7 de noviembre de 2014

Palabras que atraviesan fronteras

La firma del acuerdo de paz en Brasilia el 26 de octubre de 1998 devolvió la confianza y la amistad a la frontera entre Perú y Ecuador, y junto al dinamismo comercial y al cada vez más intenso tránsito de vehículos y pasajeros, que fueron la nota dominante de la provincia durante siglos, volvieron a encontrarse las formas de hablar y los dialectos de ambos lados de la frontera. Las diferencias son ahora más notorias y el paso del tiempo ha distanciado los modos de hablar, pero todavía hay muchas cosas en común.
Que el habla de Piura tiene muchos rasgos coincidentes con las hablas de Machala y todo el litoral surecuatoriano era un hecho señalado ya por Martha Hildebrandt en 1949. Pese a las muchas diferencias que puedan haber, sobran las palabras compartidas a ambos lados de la frontera. Una de ellas es “chifle”, que pese a las diferencias de preparación y demás, es un elemento característico de la gastronomía de ambos lados de la frontera. También llamamos "seco" a unas preparaciones culinarias similares.
Enrique López Albújar fue el primero en señalar “chifle” como una palabra peculiar norteña, y lo hizo porque publicó un manojo de vocablos piuranos en un pequeño glosario que acompaña sus “Poemas afroyungas” de 1938. Luego vendrían la extensa colección de artículos sobre piuranismos de Carlos Robles Rázuri (1982-84), los diccionarios de Esteban Puig (con dos ediciones en 1985 y 1995), y de Edmundo Arámbulo Palacios (1995), además de un repertorio inserto en una miscelánea de Carlos Arellano, y un diccionario de Sechura, reunido por César Arrunátegui (1996). A estos habría que añadir el valioso trabajo del sullanero, también autodidacta, Carlos Humberto Arellano Agurto (1996), y el repertorio todavía inédito del coronel Germán Salazar Palacios, además de pequeños glosarios que se han recogido en Morropón, Ayabaca y Huancabamba.
Debemos reconocer, sin embargo, que algunos de estos vocablos estaban ya señalados en el “Ensayo de lexicografía ecuatoriana” que publicó Gustavo Lemos en una pequeña imprenta de Guayaquil en 1920, y que trae un buen número de palabras usadas habitualmente en los departamentos de Piura y Tumbes. Registra el nombre del “guachapelí”, que es un árbol endémico de estas regiones litorales. Menciona que en estas zonas se conoce como “tollo” (que es un vocablo procedente de las Islas Canarias) al pez que en el Ecuador y Colombia llaman “cazón”. Y trae la primera noticia de “chifle”, con una descripción algo diferente: “rebanadas de plátano verde fritas en mantequilla o grasa de cerdo”. También recoge otros términos referentes a alimentos como “malarrabia” y “repe” (especialmente señala en los pueblos fronterizos con el Perú), “panela” y “raspadura”, plantas como la “guayusa” o animales como “güerequeque” y expresiones tan coloquiales como “abombado”, “manclenco”, “rangalido” o “relancina”, que se forma derivado de “lance”, que en castellano antiguo se decía por cualquier prueba o intento. “¡Pura relancina!”, decimos a ambos lados de la frontera.
Recoge también Lemos Ramírez el despectivo “gallinacera” referido a barrios o grupos de personas de raza negra. Una estudiosa norteamericana lo confundió con un etnónimo. Hay vocablos con variantes: “concolón” decimos en Piura al arroz quemado, y en Ecuador se le dice “cocolón”. 
Muchos difieren, pero hay otras noticias interesantes. Aunque no trae “churre”, que es un modo totalmente piurano de referirse a los niños, se puede explicar el origen castellano del término por las noticias de que en la sierra ecuatoriana, según Lemus, se decía “gallo churri” al ejemplar que no tiene buena cría, y en más aún en la costa decían “churrío” al gallo o gallina mestizos, con lo que se explica el origen también despectivo y burlón del desenfadado piuranismo. En Ecuador también dicen “chorreado” a la persona sucia y desaseada”. Considera que “faite” era un neologismo del litoral ecuatoriano, pero es también un vocablo empleado ampliamente en la replana de toda la costa peruana, y es que se trata de un préstamo por influencia del inglés “fighter”, que revela la presencia y el cariz de los marinos y viajeros norteamericanos que viajaban a California por la ruta del cabo de Hornos en busca del oro de California.
Gustavo Adolfo Lemos Ramírez había nacido en Guaranda, en el centro andino de Ecuador, el 17 de febrero de 1877, y luego de asistir a la escuela de los salesianos y jesuitas en Quito se estableció en Guayaquil, en 1901, como maestro en el Colegio San Luis Gonzaga. En 1920 salió diputado por la provincia de Bolívar y publicó "Semántica o Ensayo de Lexicografía ecuatoriana, con un apéndice sobre nombres nacionales compuesto de raíces quichuas", al que añadió luego un suplemento con tirada aparte (es tarea de nunca acabar) de 52 páginas. La obra salió a la luz con numerosos aportes de Honorato Vásquez con quien se escribía a menudo y datos de Carlos R. Tobar y Alejandro Mateus así como de José Trajano Mera, con lo que Lemos trató de abarcar los distintos espacios del país, pero igual destacan en su obra los costeñisimos no usados en el interior, los que por su origen serrano habría advertido con especial interés.
Preparó también para el Ministerio de Instrucción Pública un texto de "Gramática española" para uso en los colegios secundarios del país, se interesó por la toponimia y escribió algunas obritas literarias de poco mérito. Falleció aquejado de una persistente tisis pulmonar el 14 de marzo de 1936. Lemos se mostraba agradecido por el interés que había prestado a su obra Miguel Toro y Guisbert (1880-1966), además de los lingüistas Paul Rivet y Max Leopold Wagner. El mismo año de su muerte se publica en Lima “El lenguaje peruano” de don Pedro Benvenutto Murrieta, pero de hecho Murrieta no se hace eco de los aportes de Lemos, aunque lo menciona (1936:200). Tan solo parece haber contado con las referencias aportadas por el ecuatoriano Miguel Riofrío, autor de un pequeño cuaderno de correcciones idiomáticas desaparecido, pero que entonces fungía como representante diplomático en Lima (1936: 9).

“Ningún lexicógrafo conoce aún la acepción que damos a este vocablo en el Ecuador”, dice Lemos refiriéndose a “chifles”, y lo mismo pudo decir de otros muchos, dado que salvo el diccionario de Juan de Arona (1883), que no es muy prolijo, nadie había hecho recopilación alguna del léxico popular en ninguno de estos dos países hermanos, los que, junto a todas sus diferencias y disensiones comparten en la transparencia de sus fronteras unos cuantos vocablos que dan cuenta de un pasado compartido con lazos de intensas y antiguas relaciones familiares, culturales, políticas y comerciales.

18 de septiembre de 2014

Julio Ramón Ribeyro y el cuidado del lenguaje

En junio de 1979 Ribeyro concede una larga entrevista a un joven estudiante norteamericano, Efraín Kristal, que ahora es profesor en la Universidad de California en Los Angeles.[1] Fue publicada recién en 2003 en una revista sevillana y recogida luego por el acucioso periodista y gran estudioso ribeyriano Jorge Coaguila en Las respuestas del mudo (no figura en la primera de 1998 sino en las dos siguientes). Aquí trata de explicar un punto de Prosas apatridas en que recomienda evitar no tanto “la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación” (2007: 62). Me parece que no debe entenderse literalmente, como si el escritor tuviera cólera a Quintiliano y a los viejos tratadistas. El pensamiento de Ribeyro hacía mella en una realidad inconfundible. La literatura, decía entonces Ribeyro, es afectación porque el lenguaje escrito es “diferente del lenguaje hablado”, y escribir es una convención que responde a ciertas reglas –que pueden ser la corrección o la originalidad–, y en ese sentido afirma:
“a mí me parecía tan afectado escribir obedeciendo todas las reglas dela convención como escribir tratando de imitar un lenguaje descuidado y un lenguaje oral. En esta actitud hay tanta tensión, tanto cuidado y tanta afectación como escribir utilizando un lenguaje literario y muy cuidadoso” (2009: 336).
En la cuestión había una referencia implícita a una polémica observación que había hecho por aquel entonces Julio Cortázar en el sentido de que en América Latina se escribía según él con lenguajes y retóricas no precisamente latinoamericanas.
Se había celebrado en Las Palmas, del 4 al 8 de junio de 1979, el I Congreso Internacional de Escritores de Lengua Española. Un evento marcado por las disensiones políticas, que congregó junto a unos pocos españoles una verdadera avalancha de escritores americanos: al fin y al cabo ellos nutrían la poderosa industria editorial española y unos días después se abría la Feria del Libro en Madrid.
En el acto inaugural, Antonio Tovar dio lectura al texto enviado por Dámaso Alonso, que disculpó su ausencia por motivo de una enfermedad. El presidente de la Real Academia hizo una exposición en torno a la “defensa y la extensión de la lengua española”, exaltando el valor de la lengua y reiterando una preocupación que fue constante en su pensamiento: «El don divino de la palabra exige un deber: su conservación y defensa.»
Para Dámaso Alonso la defensa de nuestra lengua se enfrenta a una extensión formidable y corre el peligro de su fragmentación; así pues, todos los que la usan están obligados a que se conserve la unidad del español. No una unidad total, pero sí una unidad básica; lo importante para Alonso es la conservación de lo que sea común a todos los hispanohablantes cultos, para lo cual insiste en la necesidad de la “vivificación de las academias”, dado que el “destino de nuestra lengua es el de ser vínculo de hermandad, de paz y de cultura entre los cientos de millones de seres que la han de hablar en el siglo XXI”.
Frente a los críticos más radicales, Jiménez Losantos reivindicaba por aquel entonces que no defendía la lengua de Franco sino la lengua de Cervantes, mientras que Juan Cueto reclamaba un mayor nivel frente a “la colonización cultural yanqui” expresada en los anglicismos. Pero la cuestión política tomó pronto protagonismo y el congreso se suspendió para no dar pie a más peleas. Ribeyro no repararía en las peripecias, debates ni tensiones de aquellos días por más que éstas fueran protagonizadas por sus compatriotas, y en la entrevista solo hará referencia a la conferencia que ofreció “un profesor español de lingüística”, una de las pocas que escuchó “con interés”.
Julio Ramón Ribeyro se interesó especialmente en el asunto de la corrección del lenguaje, por su incidencia tanto en el lenguaje literario como en el lenguaje coloquial. Ribeyro entiende que hay que distinguir entre la norma de la lengua y las normas lingüísticas y aplica esta idea al lenguaje de la narración en Hispanoamérica y en España:
“La norma de la lengua es el lenguaje gramaticalmente correcto, que trata de ser lo más parecido a la manera de hablar de las fuentes primigenias del nacimiento de la lengua española; es decir, lengua de Castilla, de Ávila o de Valladolid. Y la norma lingüística vendría a ser la manera de hablar de cada cual. Entonces él decía que una de las grandes innovaciones y contribuciones de la literatura hispanoamericana a la literatura en lengua española era que los escritores latinoamericanos habían utilizado su norma lingüística, su propia manera de hablar. O sea, hablar sin tratar de imitar a los españoles en cuanto a corrección o perfección de la lengua y que esa era la vía recomendable para hacer literatura.” (2008: 339).
La conclusión a la que llega Ribeyro es que no hay ninguna regla: “como la literatura es una convención, puedes utilizar en la literatura todas las figuras y todos los estilos de lenguaje que te dé la gana”, sin que utilizar la lengua de Cervantes o tu propia norma lingüística te asegure hacer una buena obra. La reflexión de Ribeyro respecto al cuidado del lenguaje es profundamente perspicaz puesto que reconoce que muchísimos escritores latinoamericanos utilizan las expresiones corrientes del habla popular y también acepta el papel importantísimo de su propia manera de hablar, pero en el fondo huye de la afectación de sentirse obligado a reflejar exactamente esa manera de hablar porque era también una posición arbitraria. Definitivamente, en su actitud personal y como escritor, Ribeyro revela ser muy consciente del cuidado del idioma y de la necesidad de huir de toda afectación.
Sin embargo, Aurelio Denegri ha señalado en el escritor un “desaseo prosaico”, por lo que sospecha un poco insidiosamente que “seguramente ya no consultaba el diccionario ni revisaba la gramática”, y con una metáfora típica rotundamente diagnostica que su prosa está “muy infestada de galicismos” (2011: 117). En realidad la mayor parte de los ejemplos que dan testimonio de este aserto en el estudio de Denegri reflejan peruanismos, como “de acuerdo a”, en lugar de “de acuerdo con”; “de más cerca”, en lugar de “más de cerca”, y por supuesto casos de queísmo y de pluralización de haber que son comunes al habla culta peruana. Los galicismos señalados por Denegri afectan especialmente a ciertos usos preposicionales en los que se advierte, efectivamente, una gran familiaridad del escritor con la lengua de Maupassant: “una novela a muchos personajes”, en lugar de “una novela de muchos personajes”; “no hemos participado a esta mutación”, en lugar de “no hemos participado en esta mutación” (Denegri, 2011: 118). Y poco más.
El juicio de Denegri, aun reconociéndole la pertinencia de sus observaciones, tan propias de los buenos correctores de estilo, resulta demasiado severo para un escritor verdaderamente cuidadoso con el lenguaje. Se parece a aquellos críticos decimonónicos que trataban de encontrar solecismos en Cervantes. De hecho, Ribeyro es ya un autor clásico en el país y se ha convertido en el escritor favorito en todas las escuelas públicas y privadas del Perú, especialmente como lectura obligatoria en los distintos niveles de la educación secundaria, y es sin duda el mayor modelo literario que tiene la escuela a nivel nacional.
Ribeyro parece transparentarse en el protagonista, Armando, un escritor que busca posibles finales para dar la solución a un cuento que está escribiendo, concentrado absolutamente en la escritura del relato «La solución»:
Largo rato estuvo revisando su manuscrito, tarjando, añadiendo, corrigiendo. (1994: 624).
En realidad el propio Ribeyro siempre demostró ser muy cuidadoso con sus textos, y los revisaba cuidadosamente una y otra vez hasta quedar más o menos satisfecho del resultado. En los meses previos a la edición del tercer tomo de La palabra del mudo en Milla Batres (1977) señala en su diario:
Con un ímpetu completamente en contradicción con mi estado de salud y hasta contra la circunstancia mantenida –corte de corriente, compra de dos velas para seguir escribiendo– prosigo corrigiendo los cuentos para el tercer tomo de La palabra del mudo (1995: 100).
Y el 7 de mayo lo daba por concluido y anota: “enviado el manuscrito” (1995: 112). El libro estaba anunciado desde agosto de 1975 en que recibe una carta del editor urgiéndole por los textos, y Ribeyro protesta: “lo que me obligará a concluir rápidamente otros relatos comenzados y dejar sin pulimento los ya listos” (1995: 47). En efecto, Ribeyro luchaba “empecinadamente” (1995: 52) para escribir, corregir y revisar los cuentos que formarían parte de esa colección en la que encontramos la pluralización de “haber” igual que en los demás. La edición del libro se retrasó por problemas del editor y recién en enero de 1978 Ribeyro recibe en París algunos ejemplares impresos. Con notable desasosiego encuentra diversas erratas (1995: 195), que procurará corregir en las siguientes ediciones.
Respecto a la pluralización de haber, en oraciones consideradas “impersonales” o “unipersonales”, que es más común en el pretérito imperfecto: “habían libros”, puede considerarse un rasgo morfosintáctico general del español peruano, que también se emplea en varios otros países hispánicos. Igualmente es general el “queísmo”, es decir, el empleo de la conjunción sin la preposición “de” en completivas dependientes de verbos o locuciones que la exigen: “date cuenta que te espero”. Se trata, en los dos casos, de desviaciones gramaticales con respecto a la norma general, la misma que está descrita en el Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española (1996), pero de manera menos tajante y más comprensiva en la Nueva Gramática de la Lengua Española (2009-2011).
Por lo pronto, no hay duda de que Ribeyro usaba normalmente tanto el queísmo como el plural en las oraciones impersonales. En su diario personal anota:
En nuestra playa habían de pronto dos o tres niños que tenían un balde de plástico con un barquito en bajorrelieve exacto al de nuestro hijo. Al final, no se sabía cuál era de cuál (1995: 134).
Igual en los cuentos. En Tres historias sublevantes (1964), leemos: “En la hacienda del patrón habían doce puntas de carneros con sus doce pastores y sus doce corrales.” (39).
La pluralización del verbo “haber” es general en Perú y esa opinión ya la ofreció Rocío Caravedo al estudiar la norma culta peruana:
Las formas impersonales no presentes del verbo haber resultan casi categóricamente flexionadas en número concordando con el objeto verbal: habían personas, hubieron casos, habrían oportunidades, etc., en el habla de la costa de hablantes escolarizados, e incluso éstos llegan a corregir los casos en que se presenta la forma correcta en su propio discurso o en el de los demás, lo que revela hasta qué punto el sistema valorativo de esos hablantes no es coherente con las normas prescriptivas. (1996: 166).
En realidad el español peruano consiente la pluralización y el queísmo como formas usuales. Aparte de algunos descuidos e interferencias producto de una larga experiencia en el extranjero, Ribeyro es extremadamente cuidadoso con el lenguaje; más aún, parece ser uno de los escritores más influyentes en la norma escolar peruana. Pero lo que parece evidente es que no se atiene a la norma académica peninsular, que fundamentalmente desconoce, sino a la norma culta peruana, que es la suya y que a la vez refuerza, por cuanto y de manera más que privilegiada la representa.

[1] El propio Krystal ha reflexionado sobre aspectos de la narrativa de nuestro cuentista en “El narrador en la obra de Julio Ramón Ribeyro”. Revista de Crítica Literaria Latinoamericana 10/20 (1984): 155-169.

*Extracto de un trabajo publicado en la revista Antípodas. Journal of Hispanic and Galician Studies, 23 (Rosas y Gallinazos. Antípodas Monographs), Sidney, 2012, pp 175-184

Bibliografía
Alonso, Dámaso.
(1956). “Defensa de la lengua castellana”, en Memorias del II Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua, Madrid, Comisión Permanente de las Academias de la Lengua, pp. 33-48; también en Del siglo de Oro al siglo de las siglas. Madrid, Gredos, 1962, págs. 237-260.
(1963). “Para evitar la diversificación de nuestra lengua”, Arbor, LV, vol 211-212, págs. 7-19.
(1989). “Unidad y defensa del idioma”, en Obras completas, vol. IX, Madrid, Gredos, págs. 667-675.

Caravedo, Rocío.
(1989). El español de Lima. Materiales para el estudio del habla culta. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú.
(1996). “Perú” en Manuel Alvar (dir.), Manual de dialectología hispánica. El español de América. Barcelona, Ariel, pp. 152-168.

Denegri, Aurelio.
(2011). Lexicografía. Lima, Editorial San Marcos.

Lope Blanch, Juan María.
(1991). “Dámaso Alonso y el futuro del español”, Anuario de Letras, 29, pp. 279-291.

Ribeyro, Julio Ramón.
 (1964). Tres historias sublevantes. Lima, Juan Mejía Baca.
 (1995). La tentación del fracaso. Diario personal. III (1975-1978). Lima, Jaime Campodónico.

 (2009). Las respuestas del mudo. Selección, prólogo y notas de Jorge Coaguila. Segunda edición. Lima, Tierra Nueva.