17 de enero de 2014

Richard Spruce y el algodón piurano



                Richard Spruce (1817-1893) fue un notable botánico inglés que fue comisionado para estudiar las posibilidades y características del cultivo del algodón en los valles de Piura de febrero a junio de 1863. Se le menciona habitualmente por haber registrado un pequeño vocabulario del idioma que se habló en Sechura, apenas unas pocas palabas escuchadas de una anciana cuando ya la lengua estaba prácticamente extinta. Recoge también una colección de fósiles, se interesa por las antigüedades peruanas y escribe unos valiosos apuntes sobre los cultivos y las plantas silvestres de los valles norteños.¨[1]
                 Pero a Spruce lo que le interesaba realmente no era el algodón ni los fósiles ni la tumba de Atahualpa ni las lenguas amerindias, sino las flores, los líquenes y las plantas de todo tipo y de hecho sus notas constituyen la base de los estudios botánicos de la Amazonía. Llegó a clasificar 30 mil especies botánicas, cuyas muestras se conservan en el Jardín Botánico de Londres. Escribe su informe de Piura por encargo, y sus notas sobre la yuca de monte o sobre la orchilla van de contrabando. Los ingleses utilizaron su superioridad científica para propósitos menos honorables, y de hecho la comisión de Spruce tenía como último propósito indagar si el algodón peruano podía hacer verdadera competencia al algodón egipcio, en manos de inversionistas ingleses que lograrían, en 1882, que el país entero quedara bajo el poder (ellos decían “protectorado” ) del insaciable Imperio Británico.

              
  Británicos eran igualmente los que implantaron explotaciones de algodón a gran escala en Piura, aunque ya desde tiempos inmemoriales el algodón nativo se había cultivado libremente en las vegas de los ríos y se vendía el pabilo para colchas, bujías y velas en el mercado de Loja a un real la libra. El tejido de tocuyo se vendía a un real la vara.
De hecho, uno de los obstáculos que encontraba Spruce es que los indios y especialmente los mulatos no querían trabajar en las haciendas por más que les ofreciesen chacras para su propio uso. Querían vivir en las ciudades y buscar empleos de sastres, zapateros, herreros o albañiles. Piura se modernizaba.
Con la guerra civil americana los precios del algodón estaban por las nubes y los cultivos absorbían todo el capital y la mano de obra disponibles en la provincia. Las exportaciones en 1852 alcanzaron sumas considerables: unos 22 mil quintales, según Alexander Blacker, vicecónsul inglés en Paita, pero luego disminuyeron a entre seis y ocho mil quintales. El problema no era el costo de las explotaciones, que para Spruce probablemente estaban por debajo de cualquier otra parte del mundo.
 "The trouble and expense of keeping the plantation in order are probably less than in any other part of the world" (73).
Aunque los piuranos preferían trabajar para sí y no tener patrón, por lo general la falta de trabajadores no era el problema. Con el algodón se impone en Piura el trabajo infantil a gran escala y los ingleses G. Garland y W. Stirling en Amotape y en Tangarará pagan a los niños en la cosecha un real por arroba de algodón, y en una jornada de trabajo podían ganar la miseria de ocho o nueve reales luego de un durísimo trabajo. El beneficio que reportaba era considerable porque para mil quintales, valorados en unos 65 mil dólares se estimaba un gasto total de 20 mil, con lo que se obtenía “a wide margin” de utilidades (79). Los niños siempre habían ayudado en las tareas del campo, por ejemplo, sacando las chirimachas de los cultivos pero no para las labores más pesadas. Pero los ingleses no tenían escrúpulos si se trataba de amasar fortunas.
Garland se asocia con Pedro Arrese y negocia con Mr. Alfred Duvall la compra de maquinaria en Estados Unidos. Las haciendas necesitan ahora mayores sistemas de irrigación y bombean el agua desde el río o del subsuelo con bombas de 25 caballos de potencia (quemaban toda la madera de algarrobo que encontraban). Duvall presenta un entusiasta memorial a la asociación de productores de algodón en Baltimore, en 1861, recomendando el norte del Perú como lugar favorable a las inversiones del capital inglés y norteamericano. Spruce se muestra cauteloso y no le da tanta importancia: el valle del Chira es de alguna manera un Egipto en miniatura, pero no hay una inundación periódica de su pequeño Nilo que deposite un aluvión fertilizante” (72).
El mayor obstáculo era que aquí la planta  se encontraba en su espacio nativo y requería de más tiempo para producir, pues se exponía más a las plagas autóctonas, ausentes en África o en Arizona. En efecto, la producción iría decayendo por un mal manejo de la planta y la falta de nutrientes (50). Describe Spruce igualmente las variedades nativas y constata que el peruano y el egipcio producen "the largest crop of cotton" (57). Pero el intervalo entre la siembra y la cosecha es aquí más prolongado (236 días frente a los 137 días que requiere el egipcio). Una de las plagas más dañinas era ya entonces un gusano conocido con el nombre de “ensartado” o “arrebiatado”. Spruce siempre hace mención de los nombres locales de las cosas dando además razón de las cosas, con atinadas observaciones científicas, que son hoy lo más resaltable de su obra (42-43).
Duvall se habría dejado llevar por su entusiasmo, y su discurso ofrecía: “a little exaggeration of the advantages and lessening of the difficulties”, dirá Spruce (53). El problema era también por lo que se había encarecido demasiado el transporte. El algodón seguía cotizándose entre 22 y 26 dólares la libra y en tal caso podía ser “profitably cultivated on the Chira”, pero con precios inferiores dejaba de resultar competitivo frente a la mayor cercanía del algodón egipcio. Los ingleses no tenían de qué preocuparse.
Las compañías comerciales inglesas ya se habían apoderado igualmente del mercado sudamericano con la consiguiente ruina de las viejas industrias virreinales. El propio general Miller al entrar en Cuzco había expresado sin paliativos que las manufacturas inglesas estaban llamadas a dominar las ricas ciudades del Perú, las que se sumirían luego en el colapso económico y la ruina social. Los barcos ingleses traían telas, máquinas, jabón, telas, mentas, sombreros de fieltro y zapatos, toda clase de manufacturas, y de vuelta se llevaban a Inglaterra los barcos llenos de guano, y también lanas, plata, cobre, fierro y cueros. Markham había llevado la chinchona a la India y su éxito le había valido el título de Sir. Paita estaba lleno de barcos balleneros ingleses y algunos bostonianos. El algodón podía ser también un gran producto de exportación, siempre que -como hoy- un conflicto encareciera su valor.
Piura entraba de lleno en la modernidad de la mano de los ingleses con la explotación infantil del campo y la destrucción de sus espesos bosques de algarrobo como señales inequívocas de progreso. Luego vendrá el ferrocarril y se irán los sombreros, el caucho, el querosene y el petróleo. A Spruce parece que no le preocupaba mucho y ni siquiera se molestó en publicar su vocabulario sechura. Lo dio a conocer  el alemán Otto von Buchwald en 1922: lagartija: “lutal”, pescado: “xuma”, ojo: “uchi”… [2] Era importante porque permitía corroborar la autenticidad del vocabulario Sechura registrado cien años antes por el obispo Martínez Compañón, pero era igualmente un descubrimiento tal vez demasiado exiguo, no tan valioso como sus plantas y sus semillas, ni siquiera demasiado esclarecedor para resolver el origen y el significado de la toponimia regional.





[1] Notes on the valleys of Piura and Chira, in northern Peru, and on the cultivation of cotton therein, Londres, G.E. Eyre y W. Spottiswoode, 1864.

[2] “Migraciones Sud-Americanas”, Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, 1, 1918, pp. 227-236. Paul Rivet lo incluyó en su artículo “Las langues de l’ancienne diocèse de Trujillo”, Journal de la Société de Americanistes, París, 38, pp. 1-51. de 1949, pp. 6-9. Ver también Carlos Robles, Historia de Piura. Piura, Concejo Provincial de Piura, 1973, p. 2.

Se publicó en el suplemento Semana del diario "El Tiempo" de Piura el 29 de diciembre de 2013, pp. 14-15.


25 de octubre de 2013

Limón sutil o ceutí


Los cítricos proceden todos del lejano Oriente y llegaron a Europa en la época de las Cruzadas aunque solo las mandarinas hacen referencia en la huella de su nombre a ese origen tan distante. De la ciudad de Tánger tomó su nombre la tangerina. Los nombres del naranjo y la lima viajaron con la fruta desde el sánscrito al persa y de ahí al árabe antes de difundirse en las lenguas occidentales. En castellano a la lima se le sumó el limón, forma aumentativa que luego tomó prestada el inglés.
En Perú llamamos limón sutil a una variedad cuyo nombre verdadero era limón ceutí y en México se denomina generalmente limón verde. Su sabor no tiene nada de sutileza y más bien ostenta el grado de acidez más alto de su género, y la razón por la que se le llama de esa manera no es otra que el error: no es sutíl  sino ceutí.
La llegada de los limones al Perú difundió el nombre verdadero, como lo muestra el testimonio del padre jesuita Bernabé Cobo, por ejemplo cuando compara la cáscara de la palta, y dice que es "delgada, tierna y correosa más que la del limón ceutí", y más tarde cuando habla de estas frutas:
"Cuando yo entré en Lima no había en ella ni en todo este reino limones dulces, pero ya los hay de veinte años a esta parte, así de los grandes, llamados limones reales, como limones ceutíes; y cada día va creciendo su abundancia". [1]
De paso que el padre Cobo está dando testimonio de que ya por entonces se usaba otra el término de "limones dulces" a los limones amarillos.
Pero con el tiempo y por error se le cambió el nombre al ya tan peruanísimo limón, cuando la lejanía hacía difícil comprender el sentido del gentilicio. Y se le dio un adjetivo descriptivo que despista al más desprevenido.
Así pues, se le llamaba limón ceutí en referencia a la ciudad de Ceuta, posesión española desde los tiempos de los cruzados, pero enclavada en el extremo septentrional del continente africano. Se trata de una etimología popular, por supuesto, que atribuye al adjetivo una característica que no existe en el limón, pero que de cualquier modo da un aire prestigioso a la denominación.
La equivocación se produce asimismo por paronomasia, es decir, por el parecido fonético de las dos palabras. Aunque en cualquier caso se debe entender por la evolución del contexto histórico: el adjetivo resultaba sin duda más familiar y reconocible que ese exótico y ya lejano gentilicio, que se presenta además con ese extravagante sufijo, por cierto, de claro origen semítico: ceutí, israelí, marroquí, bengalí..., usado en referencia a muy pocos topónimos peninsulares (a lo de Marbella se le dice marbellí), pero que no ha tenido ningún empleo en el ámbito hispanoamericano.

[1] Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo, publicada por primera vez con notas y otras ilustraciones de D. Marcos Jiménez de la Espada, Sevilla, Sociedad de Bibliógrafos Andaluces, 1891, tomo II, pp. 19 y 398.
Se ha publicado también en el blog Castellano actual.