ha sido un excelente cumplidor de las tareas de la Casa: así se llenaban de papeles los currícula de pretendientes y opositores. El 4 de marzo de 1732 presenta la combinación Ma, integrada por 1060 cédulas. Entonces le sobrevienen esos accesos hipocondríacos que le llevan a creer que le querían dar muerte, neurosis que se agravaría años después. A principios de 1733, antes de viajar a Sevilla entrega las fichas completas de la letra M. Dos años después, se despide de la corporación y regresa al Perú.
Luis Antonio Eguiguren recoge la noticia de que se le encargó la letra U, aunque no lo considera digno de crédito, aludiendo a un testimonio del también académico Carvajal y Vargas, para afirmar finalmente que “compuso totalmente lo relativo a la letra M”, aunque no aclara cuál de los dos peruanos con ese apellido, dan esta noticia ni la fuente.
Pero no fue exactamente así. Entendamos que la Academia se propuso una labor colectiva, con un método que quizás no fue el más idóneo. Los académicos se dividieron el trabajo según el orden de la letra o letras iniciales de las palabras y no todos cumplían con su labor, por lo que los papeles pasaban de mano en mano hasta confundirse en lo que terminó siendo, como se dijo, una obra colectiva. Además, algunos académicos proporcionaban vocabularios especializados: de la medicina, de la astronomía, de la botánica, etc. cuya papeletas se añadían a las anteriores y otros traían autoridades que a veces se multiplicaban de modo inconveniente.
Fernando Lázarro Carreter persiguió afanosamente el reparto de tareas del Diccionario y ahora Zamora Vicente nos aporta datos más precisos del mismo. Asimismo, el registro de peculiaridades regionales nos puede dar indicios (aunque no de modo infalible) de la procedencia de los académicos que las consignaron.
A Villegas y Quevedo, recién ingresado, se le encargó la revisión de la letra H, dice Zamora Vicente. Pero en realidad, la letra H le había sido encomendada con anterioridad a Fernando de Bustillo y Azcona, académico desde 1721, cuya abnegada labor fue destacada por Lázaro Carreter. Murió el 12 de enero de 1730, por lo que sus papeletas de esa letra pudieron pasar a manos de Villegas y Quevedo antes de ir a la imprenta.
Pero si hacemos un breve expurgo de la letra H de Autoridades nos daremos cuenta de que no hay apenas alusión a las Indias. Ni siquiera trae hamaca aunque en el tomo I venía sin h- diciendo: ‘Lo mismo que hamaca, que es como se debe escribir’ (1726).
En el último memorial de méritos que prepara Villegas y Quevedo no menciona esta letra. Declara haber cumplido “en cinco años que se mantuvo en España puntualmente con los encargos y trabajos que se le encomendaron, y especialmente con el de la letra M que la Real Academia puso a su cuidado, de que presentó una gran porción de voces y se dio a luz en el cuarto tomo”.
La letra M, en realidad, había estado a cargo de Pedro Scotti de Agóiz, quien ocupó la silla Z desde 1715 hasta su muerte en 1728. Sus materiales pasaron a otras manos hasta llegar a las de Villegas y Quevedo. La letra M ocupa en total 394 columnas desde el folio 443 hasta el 640 del mencionado tomo cuarto. De hecho, hay varias “voces del Reino de Murcia” que no las podía conocer Villegas: matute (‘mercancía de contrabando’), melote, morquera... Y algunas de Aragón: muesso (‘bocado’), mugrón, etc.
En la letra M, sin embargo, podemos encontrar numerosas referencias a las Indias. Comienza por incluir el término macana “de la qual usaban los Indios antes que conociesen ni tuviesen hierro”, con cita de Herrera. Trae maguey, “que se cría en las Indias”, con cita del Inca Garcilaso. También se le cita para autorizar el término mamujar, hoy en desuso pero general entonces. Citas de los Comentarios del Inca aparecen en Autoridades desde el primer tomo (1726). Desde el segundo se cita también La Florida del Inca, y hago notar que Andrés González Barcia, otro fundador de la Academia, se había ocupado desde 1723 en la edición de las obras del Inca y de las Décadas de Herrera, por lo que no es extraño que abunden las citas de estas obras: no sabemos si las extrajo Villegas y Quevedo o pudo hacerlo otro.
Por supuesto, reconoce el origen americano de maíz, corrigiendo a Covarrubias, pues sus granos no son “tamaños como garbanzos”, sino “más pequeños que garbanzos” y registra el derivado maizal, citando a Garcilaso y a Solís. Luego también recoge mazorca. Ubica en Cartagena de Indias el árbol de María, “parecido al pino con fruta aparente a la manzana”. Registra mate: “calabaza en que en las Indias toman el agua caliente con la hierba que llaman del Paraguay” y “la misma bebida”.
Más interesante aún resulta la atención que pone a mazamorra, pues no solo define “comida que se da a los forzados de galeras”, sino que explica: “también cierta comida dispuesta de harina de maíz con azúcar o miel semejante a las poleadas, de que se usa mucho en el Reino del Perú, especialmente para el abasto y mantenimiento de la gente pobre”. También recoge melón de indias “del tamaño de una manzana grande”, y mico. Y menciona una miel silvestre que: “En las Indias es una miel que se cría y labra en los árboles por unas avispas, que son negras, y del tamaño de las moscas, y sale muy oscura y sirve solo para las preñadas, para quienes las venden los indios”, tal como se usa en la actualidad la piuranísima miel de palo.
Detalles tan cotidianos, es mi humilde opinión, no hubieran salido de la pluma de un peninsular no familiarizado con este mundo tan diferente del europeo: maíz, maguey, mate, mazamorra, mico, miel silvestre... dan la entrada del mundo americano al Diccionario académico, hoy tan nutrido de peculiaridades léxicas de todos los países que hablan español.
En una obra como ésta ninguna aportación resulta insignificante y la participación de Villegas y Quevedo, aunque fue breve, no fue tan pequeña. Contribuyó a que lo americano entrase desde el principio a la Real Academia Española, como debía ser. Ojalá hubieran participado más americanos en la empresa: otras letras (lo hemos visto) no tuvieron tanta suerte.
A raíz de la independencia, además, el distanciamiento entre españoles y americanos en el campo del idioma se convirtió en un abismo difícil de superar: así Ricardo Palma chocará en 1892 con la intransigencia madrileña al proponer la entrada de provisorio, clausurar y otros cuatrocientos neologismos y americanismos más, aunque a las finales tres de cada cuatro de sus propuestas (entre ellas algunas del ámbito económico, como presupuestar, así como algunos anglicismos, como reportaje). en 1903 ya sumaban 2700 papeletas.
Hoy por hoy no hay abismos entre las academias, y las ocasionales disputas no cejan el esfuerzo de cooperación mutua, que fue iniciado hace casi trescientos años por un piurano hoy casi desconocido. Aunque estuvo poco tiempo en la Academia, su presencia manifiesta claramente que para la isntitución madrileña los virreinatos americanos tenían tanto derecho a estar reperesentados como los reinos de Murcia, Aragón o Navarra y que sus voces peculiares o sus autoridades no precisaban "carta de presentación", como dirá luego Palma, más aún cuando venían refrendadas por el testimonio fehaciente de un ilustrado doctor sanmarquino.
En fin, Luis Antonio Eguiguren llega a decir que Villegas y Quevedo fue “ingenio de los más distinguidos en discreción y elocuencia que ha dado el Reino”. Lohmann Villena afirmaba con más tino: “fue el piurano más conspicuo de la época virreinal”. Nos complace recordarlo y reconocer el significativo papel que le tocó cumplir en la trayectoria lexicográfica de nuestro idioma.


NOTA:
Este artículo es un resumen de la ponencia "Don Diego de Villegas y Quevedo Saavedra y su contribución al Diccionario de autoridades". publicado en Actas del Congreso Internacional de lexicología y lexicografía “Miguel Ángel Ugarte Chamorro". Lima, 19-21 de abril de 2006. Lima, Academia Peruana de la Lengua, 2007, pp. 57-78. Se publicó también una reseña en el diario Correo de Piura, el miércoles 19 de abril de 2006, p. 19.

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