2 de febrero de 2010

Bamba (II)

Se han señalado razones respecto que la cultura bamba surge del subempleo y el analfabetismo, e incluso de la infravaloración que se hace de lo propio. También es un efecto de esta idolatría del consumismo que obliga a todos a comprar lo que sea como sea a como dé lugar. Y está en consonancia con un fenómeno de incoherencia personal y esquizofrenia social que suele conocerse como “achoramiento”, en que la credibilidad y la confianza en las normas se reemplaza por una actitud pragmática que considera la posibilidad de transgredirlas si con ello se alcanza algún propósito.[1]
El imperio de la informalidad también se pone de manifiesto en otras expresiones surgidas todas en el ámbito coloquial. Así pues, un respeto simulado a la norma se suele indicar como “un saludo a la bandera” o las artimañas por las que se evade el control de la ley, se conoce como “sacarle le vuelta” o “hacer la finta”. Otra expresión frecuente es hacer “la mecida” para que los asuntos prescriban o, simplemente, la persona o institución agraviadas se cansen de esperar y finalmente se olviden del reclamo, lo que también se conoce como “hacerla larga”. En el mundo laboral hay que pagar "derecho de piso". Caer en la trampa también se conoce como “pisar el palito”. Son también expresiones coloquiales “trafa” (parece acortamiento humorístico de “tráfago”) o “la criollada”, mientras que el soborno se conoce popularmente como “coima”, palabra que en la jerga del siglo XVII significaba ‘prostituta’. Todo este léxico mantiene una estrecha relación, y va ganando terreno en otros ámbitos. Así por ejemplo, se dijo que en juicio al presidente Fujimori había sido “una farsa montada con testigos 'bamba'”.[2]

Pesquisas lexicográficas
La palabra “bamba” en español es una voz onomatopéyica con cinco acepciones: ‘acierto’, ‘bollo de crema’, ‘ritmo bailable’, ‘baile que se ejecuta con ese ritmo’ y en Cuba, ‘andamio’, quizá por bambalearse 'columpiarse'. También era el nombre de una marca peninsular de zapatillas y de ahí sigue llamándose así un calzado de lona con suela de goma. La Real Academia acogió con la marca “coloquial” la incorporación de “bamba” y “bambear” según la propuesta de la Comisión de Lexicografía de la Academia Peruana de la Lengua, que fue constituida en abril de 2000,[3] que a su vez repetía las acepciones que había registrado Juan Álvarez Vita en 1990.[4]
Eder Peña, miembro de dicha comisión, me hace ver que el lingüista Julio Calvo cree que este “bamba” tiene también un componente onomatopéyico no exento de carácter humorístico. [5] La repetición es usual en las expresiones peyorativas, pero la palabra tiene una historia más complicada. Quiero decir, que no parece ser una creación espontánea, sino una voz con una raíz histórica.
Eder Peña me indica que Foley Gambeta menciona “bamba” como término de replana: “Alhaja falsa que se pretende pasar por como legítima”, o “cualquier joya de fantasía, en particular la sortija.” Probablemente la moda de hacer alhajas con las pequeñas monedas antiguas facilitó el traslado del término del ámbito numismático al del mercadeo.

Las monedas bambas canarias
Así pues, en el siglo XVIII, en las Islas Canarias, se falsificaron a gran escala unas monedas de plata que llamaban “bambas” por decir que eran antiguas. Los reales “bambas” inundaron las transacciones al punto que medio siglo después Carlos III tuvo que ordenar la extinción de todas las monedas acuñadas en las islas, ya fueran firmes o bambas.
Martha Hildebrandt señala en una nota que “bamba” parece proceder de Sudamérica septentrional y las Antillas. Pero en realidad era usual en Costa Rica, Nicaragua y Honduras, países en los que se conocía como “bambas” a las monedas de un peso, herederas de los antiguos reales canarios.[6] De ahí también se debe explicar la frase negativa “ni bamba” que era usual en Colombia:
“¡Si no fuera por eso, ni bamba de trabajar en esa nada de madera!”[7]

Todavía hoy los canarios acostumbran a llamar “godos” a todos los peninsulares. Y así esas monedas antiguas, ya muy gastadas y en su mayor parte vueltas a acuñar con otra ley por los mismos plateros canarios. Para cuando el rey ordenó que se retirasen todos esos “reales bambas”, como la mayoría eran falsos, el nombre propio de las monedas, gentilicio familiar en las islas, terminó recibiendo ese contenido calificativo a la pieza de pequeño valor o falsa.
En efecto, en Canarias además de los pesos fuertes de América y los tostones de Portugal habían corrido siempre con abundancia ciertos reales y medio reales de plata de dos o tres especies de cuño, y los que se usaron durante el reinado de los Reyes Católicos allí los llamaban bambas y tenían por sello un haz de saetas y al reverso una coyunda con los nombres de Isabel y Fernando. En la Península se dieron por inútiles desde 1726 y se llevaron a las Islas, donde evidentemente había menos control monetario. El historiador del siglo XIX José de Viera y Clavijo refiere que hacia 1720 “se notó que los realillos de mala ley inundaban enteramente el comercio”, pues de una onza de plata sacaban los monederos treinta y cinco y a veces cuarenta reales corrientes, y así pues mientras los superiores disimulaban o dormían “los fabricantes de bambas abundaron”.[8]
Esos realillos contrahechos y sin el peso correspondiente pasaban de mano en mano hasta que en 1734 un holandés denunció “que los reales bambas con que querían pagarle eran falsos y que semejante moneda no valía”. Con ello también la renta del tabaco se veía perjudicada,[9] por lo que salió un edicto ordenando que “se manifestase en la tesorería real de La Laguna toda la moneda bamba que cada uno tuviese (...) se cortase la falsa (estuviese o no resellada) y se volviese con la moneda legítima a sus dueños”. Los plateros aprovecharon la oportunidad para quedarse con el 10% del valor y ante la amenaza de perder ahí sus haberes muchos optaron por esconder sus monedas antes de bajar a resellarlas. El 20 de abril de 1776 Carlos III firma una pragmática extinguiendo las monedas antiguas y peculiares “que han corrido en las Islas Canarias bajo del nombre común de fiscas y bambas, que se daba a las Islas a su antigua moneda”.[10]
No hay que olvidar que las Islas Canarias, en la vía de Sevilla a Cartagena y la Habana, constituyeron un importante puente lingüístico entre dos mundos gracias al comercio y las migraciones.

Bambas por antiguas
Y la razón por la que los canarios llamaban “bambas” a las monedas disfrazadas de viejas es la que llevaba a Juan del Valle y Caviedes, en Diente del Parnaso, a decir que un médico único en Lima se había curado “de un pestífero contagio”, que no es otro que el “mal de pobre” porque:
“Casóse con una vieja
más antigua que Velazco,
que al rey Wamba no le dejó
nada en materia de años.
Viuda era de un panadero
Y con Pico se ha velado,
Con él gastará sirviendo
Lo que otro ganó amasando.”[11]

Porque los panaderos eran (y son todavía) personas de buena posición. Igual se decía del tiempo de Maricastaña o de Ñangué,[12] sin saber quiénes pudieran haber sido. Los canarios llaman todavía hoy “godos” a todos los peninsulares, y así llamaban “reales bambas” a los acuñados en tiempos de los Reyes Católicos, ya muy gastadas y en su mayor parte vueltos a acuñar con otra ley por los avispados plateros canarios, aunque Ambrosio de Morales afirmaba haber visto todavía, en el siglo XVI, monedas de oro con letras «Wamba rex» y el rostro del rey “mirando con atención una cruz”.

El legendario rey Wamba, (o Bamba)
Sucesor de Recesvinto en la España visigoda, es mencionado dos veces en el Quijote, sacado «de entre los bueyes, arados y coyundas para ser rey de España» (II, 33); Cervantes pudo leer la Historia de los Reyes Godos que vinieron de la Escitia de Europa, de Julián del Castillo (1582. 52), pero un romance muy popular relataba también que luego de muchas disputas entre los godos, un ángel manifiesta “que el rey que ellos esperaban, / su nombre Bamba sería / y lo habían de hallar arando / cerca de la Andalucía”. El lugar estaba en Portugal, entonces unida a España en la persona de Felipe II, por lo que resultaba una figura ejemplar y prueba además de la divina Providencia:
En el tiempo de los Godos,
que en Castilla rey no habia,
cada cual quiere ser rey
aunque le cueste la vida.

Disputaban por quién fuera el siguiente rey y san León papa les indicó que el escogido era Bamba, un noble godo que vivía olvidado de todo en Hircania, (actual Portugal), arando sus tierras feliz con sus dos bueyes como el viejo arquero Appleyard en La flecha negra de Stevenson con sus coles.
El nombre del “buen rey Bamba” se relacionaba además con varias frases del folklore español: “viven en Bamba” se decía de los tontos, o “caballito de Bamba”, a los displicentes. En una comedia de Calderón de la Barca se dice de un enamorado: “ni anda ni come ni bebe, / como el caballo de Bamba”. Lope de Vega compuso una comedia sobre el rey Bamba que vio la imprenta en un volumen que incluye también “El cerco de Santafé” y el drama de Bernardo del Carpio, inspiración de muchas dramatizaciones populares. “Por él está la coyunda / puesta en reales de Castilla”, dice el romance.[13]
También en la última novela picaresca, La vida y hechos de Estebanillo González se cuenta que a la quiebra de un “vivandero” nadie se quería llevarse en el remate un viejísimo rocín que parecía “caballito de Bamba”.[14] Y en otra comedia de Tirso de Molina:
“Pero ¡que tenga yo un amo en menudos,
como el macho de Vamba, que ni manda,
ni duerme, come o bebe, y siempre anda!”[15]

Conclusión
Ahora decimos bambas a panetones y medicinas peores que monedas falsas. Todavía se resiste a la concordancia: “¿juguetes bamba o bambas?”, y es que la palabra fue nombre propio y término común antes de convertirse, en el Perú, en ingenioso calificativo de la informalidad.
Desde las ciencias sociales, tan proclives a inventar conceptos, se ha creado el sustantivo “bambeo” a imitación y por una forzada correspondencia con “huaqueo”, con la presunción de que el discurso académico falsea la identidad histórica de un pueblo. Pero a mí me parece que es una especie de lingüística bamba por no decir otra cosa.[16] En el siglo XIX se extendieron monedas falsas procedentes de Bolivia que se conocieron como "pesos febles", por decir "débiles" o de poco valor.
Nos queda por resolver si del mismo origen de este “bamba” peruano puede venir también el nombre de un baile mexicano con algo de trescientos años de antigüedad, cuenta con más de doscientas versiones, aunque la más conocida es esa que dice:
“Para bailar la bamba se necesita una poca de gracia…”

Una versión reducida de este artículo se publicó en Correo, el 10 de enero de 2010.


NOTAS
[1] Oswaldo Medina, “La cultura del achoramiento. Nueva estrategia para el ascenso social”, en El achoramiento, una interpretación sociológica, Lima, Universidad del Pacífico, 2001, p. 46.
[2] El Comercio, edición digital, 16/02/08.
[3] Ver Ana Baldoceda, “Resultados de la propuesta lexicográfica peruana en el diccionario de la Real Academia”, en Boletín de la Academia Peruana de la Lengua, 36, 2002, pp. 85-162.
[4] “Bamba adj. fam. Adulterado.” “Bambear. fam. ‘adulterar’. Juan Álvarez Vita, Diccionario de peruanismos, Lima, Studium, 1990, p. 77. En la segunda edición amplía un poco las acepciones: “Bamba, ‘falso, adulterado’.” “Bambear. ‘adulterar un producto o venderlo con falsa presentación’.” Juan Álvarez Vita, Diccionario de peruanismos. El habla castellana del Perú. Lima, Academia Peruana de la Lengua y Universidad Alas Peruanas, 2009, pp. 85-86.
[5] Diccionario Español-Quechua/Quechua-Español. Lima, Universidad San Martín de Porres, 2009.
[6] Ver Miguel A. Quesada Pacheco, Diccionario histórico de Costa Rica, San José, EUNED, 1995.
[7] Tomás Carrasquilla, La marquesa de Yolombó (1928). Ed. Kurt L. Levy, Ayacucho (Caracas), 1984, p. 116.
[8] José de Viera y Clavijo, Noticias de la historia general de las Islas de Canaria: contienen la descripción geográfica de todas: una idea del origen, carácter, usos y costumbres de sus antiguos habitantes: de los descubrimientos, y conquistas que sobre ellas hicieron los Europeos: de su gobierno eclesiástico, político... Impr. y Litografía Isleña de J.N. Romero, tomo IV, 1863, p. 369.
[9] Aunque señala Viera y Clavijo que “fue la causa el hallarse el obispo y otros muchos personajes de islas con muchos miles de pesos en reales bambas”, ibid., p. 370.
[10] Colección de pragmáticas, cédulas, provisiones, autos acordados, y otras providencias generales expedidas por el Consejo Real en el reynado del Señor Don Carlos III: cuya observancia corresponde á los tribunales y jueces ordinarios del reyno, y á todos los vasallos en general. Madrid, Viuda e hijo de Marín, 1803, p. 329.
[11] Juan del Valle y Caviedes, “Casamiento de Pico de Oro con una panadera vieja, viuda y rica”, en Obras. Ed. Rubén Vargas Ugarte, Lima, Clásicos Peruanos, 1947, pp. 266-268.
[12] Rubén Vargas Ugarte, Glosario de peruanismos, Lima, 1953, p. 74.
[13] En el romance Bamba tira de dos bueyes uno blanco y otro prieto. En la comedia de Lope uno es rojo y otro blanco.
[14] Madrid, Cátedra, Ed. A. Carreira y J. A. Cid, 1990, vol. II, p. 35.
[15] Don Gil de las calzas verdes, III, escena 8.

[16] Dorian Espezúa Salmón, “Huaquear y bambear”, Identidades, Suplemento cultural de El Peruano, Lima, 10 de marzo de 2003, pp. 5-7

25 de enero de 2010

Gramaticalización en el español norperuano actual


“Una sola peculiaridad sintáctica puede resultar más significativa que toda una serie de particularidades léxicas”. Estas palabras de Lope Blanch fueron iluminadoras en el momento en que decidí el tema de mi tesis doctoral. Ya había detectado yo el curioso fenómeno norperuano del "está que", como se suele decir. Desde que llegué al Perú en marzo del 96 lo había podido escuchar muchas veces cotidianamente, dentro de la universidad y en la calle, entre estudiantes y profesores igual que entre los vendedores del mercado: Profe, estamos desde hace rato que lo buscamos. Los chinos están que inundan Europa con espárrago. Debe bajar medio punto y usted está que nos baja un punto. De repente me di cuenta de que yo mismo empleaba esta construcción a cada rato como se dice. Muchas personas, no solo los muchachos me preguntan todavía si se puede decir o no. Esperan un juicio inapelable.
Yo busqué referencias en la Sintaxis hispanoamericana de Kany (1969) o en El lenguaje peruano de Benvenutto Murrieta (1936) y en muchos otros estudios. Al no encontrar ninguna alusión al problema me decidí a investigarlo yo mismo. Era una cuestión más que sintáctica, gramatical. Tenía que ver con el verbo estar, con las perífrasis verbales y la transposición. Se trataba de un caso de gramaticalización reciente y me daba cuenta de que ello le otorgaba un interés especial. Los estudios sobre el aspecto verbal me impacientaban, porque trababan del árabe, de las lenguas eslavas, del inglés, del latín, del antiguo irlandés, apenas del español y nada del español americano. Osten Dähl y David Cohen me descubrieron muchas cosas: el concepto mismo de concomitancia (por encima de problemas terminológicos), y su expresión en diversas lenguas, con frecuencia perifrástica y vinculada a verbos locativos.[1]
Pasé de las ideas acerca de los verbos de movimiento de Amado Alonso a la concepción del sistema verbal románico de Eugenio Coseriu. Con todo ello y mucho más logré entender que se trataba de una nueva categoría gramatical y una nueva perífrasis verbal en nuestro idioma: concomitancia expresada analíticamente mediante una construcción originalmente atributiva. El tema de la tesis no dejaba elección: era un descubrimiento y un desafío. A primera vista no podía saber si mi exploración alcanzaría a describir todo el fenómeno y si mi reflexión daría razón de todas sus implicaciones. He aquí un breve resumen de lo que pude averiguar.

1. En el aeropuerto

El vuelo regular que une Lima con Piura, en el extremo norte del Perú, hacía escala en Chiclayo, donde en una ocasión escuché decir a la aeromoza, dirigiéndose a un compañero en referencia a un pasajero que tomaba fotografías desde la escalerilla del avión:
El señor está que toma fotografías, y yo ya le he dicho que está prohibido. Es una base de “mirages”, y no me hace caso.

Podríamos traer a colación otros ejemplos recogidos del habla cotidiana:
La computadora está que falla.
Están que juegan ajedrez.
(En China) están que la construyen ahora (una presa).
Pero ahí los hombres están que las provocan (señales de humo).
Este hombre está que lo ayuda para ser ministro (a un candidato).
Está que se duele de su herida.
Está que habla sonseras.
Está que lee su libro.

Esta construcción es empleada en todo el norte peruano, insólita para los limeños y los peruanos del centro y sur, de uso no solo familiar porque se da en todos los niveles socioculturales de Tumbes, Piura (incluidas las provincias andinas de Ayabaca y Huancabamba) y Lambayeque. El primer testimonio de su existencia data de 1966.
Se puede describir como el empleo de una perífrasis verbal para expresar acciones o procesos durativos concomitantes, que desplaza el uso de la perífrasis con gerundio está estudiando a la expresión de eventos habituales. Todos sabemos que el presente de indicativo puede expresar acciones actuales o habituales, de modo que
Lee el periódico.
Es una forma categorialmente neutra con respecto a la concomitancia, puesto que admite perfectamente dos predicados:
Ahorita lee el periódico.
Siempre lee el periódico
.

Igualmente la perífrasis con gerundio (que añade, como veremos, el significado aspectual de cursividad o, según Eugenio Coseriu, expresa la visión angular) puede expresar, en español general, acciones actuales o habituales, de modo que a la pregunta ¿qué estás haciendo? podemos responder:
Estoy preparando la comida.
Estoy estudiando Ingeniería
.

Está claro que el evento preparar la comida realiza en el mismo momento en que enuncia la oración, mientras que el evento estudiar ingeniería se desarrolla en un espacio de tiempo amplio que incluye el momento de la enunciación pero no tiene por qué coincidir con éste. En el primer caso no cabe superponer dos eventos concomitantes:
(?)Ahorita estoy preparando la comida mientras estoy leyendo el periódico.

En cambio, los eventos habituales permiten esa superposición:
Estudio Ingeniería mientras trabajo en la tienda de mi madre.

2. Gramaticalización

Efectivamente, el español no presenta ningún recurso funcional para distinguir los dos tipos de eventos que suelen denominarse concomitantes y habituales. Es el contexto extralingüístico el que nos permite comprender que no estoy estudiando en el justo momento en que hablo (puedo estar tomando un café o realizando cualquier otra acción actual).[2]
El hablante norteño puede escoger entre decir: está que me duele la pierna (en este preciso momento) o me está molestando muchísimo (desde hace unos días). Tal distinción pertenece a una categoría verbal que llamaremos concomitancia: la expresión lingüística de la simultaneidad de una acción o evento con respecto a un punto de referencia cualquiera, expresión que se opone a la no concomitancia la no simultaneidad (sea habitual o no lo sea) de un evento que no ocurre simultáneamente al punto de referencia que sea. Ambas implican una duración indeterminada, aunque la concomitancia suele confundirse con acciones puntuales: tomar un taxi, subir una escalera.

3. Concomitancia en castellano y en otras lenguas

El empleo del verbo estativo para la expresión de la concomitancia (sin distinción de puntualidad o duración) aparece ya en latín clásico: Stabant orantes primi transmittere cursum (Eneida VI, 313), mediante stare + participio presente. En realidad hay una coincidencia general en el empleo de verbos de significado estativo o locativo para la expresión concomitante en lenguas sin parentesco ni contacto algunos, con lo que parece ser un procedimiento común explicable por la contiguidad semántica entre el espacio y el tiempo que se aparece como un universal lingüístico.
Aparece en las formas del progresivo inglés: he is writing, irlandés: táim ag bualadh ‘estoy golpeando’, en etiópico tigriña: yesabber-allo ‘está rompiendo’, albanés: jam dinke punuar, literalmente ‘estoy mientras que trabajando’, y también se ha descrito en cocama, finés y en varias lenguas centroafricanas.
El castellano medieval desarrolló muy tempranamente una perífrasis de estar con el gerundio. En los testimonios más antiguos es difícil distinguir el significado ‘locativo’ de estar del simplemente ‘actual’:
Y estava doña Ximena con çinco dueñas de pro, rogando a San Pero e al Criador. [3]

El valor auxiliar lo adquiere fácilmente transformando el estar locativo su significado de ‘localización pasajera’ por el de ‘localización en el tiempo’, sinónimo de ‘estado transitorio’. La transición es perfectamente factible dada esa íntima relación existente en las lenguas entre las nociones de tiempo y espacio. Esto permite la construcción con gerundio (a) y el paso siguiente hacia la perífrasis durativa (b):
(a) En oración estava el sancto conffesor, rezando e faciendo preces al Criador.
(b) Los peçes son los huéspedes que siempre están callando.[4]

Concomitancia, tiempo y aspecto guardan una estrecha relación. El tiempo verbal es una categoría deíctica que expresa lingüísticamente la ubicación temporal de un evento en relación al acto de habla, esto es, su anterioridad, coexistencia o posterioridad relativas. La concomitancia puede o no confundirse con la simultaneidad temporal, y en muchas lenguas no hay una expresión funcional que las distinga.
Sin embargo, el aspecto es una categoría no deíctica. Puede entenderse, lato sensu, como todo lo que en el verbo no es expresión de tiempo (de tiempo “externo” diría Guillaume), según la conocida definición de Bernard Comrie:
Los aspectos son diferentes maneras de concebir la constitución temporal interna de una situación.[5]

Es decir, su duración, repetición, perfección o imperfección, etc. En tal caso, la concomitancia sería un tipo de significado aspectual, y así lo considera el propio Comrie, puesto que es una manera de concebir el evento (acción, proceso o estado) independientemente de su ubicación temporal. O bien, stricto sensu, restringimos el concepto de aspecto a la expresión lingüística de la perfección o imperfección de un evento, postura defendida por Cohen y otros autores más recientemente, que reducen el aspecto a la “distinción del límite del proceso expresado por el verbo”.[6]
Creemos que efectivamente la concomitancia es una categoría autónoma que puede presentarse en las lenguas independientemente del tiempo y del aspecto, aunque fuertemente ligada a ambos. Es una categoría deíctica como el tiempo que no expresa, sin embargo, ubicación temporal.
La concomitancia es la categoría verbal que se presenta en diversas lenguas para expresar la coincidencia de un evento con el punto de origen (sea cual sea su orientación temporal: anterior, simultánea o posterior al momento de enunciación). Es expresión de sincronía relativa a cualquier tiempo real o ficticio. Aunque se ha empleado en ocasiones (el propio Salvador Fernández) el término “actual”, “actualidad” para referirse a la expresión concomitante que puede expresar el gerundio en español (Juan está bañándose = en este momento), y la lingüística inglesa ha consagrado el término “progresivo” al que algunos reconocen este valor, preferimos emplear el término concomitancia siguiendo a Cohen, por la ambigüedad de los anteriores.

4. Gramaticalización frente a fraseología

El español general conoce las subordinadas atributivas del tipo: está que trina, está que arde, procedentes de consecutivas que han omitido el elemento intensificador: está (tan enfadado) que trina. Se trata de expresiones fraseológicas fijadas en el uso de todo el mundo hispánico, también en el español peruano, como el ejemplo de este titular:
“El ‘Mago’ está que saca chispas”[7]

Pues bien, no encontramos este tipo de subordinadas en el español hablado en el norte peruano. En Piura se utiliza justamente el gerundio para la ponderación, como se ve en este testimonio periodístico reciente:
"Por la unión un sector de apristas está echando chispas porque pese a haber denunciado con pruebas la falsificaicón de la firma de la presidente del comité electoral distrital, para beneficiar al candidato "trellista", en el Tribunal Regional no les hicieron caso y siguieron adelante con el proceso". [8]

Sistema concomitante

La construcción subordinada en el norte peruano funciona como una perífrasis concordante, es decir, en la que el verbo principal y el auxiliar se presentan en el mismo tiempo, número y persona. Aquí ha perdido todo valor ponderativo y no puede sospecharse ningún segmento intensificador omitido. Ha adquirido el valor semántico de concomitancia, pues sirve para expresar acciones actuales, simultáneas, concomitantes, estableciendo una oposición funcional con la perífrasis de gerundio, que expresa acciones habituales o simplemente no simultáneas. De tal modo que a la pregunta: ¿qué haces? un hablante de dicho dialecto podrá responder:
Estoy que preparo el almuerzo.
Estoy estudiando tercer año de ingeniería agrónoma.

No le resultaría posible decir *Estoy que estudio tercer año de ingeniería, si bien sería posible decir: Estoy que estudio (ahorita, en este momento) para mi examen de matemáticas del lunes. De tal modo que se configura un sistema nuevo en español en el que el presente simple es el término neutro frente a la perífrasis con gerundio que está marcada por el rasgo ‘habitualidad’ y la subordinada atributiva, marcada por el rasgo ‘concomitancia’.
Como ocurre en toda oposición lingüística, el término no marcado incluye a los demás términos de la oposición, de manera que son posibles, en este subsistema: Estudio tercer año de ingeniería agrónoma, Estudio para mi examen de matemáticas del lunes. Sin embargo, los términos marcados positivamente, como ya hemos señalado, no serían, en principio intercambiables entre sí. Las desviaciones detectadas en el habla pueden explicarse por la relativa inseguridad de este sistema, que se encuentra todavía en fase de consolidación, en liza con el uso estándar de la perífrasis con gerundio no sólo de la mayor parte del mundo hispánico, sino también de la mayor parte del Perú y de su capital, Lima, la norma ejemplar para todo el español peruano. Son pruebas formales de su valor concomitante la imposibilidad de construirlas en negación (porque resulta imposible que la inexistencia de un evento sea concomitante con nada):
*No está que se baña.

Pero admite la negación en el verbo subordinado:
Está que no dice nada.

Y tampoco admite la construcción con adverbios que expresan habitualidad, reiteración, duración, a menos que esté manifiesta una concomitancia:
*Siempre está que se baña.
A cada rato está que habla así.


Los hablantes son con frecuencia conscientes de esta diferencia sintáctica y de su carácter ajeno al estándar castellano. Al menos, hay fuertes resistencias a su uso en registros formales y en general, en la lengua escrita.

5. Primeros testimonios

La primera mención del fenómeno la he encontrado en un trabajo de un profesor del Colegio San Miguel de Piura, quien en 1966 denuncia esos “solecismos por construcción incorrecta” a estas construcciones. Y en el estudio titulado El castellano hablado en Piura, publicado en 1974 por Ibico Rojas, Liliana Minaya, Aida Mendoza y Luis Miranda, dentro de un proyecto financiado por el INIDE para estudiar el lenguaje del niño peruano hispanohablante, detectan el fenómeno y alcanzan a sugerir que “reemplaza a las formas con gerundio en esta región”, sin mayores alcances. Todavía en 1997 un profesor de Chiclayo expresa su inútil repulsa a este que “sería uno de los más notables inventos lingüísticos peruanos de los últimos tiempos”, con ejemplos como éste:
- Señorita... el Jonhatan está que fastidia.
- Sí, sí... hace rato estoy que lo veo.
- Es que, señorita, ése está que me pone chapas.
[9]

El más antiguo testimonio de su uso aparece en un relato del padre Miguel Justino Ramírez de 1950:
"Eso es, agregaron todos, doña Márgara, descubre ya el hornau, ya está que huele."

Los hablantes evitan su empleo en el habla escrita, porque perciben que se trata de una construcción no estándar. En su lugar hay que emplear estar con el gerundio. En la literatura regional aparece caracterizando personajes populares, como en este cuento que ganó un concurso local:
"Una mala sombra, en mala hora, te lias atravesau, suerte quias sido juerte, por eso 'tas que duras, pero yo te voy a levantar". [10]

6. Análisis funcional

Los aspectos formales de la construcción son complejos. La expresión fraseológica "está que trina", desde una concepción tradicional, sería una subordinación o, en términos funcionalistas, la transposición de un sintagma verbal a la categoría adjetivo, en la función atributo: Pedro está que trina admitiría la prueba de la sustitución pronominal: Pedro lo está. Aunque estas frases expresan también concomitancia, no es seguro que sean el origen de la perífrasis norperuana. Podría proceder también de las reduplicaciones: "está habla que habla". De todos modos son construcciones en que se utiliza un verbo en forma simple para la caracterización eventiva de un sujeto (se describe por lo que hace).
Su carácter gramatical se muestre en que Pedro está que se baña no admite tal sustitución (*Pedro lo está). Desde un concepto amplio de perífrasis, como el que defiende Eugenio Coseriu (que considera también perifrásticas construcciones del tipo tomo y me voy), podrían considerarse perífrasis procedentes de una construcción subordinada atributiva que conservan la concordancia (y el nexo subordinado) entre ambos verbos como recuerdo de un valor calificativo. Por ello puede llamarse perífrasis subordinada o concordante.
El que resulta problemático, puesto que es un transpositor distinto al que1 de Alarcos, que transpone a la categoría de sustantivo (Quiero que vengas) y distinto del que2 y del que3 porque no remite a un término antecedente. Se asemeja a la simple conexión fosilizada que impone la perífrasis: Tiene que volver mañana a las cinco.
Sin duda no agotaremos aquí los problemas y dificultades que plantea esta construcción en el español actual. Baste esta reflexión para introducirnos en la innovación de la semántica y gramática verbales del español que supone introducir la categoría de concomitancia con una perífrasis en el verbo castellano, una pequeña convulsión en nuestro idioma.

Conclusión

Parece ser que la perífrasis de gerundio tuvo en su origen este valor de concomitancia, y los testimonios medievales así lo atestiguan. La perífrasis, sin embargo, pronto extendió su uso a predicados habituales, compitiendo y alternando el valor de concomitancia con el de habitualidad en las formas de gerundio hasta el español de nuestros días. La construcción atributiva recupera entonces ese valor en español, y sería adecuado decir que nos encontramos aquí con una forma de reedición de un fenómeno que tuvo valor funcional en la etapa inicial de nuestro idioma. Sorprende que esta reedición se haya presentado en una región tan remota y aislada del mundo hispánico, pero esto no le quita importancia. Su uso en contextos narrativos de naturaleza oral tiene claras repercusiones para la reflexión lingüística en torno al desarrollo mismo de las categorías gramaticales y más bien explica la vitalidad (la "naturalidad") con que se desarrolla el fenómeno, lejos de toda instancia normativa. En el futuro podría extenderse o replicarse en otros espacios dialectales o quizás llegara diluirse y perderse en la expresión durativa: la gramaticalización conlleva siempre una pérdida de la misma expresividad que da origen a las formas, obligando de esa manera a la constante reconversión de los mismos sistemas lingüísticos.


*Resumen breve de mi tesis doctoral que se publicará próximamente en el libro: Gramaticalización en español americano. Perifrasis para la concomitancia en el norte del Perú. Pamplona, EUNSA, 2010.

NOTAS:
[1] Osten Dahl, (1985). Tense and aspect systems. Oxford, Basil Blackwell; David Cohen, L' aspect verbal, Presses Universitaires de France, 1989 (trad. en castellano: El aspecto verbal, Visor Libros, Madrid, 1993).
[2] La mayoría de las gramáticas reconocen un valor durativo o imperfectivo a la perífrasis estar + gerundio (así Bello, Gili Gaya, el Esbozo, Keniston, Coseriu y Alarcos). Solamente algunos autores, como Roca Pons (1958), Salvador Fernández (1961) y Gómez Torrego (1988), han señalado tímidamente que la perífrasis de gerundio sirve para expresar acciones cercanas a un sentido más actual, concreto o puntual que el presente simple. Solamente Fernández Ramírez ha defendido que el valor primario de la perífrasis es “actual” (concomitante) y no durativa. Recientemente Félix Fernández de Castro ha defendido el valor “actual” de la perífrasis con interesantes argumentos, aunque su concepción de "actualidad" no es del todo coincidente con nuestro concepto de "concomitancia" (ver Las perífrasis verbales en español actual. Madrid, Gredos, 1999).
[3] Alicia Yllera, Sintaxis histórica del verbo español: Las perífrasis medievales. Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1980, p.28.
[4] Alicia Yllera, Sintaxis..., p. 28.
[5] Bernard Comrie, Aspect. An Introduction to the Study of Verbal Aspecto and Related Problems, Cambridge, Cambridge University Press, 1976, p. 83.
[6] David Cohen, El aspecto verbal, Madrid, Visor, 1993, p. 59.
[7] El Comercio, Lima, 1 de junio de 2000, p. 1. Hace referencia al técnico de la selección paraguaya.
[8] El Tiempo, Piura, 13 de enero de 2010, p. 3.
[9] Raúl Cumpa Pizarro, Me presento y digo : muchas cosas sobre lenguaje con un poquito de humor. Chiclayo, Universidad Pedro Ruiz Gallo, ¿1997?.
[11] Miguel Justino Ramírez, Lo que el cholo cano me dijo. Folclore morropano. Chiclayo, Imprenta Castillo, 1950, p. 40.
[10] David Ramírez Pingo, "La trajona" en El bravo andanjo. Quinto concurso de cuentos y leyendas. Radio Cutivalú - CIPCA, Piura, 1997, p.39.

13 de enero de 2010

Juan de Arona

Aunque Pedro Manuel Paz Soldán y Unánue (1839-1895) tuvo una formación de tono clasicista, se integra en el movimiento romántico mientras su vida se desenvolvía, como dice Villarán, al aire libre “entre vegetación sonriente, atmósfera pura, un hogar feliz, holganza económica” (40). Se casa en 1867 con Cipriana Valle-Riestra y dos años después publica el semanario “Saeta”, de muy corta duración. Estrena en Lima un juguete cómico en un acto y en verso sin éxito. Colabora en periódicos y revistas literarias y escribe poesía copiosamente, mientras ejerce la docencia en el colegio Guadalupe y en la Facultad de Letras de San Marcos, enseñando literatura, latín y griego. Su poesía es bastante prosaica, con momentos de alguna lucidez lírica, normalmente dedicada a la contemplación del paisaje costeño, como en el poema que consagra al médano iqueño. Con una numerosa familia que mantener y dificultades en el manejo de la hacienda, ingresa en el cuerpo diplomático del Ministerio de Relaciones Exteriores. En 1879 era Encargado de Negocios en Chile cuando estalló el conflicto. Luego es comisionado a Buenos Aires, donde empieza a editar, en 1882, su Diccionario de peruanismos, que completa en Lima al año siguiente.
“La agresividad de su carácter aumentó con el tiempo”, señala Villarán (47), y ciertamente los infortunios y desengaños agriaron sus últimos años (su esposa muere en 1886), “llegando a cometer indudables desaciertos”.
La actitud de Arona parece reflejarse de manera nítida en esa expresión tan dura y tan rotunda con que da inicio a su Diccionario:

Un pueblo que se ha salido con la suya rompiendo el rigor de la ley en lo civil, y el de la etiqueta en lo social, ¿se dejaría subyugar por la ultramarina gramática de Castilla? (23)

Con ese tono profundamente despectivo y malhumorado que lo caracteriza, Arona se muestra en aparente concordancia con las ideas de la generación romántica. Los países americanos debían sacudirse todos los yugos de la vieja metrópoli, que además se hallaba en franco estado de decadencia y no mostraba signos de capacidad moral o intelectual dignos de mención en comparación con el esplendor de Francia e Inglaterra y, en el último tercio del siglo XIX, de Alemania.
El castellano no ofrecía tampoco muestras de estar a la altura de los tiempos; el diccionario se reimprimía sin una renovación profunda, dando la espalda a los americanismos que en un primer momento había acogido con entusiasmo. Sólo algunos escritores románticos, comenzando por Espronceda, Larra, o el Duque de Rivas, y la siguiente generación formada por Mesonero Romanos, Estébanez Calderón y Fernán Caballero merecían alguna consideración. Habrá que esperar hasta finales del siglo XIX en que la restauración española deje sentir sus efectos y la vieja monarquía (demasiado blanda para unos, demasiado rígida para otros) recupere algo del prestigio perdido.
En todo caso defiende el ideal de unidad del idioma:

“Solo buscamos la unidad del idioma español y para este objeto enteramente humano y que encierra altas miras de confraternidad, nos contentamos con que cualquiera provincia o cualquier español de España, escritor, nos acompañe o haya acompañado tal cual vez en el uso de nuestros provincialismos.” (21)

Es una idea algo extraña, porque lo propio de los provincialismos es su peculiaridad y su diferenciación de un espacio con respecto a los demás, con lo cual Arona parece esperar que los españoles aprendan las palabras americanas y las usen, y para ello están los diccionarios:

“Cuando ambos mundos se entiendan a maravilla, aunque sólo sea en jerga; cuando el disperso caudal de miles de voces esté registrado y unificado...” (21)[1]

O sea que todos deberíamos conocer todas las palabras, cosa imposible en la práctica. Acto siguiente firma la declaración de independencia por una minucia relativa a la distinta solución adoptada por los hablantes entre la analogía y la igualación, que no compete a la ortografía tanto como a la variación dialectal de la pronunciación del idioma común:

“Con el mismo espíritu de independencia, rebeldía y libertad que demostramos en todo, hemos sacudido también el yugo de otra tiranía, ortológica y prosódica: la que prescribe trocar el diptongo ue en o en ciertos nombres derivados, y así sacamos de buñuelo, buñuelero, de pañuelo pañuelón, de suerte, suertero, de bueno, buenísimo... (...)[2]
Arona dejó de asistir a las sesiones de la Academia Peruana, recién formada en 1887 porque se había intitulado “correspondiente” con la española, y rechaza dicha correspondencia igualmente furioso por el encono con que los académicos madrileños rechazan las palabras americanas o las consignan erróneamente en el Diccionario.[3]
Hay que reconocer el carácter contradictorio de Arona, patente en todos los aspectos de su vida. Fino observador de las costumbres, al mismo tiempo es implacable con todos y tremendamente injusto con muchos. Igualmente en el terreno de los peruanismos, al decir de su actitud por un lado beligerante contra “esas erupciones de tan fácil curación que constituyen el vocabulario provincial”, a las que sin embargo dedica toda su vida y un sinfín de versos, pues como los refranes son “expresiones animadas del idioma”. Su amor a la tierra y su defensa de los peruanismos vive en conflicto permanente con su conciencia purista, por la que aplaude que el español peruano es el menos “corrompido” que el de otros países.[4]
Así pues, Arona a un tiempo defiende la unidad de la lengua y la pureza con que se usa en el país, e inmediatamente reconoce esa genuina tendencia democrática y popular que lleva a “preferir siempre la palabra vulgar a la culta” (22), abundando la idea en ejemplos:

“Mucho más decimos pescado que pez, candela que fuego, colorado que rojo, plata que dinero, pila que fuente, barriga que vientre, baraja que naipe, pelo que cabello, cáscara que corteza, flojera que pereza, cachete que carrillo o mejilla, palo que madera, migajón que miga, pellejo que piel, tierra que polvo, animal que bicho o sabandija, amarrar que atar.” (22)

Con el mismo ímpetu defiende la unidad y la obediencia a los dictados de la Academia (hasta los que desconocen los mismos españoles), y se expresa triunfante defensor del “espíritu de independencia, rebeldía y libertad” con que se sacude de las tiranías ortológicas.
Así defiende como deplora la traducción “a peruano” de las locuciones, frases, voces y dichos de España, pues observa Arona cierta “afición a bastardear” el idioma cuando se da primacía a “el equivalente más material o vulgar” (23), como en el caso de taco por tacón (362). Es la época en que se discute vivamente acerca de cuál pueda ser la forma de español más vulgar, con notables prejuicios lingüísticos respecto al español americano por parte de las personas mejor educadas, que en parte han continuado hasta nuestros días, aunque la democratización de nuestras sociedades haya atenuado notablemente su potencia discriminadora y la acción de las Academias y la divulgación del conocimiento científico sobre los dialectos del idioma han hecho que el habla culta de cada uno de los distintos países haya recibido un claro respaldo y asimismo se haya abierto a las expresiones populares nacionales.
Dividido entre el respeto al idioma y el amor al Perú, Arona es al mismo tiempo reflejo del conflicto de su generación y artífice de una nueva actitud, mucho más segura y orgullosa de su propia personalidad y más confiada en sus propias posibilidades, una vez afirmada la legítima identidad de sus peculiaridades idiomáticas. Y comenzó un camino para que el amor al castellano no esté reñido con el amor que cada cual profesa por alguno de los muchos espacios en que echó raíces el idioma común.


NOTAS:
[1] Pero luego empieza a denostar la jerga de Segura, a quien alaba como "el Plauto peruano" por "su sal gruesa y la sensibilidad y espiritualismoen algunas de sus piezas” (28), reclamando una edición digna de sus obra, al mismo tiempo que declara despreciable su jerga por carecer (según él) de inspiración original y depender de modelos extranjeros y exige una expresión veraderamente nacional. Cito entre paréntesis las páginas del Diccionario de peruanismos de Juan de Arona en la edición de Estuardo Núñez (Lima, Peisa, 1974).
[2] En realidad no es siempre así, ver por ejemplo amoblar-amueblar.
[3] El primer contacto que tuvo Arona con la Academia fue siendo muy joven, en 1839, cuando hizo el más largo y provechoso de sus viajes, que siempre recordó por sus “inefables fruiciones e inagotables enseñanzas” (Jorge Villarán Pasquel, Juan de Arona. Su personalidad y su obra literaria, Lima, 1937, p. 18). Conoce Londres, París, Italia, Egipto... Llega a Madrid en pleno mes de julio (tal vez demasiado calor) y seis meses permaneció en España, visitando por encargo de Felipe Pardo y Aliaga a literatos reconocidos como Bretón de los Herreros y Ventura de la Vega, antiguos compañeros del colegio de San Mateo donde estudiara el inmortal creador del niño Goyito. Arona tiene entonces su primer contacto con la Real Academia Española. Bretón de los Herreros era Secretario de la Academia e impulsó la candidatura de don Felipe Pardo, quien fue nombrado en 1860 miembro correspondiente de la institución madrileña. Sobre esto pueden verse los trabajos de Aurelio Miró Quesada (“Felipe Pardo en la Academia”, Boletín de la Academia Peruana de la Lengua. 3, 1969, págs. 23-52) y Alberto Varillas (Felipe Pardo y Aliaga. Lima, Brasa Ediciones, 1995, págs. 122-123). Casi un siglo antes Diego de Villegas y Quevedo había hecho lo mismo, con recomendación del polígrafo Pedro de Peralta y Barnuevo.
[4] Declara orgulloso que “en el Perú hay menos defectos lexicográficos que en otras secciones de Sud América” (32).