15 de marzo de 2012

Sobre voces y etimologías del mundo andino


Jacobo von Tschudi señalaba, en referencia al Diccionario de Mariano Paz Soldán (1877), que los ríos de la costa norte tenían nombres “que corresponden principalmente a la lengua yunga o mochica”, por lo que advertía de la imprudencia de derivarlos forzosamente del quechua (2004: 249). Tal vez el nombre de Piura se formase por metátesis de “pirhua”, que en quechua significa ‘almacén’, ‘troje’, ‘silo’, pero no es del todo seguro. La escasez de información y el complejo panorama lingüístico de la zona siguen dificultando hoy en día el establecimiento seguro no sólo de la interpretación de los términos sino incluso su adscripción a alguna de esas lenguas perdidas (mochica, sec, tallán, culle).
El propio Tschudi omitió prudentemente hacer ninguna hipótesis aventurada. Por otro lado, esos obstáculos propician la aparición de etimologías legendarias y toda suerte de fábulas de eruditos aficionados, en lo que podríamos llamar “lingüística-ficción”.
En la costa norteña, en efecto no faltan las interpretaciones más imaginativas y fantasiosas de los nombres de populosas localidades como Morropón, Chulucanas o Talara. Se dice que desde el morro del cerro se escuchó el “pon” de un trueno o que llegó un cholo de pelo blanco o “cano” a cierto lugar, o que se fueron a “talar” el bosque “por allá” y cosas así que no pasan de ser amigables fábulas
para escolares. Y es que todos queremos saber por qué nos llamamos así y no de
otra manera, cuando al final las palabras y los nombres funcionan gracias a la
pura arbitrariedad.
A inicios del siglo XX la toponimia era una ciencia muy popular. Un listado de topónimos de Tumbes y Piura había publicado Gastón Ramírez en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima (1904), agrupando las localidades por distritos, y bien pudo haber servido de aliciente para un artificio de semejante naturaleza. También Germán Leguía y Martínez había emprendido su extenso Diccionario geográfico, histórico y estadístico (1914) del departamento con muchas noticias de toponimia y de antigüedades locales.
Max Uhle (1856 - 1944) daba a conocer la grandeza y la antigüedad del complejo chavín de Huántar y no faltan desde entonces las especulaciones respecto de cuál habría sido el idioma de sus pobladores, asunto todavía no resuelto por cierto. José Sebastián Barranca (1830-1909), discípulo de Tschudo, había difundido diversos trabajos sobre el aimara y el origen de las lenguas americanas y numerosas etimologías o raíces kichuas, y postumamente, un ensayo de toponimia también en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, en 1922, “para servir al estudio de este idioma y de otras lenguas autóctonas afines”. De su enredado trabajo solo se pueden sacar algunas conjeturas y muchas precauciones.
Efectivamente es la época en que se discute vivamente cuál de las lenguas andinas sería la más antigua y origen presuntamente de todas las demás. Claro que esto reflejaba algo tardíamente los debates científicos que se habían generado en Europa en torno a la posición del sánscrito, la antigüedad del vasco o las características del indoeuropeo. José de la Riva Agüero, por ejemplo, postulaba que el cauqui de Yauyos debía ser la lengua que habría dado origen al quechua y el aimara y, por lo tanto, la más antigua. Cisneros sospechaba ya en 1954 que eran puras especulaciones.
En este contexto se sitúa una presunta relación de vocablos tallanes con supuestas significaciones “tomadas de la tradición” difundidas por Carlos Robles en 1976 y publicadas seis años después por el cataquense Jacobo Cruz Villegas, que han tenido cierto eco en la vida local, e incluso en la onomástica comercial. No se trata de un léxico al uso, sino de interpretaciones toponímicas y patronímicas, que se atribuyen a Manuel Yarlequé Espinoza (1848-1923), un connotado abogado
sanmarquino, periodista y diputado del partido Constitucionalista del Mariscal Cáceres. Según esta presunta “tradición”, el nombre de Catacaos significa “llano grande y exuberante”, y Narihualá sería “ojo grande que avizora la lejanía”. Por supuesto toda esta serie de etimologías no tienen mayor fundamento científico, pero están difundidas por todas partes.
Mucho más serio y conocido es el trabajo de Max Espinoza Galarza (1900-1984), Toponimia quechua del Perú, que recoge además mucha información relativa a costumbres y tradiciones pero que, junto a análisis atinados de topónimos quechuas en sí transparentes, comete muchos errores y además trata de hacer lo que von Tschudi denunciaba, que es interpretar desde el quechua topónimos mochicas, tallanes, etc., como Collique (que no vendría de culqui, ‘plata’, sino -digo yo- del mochica kolyek, ‘pozo’), o Paita.
Rodolfo Cerrón-Palomino (Huancayo, 1940) es tal vez hoy el lingüista peruano más importante y reconocido a nivel internacional. Con una maestría en Cornell (1969) y dos doctorados en San Marcos (1973) y en Illinois (1976), es docente principal en la Pontificia Universidad Católica de Perú y vicepresidente de la Academia Peruana de la Lengua. En su magnífico estudio Voces del Ande. Ensayos sobre onomástica andina (2009), Cerrón-Palomino ha revivido el pasado andino, a través de la etimología, esa antigua ciencia de “discretos y juiciosos” en la que “conviene ir con tiento”, como reza la frase de Bernardo de Aldrete del epígrafe.
El profesor Cerrón posee los instrumentos y saberes necesarios, pues cuenta con una buena formación en teoría lingüística y en historia de la lengua española y especialmente un conocimiento profundo y detallado de las lenguas quechua, aimara y mochica, con las que alcanza una culminación y una síntesis de años de estudio y reflexión, y el análisis cuidadoso de vocabularios, gramáticas, crónicas y documentos del mundo andino, además de datos procedentes de la etnografía, la arqueología y la antropología andinas, para elaborar, como señala José Antonio Salas, “un trabajo detectivesco que deslumbra y a la vez destruye viejas creencias lamentablemente muy difundidas, por esa etimología de aficionado llena de interpretaciones fantasiosas”.
Su trabajo se asienta sobre cuatro principios básicos: “la naturaleza poliglósica de la onomástica andina, en cuya creación–señala Cerrón– intervinieron muchas lenguas, de las cuales el aimara y el quechua son apenas las que sobrevivieron; la falacia del «quechuismo primitivo» del antiguo Perú y la veracidad de la tesis del aimarismo pre-quecha del mundo andino; la falacia del origen cuzqueño del quechua y la verdad del aimarismo en los incas históricos”. Y luego de explicar el origen de términos culturales como “jora”, “chirimoya”, “hanan” y “hurin” (que en realidad fue “lurin” o “rurin”), y con valiosos comentarios de las etimologías que traen el Inca Garcilaso o el padre Murúa (por ejemplo, de “apacheta”), Cerrón descifra algunos topónimos (Canta, Huarochirí) y explica los sufijos arcaicos de otros (Ancash, Huamanga).
Ofrece un espléndido estudio sobre el origen del nombre del Cusco. Si ya Carrión Ordóñez denunció con razones fundadas el caprichoso cambio ortográfico operado en los años ochenta (pues en verdad tenían razón en escribir Cuzco con zeta), ahora Cerrón descubre el secreto de la etimología de “Cuzco”, que significa: “la piedra donde se posó la lechuza”. Lo de “ombligo del mundo” se lo inventó Garcilaso copiándose de la capital de la Utopía de Tomás Moro. Prosigue con “Ollantay”, para el que también encuentra un origen aimara [*ulla-nta-wi] ‘lugar desde donde se ve de arriba hacia abajo’, por lo que pasó de topónimo a antropónimo y no al revés, para terminar la serie con un estudio dedicado a Lima, topónimo para el que se postula el étimo quechua aimarizado *limaq ‘el que habla’, entendiendo que fue “oráculo antes que río hablador”.
En una tradición “hasta ahora llena de mitos y distorsiones”, la lingüística y la filología peruanas irrumpen con el trabajo de Cerrón-Palomino en el develamiento del pasado andino” y la etimología, por fin, ilumina espacios hasta ahora opacos de especial interés a investigadores de la arqueología y la etnohistoria de los Andes. En la costa norteña el camino se vuelve infructuoso y tal vez sea impracticable porque ni siquiera contamos con vocabularios de esas lenguas extintas con las que los antiguos pusieron nombres a los ríos y a las casas.

27 de enero de 2012

¿Con valor agregado?

El presidente Humala dijo hace unos días que los niños son “la mejor materia prima del país”, y claro que tiene razón: nuestros niños valen infinitamente más que todo el oro y la plata y el cobre del Perú; pero de todos modos –por más que habla en sentido figurado–, sorprende un poco la analogía. Las metáforas productivas pueden generar el espejismo de que quepa aplicar a los “profesionales de la educación” criterios de eficiencia tomados de la ingeniería industrial. No se puede, por más que los técnicos insistan.

Sin embargo, hace unos meses el jefe de un programa de una conocida universidad limeña ofrecía a sus postulantes la perspectiva de convertirse en profesionales “con un alto valor agregado”, y es que la demanda de “actores que intervienen en un mundo económicamente globalizado” hace necesario “ofrecer al mercado profesionales con las herramientas imprescindibles”. Inmersos en un mundo y un lenguaje economicista, solo falta que a los cachimbos los traten de “insumos”, a los profesores nos conviertan en “agentes productivos” o “desarrolladores” y a las academias preuniversitarias, en “industrias extractivas”.

Por más que la educación implique un cierto ejercicio económico y todo sea alegoría, esos términos siempre resultan irritantes: el saber tiene más vínculos con el ser que con el tener, más consistencia en lo cualitativo que en lo cuantitativo, y así en el ámbito de la formación de la persona ese lenguaje económico ofende y preocupa, como que no encaja del todo, porque desconoce la naturaleza de la persona.

Tarde o temprano todos empleamos términos económicos, usuarios o empleados, contribuyentes, compradores o vendedores y los economicismos se ven pujantes con su aureola de importancia y novedad, aunque algunos sean tan viejos como “negocio” o “dinero” (denario era la moneda usual en Roma, donde querían circo y vivir procul negotiis). Se tomaron del árabe andaluz “arancel”, “almacén”, “aduana”, “alcabala”, pero muchos más se inventan ahora o se importan del inglés sin dilación: “know how”, “bróker”, “leasing”... Incluso cuando ya tenemos palabras para el caso, por esnobismo más que por necesidad aparecen “aperturar”, “recepcionar”, o “coberturar”.

Dado el prestigio del mundo comercial y financiero, y la excesiva confianza que se concede a la administración (que es importante pero no la solución a todo), no es extraño que los economicismos invadan nuestros discursos sin dar cuenta a nadie. Son intocables. Los museos se consideran “industrias culturales” y los pacientes se vuelven “usuarios del sistema asistencial”. Unos payasos decían ahora en la tele que eran “ingenieros de la risa”. Ni siquiera la crisis les hace temblar porque ahora más que nunca los “créditos basura” o las “primas de riesgo” (que deben tener muchos primos cerca) están en boca de todos.

Y seguro que por eso también están a sus anchas con nuevos adjuntos: “transacciones políticas”, “déficit de legitimidad”, “márketing electoral”, y todo es poco para el prestigioso y expansivo lenguaje de la soberana Economía. Pero el futuro del país no es solo una cuestión material y la Educación pone en juego algo no se puede cuantificar –lo que vale y lo que cuesta– solo con dinero. Y tampoco expresarse con metáforas desafortunadas o incluso ruines.


Artículo publicado en el diario El Tiempo, martes 29 de noviembre de 2011. La foto pertenece al mecanismo de un aerogenerador y está tomada del blog: http://www.rtve.es/noticias/fotos/tecnologia/cosmos-robots-gadgets-commodore-aviacion/