24 de noviembre de 2009

Encalavernarse


Es sobradamente reconocido que el norte peruano se caracteriza por poseer abundantes peculiaridades léxicas, algunas notables, en especial supervivencias de lenguas preexistentes y buen número de arcaísmos, “voces y acepciones castellanas –decía Martha Hildebrandt– que no se hablan en Lima”, y que suenan “como extrañas a los oídos de un limeño”. Podemos señalar algunas como majar, ramada, dejuro, velay, horcón, aguaitar, alferecía... Bastaría traer a colación el caso de la piuranísima interjección ¡gua!, que Ricardo Palma diera como propia de las limeñas y Ángel Rosenblat la recordara en labios de las ancianas caraqueñas.[1]
También son curiosas las creaciones léxicas, como faltoso por ‘insolente’, manudo por ‘ladrón’, piqueo, algarrobina, matacojudos,[2] majarisco, etc. amén de algún extranjerismo, como el anglicismo faite (de fighter), que da lugar a faitoso ‘enamorador’.[3] Y cambios semánticos diversos, como zarandaja, que se especializa en la designación de una variedad de frijol de pequeño tamaño muy apreciado en Piura.[4]
Sería acaso también un nombre compuesto el piuranismo piajeno, cuya creación es atribuida por el regionalista José Vicente Rázuri –sin ningún fundamento– al mismísimo Ricardo Palma, acusando a “los indígenas” de haberla maltratado al cambiar la e por la a. Rázuri mismo difundió la idea de que el término se componía de pie + ajeno y fue quien presentó por primera vez al piajeno como figura emblemática de la región, lo que Vargas Llosa plasma en La casa verde empleando hasta en diez ocasiones el término para caracterizar la procedencia regional de sus inconquistables. Creemos que el término tendría otro origen y que de ser inicialmente despectivo se tornó en vocablo cariñoso y designación telúrica enfrentada a la “cultura de las máquinas” hasta exaltar en él, como hace Carlos Robles Rázuri ya en los años 80, un “símbolo de Piura” por su trabajo y su amistad.[5]
El léxico norperuano, señalaba Martha Hildebrant en su tesis de 1949, manifiesta una antigua relación con el sur del Ecuador, con el que comparte términos como panela, como se conoce a la chancaca, y una estrecha conexión con México, a través del antiguo comercio con el puerto de Veracruz. De hecho, en Piura no solamente hay galpones y magueyes, sino también zapotes y tabancos, petates, jícaras y achiote en cantidad y un árbol llamado huachapelí que se parece al guachipilín mejicano, así como hay una variedad de burros a los que se les conoce aún como burros campeches, tal vez por provenir de ciudad del Pacífico surmejicano.[6] En el campo de Piura, al guarapo se le dice, también, “jugo de México” y a las pencas del ágave o maguey se les puede decir, simplemente méjicos.
En diversos estudios y repertorios de regionalismos se recoge el piuranismo encalavernarse, verbo que se utiliza todavía con las acepciones 'perderse en el camino, equivocarse de ruta, estar atontado, perdido'.[7]
El término –“estampa parlante de nuestro suelo”, como dice Robles Rázuri– parecería provenir de calavera, o tal vez de caverna.[8] Lo primero no parece tener justificación semántica plausible y lo segundo tropieza con una sílaba musical insalvable. Una mezcla de ambos términos sería ya lingüística-ficción imperdonable. Con todo, Martha Hildebrandt primero[9] y Carlos Robles Rázuri después defendieron el origen cavernícola del término, aunque "ya no se lo toma en el sentido de estar dentro de la caverna, perdido o no, sino extraviado, perdido por motivos materiales o sentimentales". Esteban Puig, con sabia prudencia, nunca estuvo muy convencido de esta teoría,[10] y al parecer tampoco lo estaba Edmundo Arámbulo Palacios, pues tampoco consigna ninguna etimología para el verbo.[11] Proviene en verdad de calavera pero luego de un largo recorrido. Veamos.

Aunque ya es poco usual, lo encontramos con cierta frecuencia en la literatura regional. El ejemplo más antiguo es sacado de Francisco Vegas Seminario en un diálogo de un relato breve:

"Espero combatirlos más adentro, pues si nos derrotan podremos encalavernarnos en las sierras."[12]

No podía proceder de caverna, cosa que al menos en la costa de Piura brilla por su ausencia. Podría entenderse a partir de calaverada ‘acción propia de hombre de poco juicio’ (fíjense en la discriminación que supone que sólo los hombres pueden tener la escasez de juicio), lo necesario para calaveradas como las que hacía, según cuenta Ricardo Palma, el virrey Amat enamorado de Micaela Villegas, la Perricholi:

Calló de hinojos ante las plantas de la huanuqueña, haciendo por ella durante catorce años más calaveradas que un mozalbete, con no poca murmuración de la almidonada aristocracia limeña.[13]

Por supuesto tiene un origen castellano, formada por un procedimiento de parasíntesis muy frecuente: cabrito > encabritarse, pantano > empantanarse, amor > enamorarse, candil > encandilarse, etc., que es especialmente activo en el habla popular hispanoamericana, donde se crean encamotarse (de camote), encañarse (en Cuba) y enchicharse (en Perú ya lo consigna Ricardo Palma en 1903), a imitación de emborracharse, sea de licor de caña o de chicha (igual que el peninsular empiparse), encampanarse (en México, 'entusiasmarse'), encachorrarse (en Colombia, 'obstinarse en algo'), emponcharse y empulgarse (en Argentina, 'ponerse el poncho' y 'llenarse de pulgas). Todavía más, en Piura se registran enchapinarse ('ponerse los zapatos o chapines') y el más frecuente enseñarse ('acostumbrarse'). En definitiva, se trata de un procedimiento muy común en el habla popular. Además es semejante a enfermarse, alegrarse, constiparse, y muchos otros verbos de uso pronominal.
Por un tiempo llegué a imaginar que encalavernarse, debía provenir de cañaveral, aunque la evolución fonética, perfectamente explicable, hiciera oscuro realmente este origen. "Por cañaveral, aclara Juan de Arona, se entiende exclusivamente el de caña de azúcar; el de carrizo es carrizal, el de caña brava, monte."[14] En efecto, un supuesto derivado *encañaver(a)larse, habría podido sufrir una metátesis de consonantes líquidas (trueque esporádico que se produjo, por ejemplo, en miraculum > milagro) y convertirse en *encalaverñarse (trocando lateral alveolar y nasal palatal); a su vez esa ñ hubiera sufrido una asimilación progresiva para adoptar el punto de articulación del sonido precedente con posible resultado en encalavernarse. La abundancia de cañaverales en el norte peruano hacía aparentemente plausible este origen del piuranismo, donde se registra el derivado cañavelero 'persona que vende cañas' en Ugarte y 'jornalero que trabaja en haciendas de caña' en Álvarez Vita. Un derivado sarcástico de caña registra, en un divertido juego de palabras, el autor del Concolorcorvo al mencionar que en la provincia de Andahuaylas, en pleno siglo XVIII:
"parece que los dueños de estas haciendas son personas de poca economía, o que las haciendas, en la realidad, no se costean, porque a los cañaverales llaman engañaverales y a los trapiches trampiches."[15]

También se registra el término en Cuba, isla famosa por cierto por la extensión de sus cañaverales, pero lo registra Alfredo Neves (1973) con b grande: encalabernarse (igual el diccionario de la Editorial Sopena que no hace más que quitar, con la autoría, la marca geográfica que indicó Neves), con significado de 'obstinarse'.
La imaginación popular puede que le haya brindado al piuranismo, junto con la v chica, matices semánticos calavéricos o cavernosos si cabe, por la similitud fonética con estos términos, pero realmente no puede explicarse con satisfacción el origen de encalavernarse por esos derroteros. Tampoco en los cañaverales se encuentra el camino seguro, esto es, el verdadero.
También Ricardo Palma nos pone tras la pista de un origen más plausible para encalavernarse, que no es otro que el verbo, hoy totalmente en desuso, encalabrinar, término derivado del dialectal calabrina, ‘hedor de cadáver’, que ha tenido un uso escaso pero constante en nuestro idioma, especialmente en hablas leonesas y gallegas. El término, dicen Corominas y Pascual, precede en realidad de una contaminación entre cadáver y calavera, que son términos similares en sentido y forma.[16] Es uno de los tantos términos que rescata César Vallejo en el fascinante lenguaje de Trilce (Poema I):
Un poco más de consideración
en cuanto será tarde, temprano,
y se aquilatará mejor
el guano, la simple calabrina tesórea
que brinda sin querer,
en el insular corazón,
salobre alcatraz, a cada hialóidea
grupada.[17]

El verbo encalabrinar tenía cinco acepciones: ‘Llenar la cabeza de un vapor o hálito que la turbe’, ‘hacer concebir a alguien falsas esperanzas’, ‘excitar, irritar’, y en forma pronominal, ‘enamorarse perdidamente’ y, familiarmente, ‘obstinarse’. Con la primitiva acepción (la que recoge el Tesoro de Covarrubias) aparece en el capítulo X la segunda parte del Quijote, en que Sancho se las ingenia para encantar a la señora Dulcinea y don Quijote se muestra tenazmente cuerdo:

Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea, según tú dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma.[18]

En otra de sus Tradiciones peruanas Ricardo Palma registra el arcaísmo con la cuarta de las acepciones:

Por entonces hallábase su señoría encalabrinado con una muchacha potosina; pero ella, que no quería dares ni tomares con el hombre de la ley, lo había muy cortésmente despedido. [19]

Es el mismo significado que muestra el piuranismo, como lo testimonia Robles Rázuri en su artículo lexicográfico, publicado en El Tiempo de Piura el 2 de agosto de 1982:

Francisco está tan encalavernado con la Purísima que no tiene cuándo llegar a su casa.[20]

Esta voz “patentito como la usan los criollos piuranos”, se usa asociada al enamoramiento como a la borrachera: “Tomó tanto que acabó encalavernado” es el ejemplo ilustra el padre Esteban Puig. “Estaba bien mareadito el pobre Chalule, por eso se encalavernó” ilustra, por su parte, César Arrunátegui.[21] También adquiere un matiz inmaterial, como ocurre en el relato que escriben Burneo y Guerrero:

Cuando uno llega a viejo, aparte que se te vienen encima todos los dolores del mundo, siempre termina uno encalavernado con sus recuerdos.[22]

Encalabrinarse y encalavernarse comparten, al menos, una acepción: ‘enamorarse’ (en Cuba otra: ‘obstinarse’). Fácilmente pudo deslizarse a las significaciones de ‘perderse’ o ‘confundirse’ en el monte o en cualquier otro ámbito. Fonéticamente son casi idénticos, y sería comprensible que la sílaba protónica se hubiera visto afectada de la analogía con entreverarse, enfermarse, etc., lo que haría más plausible este origen al término, en un espacio dialectal además caracterizado por la notable presencia de arcaísmos.

NOTAS:
[1] En Buenas y malas palabras en el castellano de Venezuela, Caracas, Mediterráneo, 1969, pág. 436-437.
[2] Es el nombre común de la Kigelia Africana, árbol ornamental de mediana altura y frutos duros y pesados. Es una especie introducida desde Norteamérica que se ha aclimatado perfectamente a los parques de la costa.
[3] Lo registra Edmundo Arámbulo Palacios en su Diccionario de piuranismos. Piura, Municipalidad Provincial de Piura, 1995, pág. 107. Lo había registrado también Pedro Benvenutto Murrieta (1932) en la replana limeña, citando a José Gálvez en Quince plazuelas, una alameda y un callejón, (2ª ed.) Lima, Fondo del Libro del Banco Industrial del Perú, 1983, págs. 284-285.
[4] Esteban Puig lo registra como sarandaja, Diccionario folclórico piurano, Piura, Universidad de Piura, 1995, pág. 200. En Taita Yoveraqué se puede leer: “Y nada de hartarse de camotes, zarandajas o yucas”, (Lima, Mejía Baca, 1959, pág. 78).
[5] Ver nuestro artículo sobre
piajeno.
[6] Ver nuestro artículo sobre burro campeche.
[7] El término no es recogido por los repertorios de peruanismos de Juan Álvarez Vita (Diccionario de peruanismos, Lima, Studium, 1990) ni de Miguel A. Ugarte Chamorro (Vocabulario de peruanismos, Lima, Universidad de San Marcos, 1997).
[8] En artículo publicado en el diario El Tiempo de Piura el 2 de agosto de 1982, bajo el título “Encalavernarse” en la serie “La lengua de los piuranos” que Robles Rázuri publicaba casi semanalmente.
[9] "El español en Piura", en Letras. Revista de la Universidad de San Marcos, n° 43, 1949, págs. 256-272 (cito pág. 259). Ver nuestra
bibliografía regional.
[10] Diccionario folclórico piurano, pág. 99.
[11] Diccionario de piuranismos, pág. 98.
[12] Francisco Vegas Seminario, “El primogénito de los Godos”, en Chicha, sol y sangre. Cuentos peruanos. París, Desclée de Brouwer, 1946, págs. 45-60. Cita en pág. 54. En cursiva en el original.
[13] Ricardo Palma “Genialidades de la Perricholi”, en Tradiciones Peruanas Completas, Madrid, Aguilar, 1968, pág. 617.
[14] Diccionario de Peruanismos, pág. 120.
[15] Alonso Carrió de la Vandera, Lazarillo de ciegos caminantes o Concolorcorvo, Ed. Emilio Carilla, Barcelona, Labor, 1973, pág. 403.
[16] Joan Corominas, J. A. Pascual, Diccionario Crítico Etimológico Castellano e Hispánico, Madrid, Gredos, 1980, vol. II, pág. 758.
[17] César Vallejo, Poemas completos. Edición de Ricardo González Vigil, Lima, Petroperú–Ediciones Copé, 1998, pág. 165. También en
Educared Perú.
[18] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Madrid, Real Academia Española, 2005, pág. 622.
[19] Ricardo Palma, “Don Dimas de la Tijereta”, en Tradiciones Peruanas Completas, pág. 123.
[20] Fue un artículo periodístico publicado en El Tiempo de Piura el 2 de agosto de 1982 titulado justamente “Encalavernarse”, y constituye el número 35 dentro de la colección de trabajos que publicó ese diario en los años 82 y 83 en su columna: “La lengua de los piuranos”.
[21] Diccionario costumbrista sechurano. Sechura, 1996, pág. 14.
[22] Sigfrido Burneo y Houdini Guerrero, “La loma de doña Pasita”, en Gente del país, Piura, Sietevientos, 2006, págs. 103-106. La cita está en pág. 103.

Una primera versión de este artículo se publicó en el diario Correo de Piura, el 1 de octubre de 2005. Ampliado y corregido notablemente se presentó como ponencia en el V Coloquio de Lexicología y Lexicografía organizado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima), el 11 y 12 de octubre de 2006. Aquí nuevamente se ha revisado con algunas correcciones.

Fundo, parcela y yucún


“En la costa norte (Tumbes y Piura) –decía Benvenutto Murrieta en 1936– aunque se nota la presencia de algunos quechuismos, no están en número muy crecido. En cambio corren muchos vocablos de etimología desconocida y que parece provinieran de los antiguos dialectos regionales” (1936: 93).[1] En el dejo piurano encontramos términos como jañape (pequeño lagarto nocturno), pacazo (iguana), que parecen indigenismos tallanes y nombres acaso onomatopéyicos de pájaros como güerequeque (a veces escrito huerequeque), chilalo (pájaro hornero), chiroque, choqueco...[2] Algunos quechuismos son de reciente aparición en la costa norte, como chancar, que ha desplazado al arcaísmo majar.
En la sierra es común chacra, pero en la costa es sustituido por fundo (usual en el Caribe, Chile y en Asturias), muy frecuente en la literatura regional. Leemos, por ejemplo, que se habla de “un fundo de cuarenta varas de tierra”, en Taita Yoveraqué de Vegas Seminario.[3] Entre los términos hacienda, fundo y parcela parece haberse creado una distinción gradual basada simplemente en el tamaño, como se comprueba en estos ejemplos:
“Entre 1884 y 1908, Manuel Feijóo crea la hacienda Cumbibira, en base a la compra de 34 pequeños fundos.”
“A fines del XIX y primeros años del XX, encontramos en el valle muchos fundos medianos al lado de las numerosas pequeñas parcelas ocupadas por los indígenas.”[4]

Como resultado tenemos que las explotaciones agrícolas mayores reciben el nombre de hacienda, mientras que las más pequeñas (equivalentes a chacras) se denominan parcelas, y las de tamaño mediano son simplemente fundos. Así se comprueba que una lengua, en cualquier instancia en que se considere, muestra siempre ese impulso que señalaba Amado Alonso de constituir más que un sistema, un ideal de sistema que en realidad no se termina de completar nunca.
Una palabra de origen desconocido es yucún, y ese es el nombre que recibe el polvo finísimo que levantan los vientos y se acumula en los caminos. “Estás respirando puro yucún”, dice un personaje de Ángel Hoyos Calderón en el relato “La ciudad, la arena”.[5] Tiene ya un derivado castellano: “Los muñones murmuraron entre sí y yo continué riéndome a mandíbula batiente, mientras mi mula, briosa, manoteaba furiosa tierra, levantando polvareda en el yucunal”.[6]
Si el origen no es tallán, pudieran ser derivados de yuca, dado que en los desiertos de Piura crecen de manera silvestre unas raíces tuberosas que llaman yuca de monte o yuca de caballo. Crecen en la arena, pero no se explica muy bien la forma en que el terreno de yucas habría adoptado esa derivación. El término registrado en el Diccionario para la chacra o parcela dedicada a las yucas es el yucal.

NOTAS:
[1] Pedro Benvenutto Murrieta, El lenguaje peruano, Lima, Imprenta Sanmartí, 1936, p. 93.
[2] Josefina Ramos de Cox elaboró una suerte de vocabulario, donde recopila los vocabularios tallanes documentados (los de Baltasar Jaime Martínez Compañon y Paul Rivet) junto con indigenismos incorporados al español regional y un buen número de topónimos y antropónimos locales (“Tallán", en Mercurio Peruano, 369, 1958, pp. 18-34). Ver también Alfredo Torero “Deslindes lingüísticos en la costa norte peruana”, Revista Andina, 8, 1986, pp. 523-548; y Rodolfo Cerrón-Palomino, “Las lenguas tallanes”, en Carlos Arrizabalaga (editor), Coloquios de lingüística, Piura, Universidad de Piura, 2005, pp. 1-33.
[3] Lima, Juan Mejía Baca, 1956, p. 17.
[4] Alejandro Diez Hurtado, Las comunidades indígenas del bajo Piura. Catacaos y Sechura. Siglo XIX. Piura, CIPCA, 1992, pp. 44 y 45.
[5] Incluido en Espectador invisible, Piura, Pluma Libre, 2007, pp. 13-20 (cito p. 16).
[6] Víctor Borrero, “El resplandor al final de la calle”, en Mario Palomino (editor), Los doce. Sullana, Panorama, 2007, págs. 90-96 (cito p. 90).

Sobre el tema de las armas y las letras en el Quijote


La posición típica del Renacimiento valora en un plano armónico de igualdad las armas y las letras, el equilibrio entre el coraje militar y la sabiduría intelectual. Lo personifican Garcilaso de la Vega y Fancisco de Aldana (al que Cervantes llama "el Divino"): poetas y soldados ambos, o el propio Carlos V, que tuvo como tutor a Adriano de Utrech. En 1925 Américo Castro consideraba a Cervantes como el epílogo de esta corriente armónica, aunque la cuestión no quedaba del todo resuelta. "Cervantes puso moral e intelectualmente en su sitio a las Armas y a las Letras", dijo Américo Castro cuarenta años después. ¿En qué sitio las puso realmente?

Guillermo Díaz Plaja verá en Cervantes precisamente la crisis del arquetipo, cuando triunfa el intelectual y pierde toda estima el soldado, como se caricaturiza en el entremés La guarda cuidadosa: la moza escoge entre sus pretendientes al sacristán y no al valiente soldado:
"Ya no se estima el valor
porque se estima el dinero
pues un sacristán prefieren
a un roto soldado lego."

Eugenio Asensio hizo notar que el debate dramático entre dos pretendientes rivales que alaban los méritos de sus respectivos oficios era muy común en Italia y particularmente en Siena, ciudad que Cervantes conoció de joven, acompañando al cardenal Aquaviva. Es muy similar al caso que presenta el poema medieval conocido como "Disputa de Elena y María", aunque quizás no haya que remontarse tan lejos. Ya no hay armonía entre armas y letras. "La clave es esta –dice Díaz Plaja en El espíritu del Barroco–: la fusión de las letras y de las armas es válidad mientras un programa de grandezas hermana las plumas y las espadas, la acción y la reflexión. Cuando la furia militar no alcanza el logro prometido, la mente se retrae calculadora y avisada; y si el fracaso sobreviene, se evade hacia la lamentación o el pesimismo. Las letras se apresuran a ponerse a distancia de las armas como cautas espectadores de su caída."
A partir de la derrota de la armada invencible, la crisis se amplía dando lugar a la plenitud del Barroco, y es Quevedo, como señala Díaz Plaja, "quien nos da un cuadro más completo de tal estado de espíritu", cuando sentencia: "Quien llamó hermanas a las armas y las letras poco sabía de sus abolorios, pues no hay más diferentes linajes que hacer y decir."
¿En qué momento cultural se sitúa Cervantes y el Quijote? Se ha dicho muchas veces que es un puente entre dos tiempos, que une en sí dos sensibilidades: el optimismo lleno de vitalidad del quinientos y la nostalgia de una edad heroica del seiscientos, como dice José Antonio Maravall, "se interpreta como resultado de dos mentalidades opuestas: la utopía arcaizante del hidalgo frente a las fuerzas dominantes del Estado Moderno".

A mi modo de ver, debemos distinguir en verdad dos posturas distintas, y aun opuestas. Primero, don Quijote defiende el antiguo ideal cuando Sancho señala, en tono de burla, que el hidalgo hubiera servido mejor de predicador que de caballero andante: "De todo sabían y han de saber los caballeros andantes –defiende don Quijote– porque caballero andante hubo en los pasados siglos que así se paraba a hacer un sermón o plática en mitad de un campo real como si fuera graduado por la Universidad de París; de donde se infiere que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza" (I, 18). Los verdaderos nobles, entonces, siempre han de distinguirse por su educación y cortesía, no sólo por su valía personal, que deben acompañar a la buena sangre (cada uno es hijo de sus obras). Igual don Quijote contaba con una biblioteca de cien o trescientos libros (según él mismo declara) y "al parecer tenía buen entendimiento y buen discurso en todas las cosas que trataba". Así otros caballeros, como don Luis, se destacan tanto en las armas como en las letras.
Ambas alegan ser necesarias: "dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades..." (I, 38)

Este equilibrio de las armas y las letras proclama Inca Garcilaso de la Vega como lema de su escudo: "con la espada y con la pluma", en referencia a su ascendencia paterna y a su propia participación contra los rebeldes moriscos en las Alpujarras (1570) y sus méritos como escritor y eximio comentarista. La tradición sigue en el emblema: Non solum armis de Saavedra Fajardo (1640), que también representó Andrés Mendo (1642) con la figura de Palas Atenea bajo el lema: Armis et litteris, "que conservan unas, lo que ganan otras".
Muy distinta es la postura que defiende don Quijote en ese famoso discurso de las armas y las letras, donde termina inclinando la balanza (se pierde el equilibrio) a favor de aquellas. Como estudiante, dice don Quijote, se conoce “principalmente pobreza” y se aprende a “andar a la sopa” que ofrecían los frailes gratis en los conventos. También como soldado se vive “atenido a la miseria de una paga que viene o tarde o nunca” (I-38).
Tras esa "disputa" en que se debate quién es más pobre, el estudiante o el soldado, "laberinto de muy dificultosa salida", vuelve a proponer "la preeminencia de las armas contra las letras", porque "aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más", y aunque las letras cuestan "tiempo, vigilias, hambre, desnudez," etc. al soldado le cuesta todo eso y tanto más "porque a cada paso está a pique de perder la vida".

El ejercicio de las armas es la vocación de muchos hidalgos con aspiraciones de grandeza: llegar a ser caballeros sirviendo al rey y señor natural en las Indias, Italia o Flandes, con aventuras novelescas incluidas. Hernán Cortés fue enviado con 14 años a estudiar en Salamanca la carrera de leyes “facultad rica y de honra entre todas las otras”, pero dejó los estudios porque era “bullicioso, altivo, travieso, amigo de las armas”.
En La guarda cuidadosa, en cambio, la elección recae sobre el letrado sacristán, aunque no hay discusión intelectual alguna, sino una situación cómica que culmina con el premio de una humilde fregona. En el curioso discurso de las armas y las letras, don Quijote defiende la preeminencia de las armas. Pero él mismo, con anterioridad, había defendido, aunque como algo ya antiguo, el equilibrio entre ambas: "De todo sabían y han de saber los caballeros andantes..." ¿Cuál entre las tres posturas defiende realmente Cervantes? En el primer caso, podemos pensar que justamente desaprueba lo que el argumento del entremés parece defender, y de ahí los términos despectivos:

Siempre escogen las mujeres
Aquello que vale menos.
El equilibrio entre las armas y las letras se defiende, sin duda, pero ya sonaba algo antiguo en los ideales de la época que tanto influyeron, por ejemplo, en el propio Carlos V. La sabiduría no era algo tan difícil de alcanzar como lo fuera en la época medieval, sino que era casi moneda corriente tanto así que don Quijote desprecia a "algunos que se cansan en saber y averiguar cosas que después de sabidas y averiguadas no importan un ardite al entendimiento ni a la memoria" (II, 22). Sin considerar el enojo que les tenía Cervantes a los críticos y eruditos que nunca lo habían tomado en consideración por lo que, en el prólogo a las Novelas ejemplares, pedía a Dios "paciencia para llevar bien el mal que me han de decir de mí más de cuatro sotiles y almidonados”.

A mi modo de ver, Miguel de Cervantes consideraba que las armas superan a las letras en el camino del verdadero honor, "porque no hay otra cosa en la Tierra más honrada ni de más provecho que servir a Dios, primeramente, y luego a su rey y señor natural, especialmente en el ejercicio de las armas, por las cuales se alcanzan, si no más riquezas, a lo menos más honra que por las letras, como yo tengo dicho muchas veces" insiste don Quijote (II, 24). Y añade: "si la vejez os coge en este honroso ejercicio, aunque sea lleno de heridas y estropeado o cojo, a lo menos no os podrá coger sin honra, y tal, que no os la podrá menoscabar la pobreza". Sancho se admira de que "hombre que sabe decir tales, tantas y tan buenas cosas" diga los disparates que cuenta de la cueva de Montesinos. Justamente en esa cueva don Quijote encuentra al famoso héroe de los romances ya no adorando con armas de caballero, sino como un "venerable anciano" vestido con "una beca de colegial, de raso verde", es decir, more academico: el sabio Merlín lo tenía allí encantado "ha muchos años", que pasaban de quinientos (II, 23). Nada es lo que era.
Sin embargo, no podemos estar seguros, porque algo que pudo demostrar Américo Castro sobre El pensamiento de Cervantes, es que se esconde detrás del narrador y los personajes y situaciones mismas de sus libros, con lo que el Quijote y toda la obra cervantina es una suerte de “polifonía” en la que pueden encontrarse ideas no sólo distintas sino incluso contrapuestas, como vemos aquí: a favor de las armas, de las letras o del equilibrio entre ambas. Ni siquiera el propio don Quijote se muestra seguro, porque termina diciendo: "No todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes; de todos ha de haber en el mundo" (II, 4).
Cervantes antes que escritor fue soldado. Al final de su vida hace gala de su condición y de sus heridas: "Las que el soldado muestra en el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra". Pero Cervantes, frisando los cincuenta, ve las armas, como dice Díaz Plaja, «desde las letras», deformadas por la nostalgia romántica de la juventud. Esa nostalgia se proyecta a un pasado heroico, "aquellos benditos siglos" (I. 38), cuando don Quijote deplora una "edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos", en que el soldado presta sus servicios a cambio de un salario y no en busca de honra, dado que el uso de la pólvora y las armas de fuego han dejado a un lado el valor, la honra individual.

Una vez más, se anhela lo que no se tiene. Los medievales ensalzaron la sabiduría de Alejandro Magno, discípulo de Aristóteles, porque seguramente los caballeros de la época no eran tan cultos como era de esperar. Cuando las universidades de Alcalá y Salamanca reflejaban ahora el esplendor del humanismo con tantos bachilleres y licenciados (aunque Cervantes no se burla de éstos, sino de los graduados en Sigüenza, que era otro cantar), se siente nostalgia por el verdadero honor caballeresco obtenido por la fuerza de las armas.
“Pero el arte del gran novelista, ha dicho Claudio Guillén con justa razón, no consiste en pensar sino en hacer pensar y sentir a sus personajes y sus lectores, mediante la presentación de una variedad de modos de vivir, de hablar y de reflexionar. La cuestión no es la intención del autor, que sólo puede ser objeto de conjetura, sino la variedad de valores a los que la obra misma da vida.”
Y por ende, lo que precisa la lectura del Quijote, como busca la mejor filología, es una comprensión cabal que reconozca cada cosa en su sitio en el dificultoso laberinto de las ideas, en lugar de la imposición de una determinada manera preconcebida de interpretar su obra, como algunas veces se ha intentado.

Se publicó en la revista Época de Piura, N° 368, Marzo 2006.