18 de septiembre de 2014

Julio Ramón Ribeyro y el cuidado del lenguaje

En junio de 1979 Ribeyro concede una larga entrevista a un joven estudiante norteamericano, Efraín Kristal, que ahora es profesor en la Universidad de California en Los Angeles. Fue publicada recién en 2003 en una revista sevillana y recogida luego por el acucioso ribeyriano Jorge Coaguila en Las respuestas del mudo (no figura en la primera de 1998 sino en las siguientes). Aquí trata de explicar un punto de Prosas apatridas en que recomienda evitar no tanto “la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación” (2007: 62). Me parece que no debe entenderse literalmente, como si el escritor tuviera cólera a Quintiliano y a los viejos tratadistas. El pensamiento de Ribeyro hacía mella en una realidad inconfundible. La literatura, dice Ribeyro, es afectación porque el lenguaje escrito es “diferente del lenguaje hablado”, y escribir es una convención que responde a ciertas reglas –que pueden ser la corrección o la originalidad–, y en ese sentido afirma:
“a mí me parecía tan afectado escribir obedeciendo todas las reglas dela convención como escribir tratando de imitar un lenguaje descuidado y un lenguaje oral. En esta actitud hay tanta tensión, tanto cuidado y tanta afectación como escribir utilizando un lenguaje literario y muy cuidadoso” (2009: 336).
En la cuestión había una referencia implícita a una polémica observación que había hecho por aquel entonces Julio Cortázar en el sentido de que en América Latina se escribía según él con lenguajes y retóricas no precisamente latinoamericanas.
Se había celebrado en Las Palmas, del 4 al 8 de junio de 1979, el I Congreso Internacional de Escritores de Lengua Española. Un evento marcado por las disensiones políticas, que congregó junto a unos pocos españoles una verdadera avalancha de escritores americanos: al fin y al cabo ellos nutrían la poderosa industria editorial española y unos días después se abría la Feria del Libro en Madrid.
En el acto inaugural, Antonio Tovar dio lectura al texto enviado por Dámaso Alonso, que disculpó su ausencia por motivo de una enfermedad. El presidente de la Real Academia hizo una exposición en torno a la “defensa y la extensión de la lengua española”, exaltando el valor de la lengua y reiterando una preocupación que fue constante en su pensamiento: «El don divino de la palabra exige un deber: su conservación y defensa.»
Para Dámaso Alonso la defensa de nuestra lengua se enfrenta a una extensión formidable y corre el peligro de su fragmentación; así pues, todos los que la usan están obligados a que se conserve la unidad del español. No una unidad total, pero sí una unidad básica; lo importante para Alonso es la conservación de lo que sea común a todos los hispanohablantes cultos, para lo cual insiste en la necesidad de la “vivificación de las academias”, dado que el “destino de nuestra lengua es el de ser vínculo de hermandad, de paz y de cultura entre los cientos de millones de seres que la han de hablar en el siglo XXI”.
Frente a los críticos más radicales, Jiménez Losantos reivindicaba por aquel entonces que no defendía la lengua de Franco sino la lengua de Cervantes, mientras que Juan Cueto reclamaba un mayor nivel frente a “la colonización cultural yanqui” expresada en los anglicismos. Pero la cuestión política tomó pronto protagonismo y el congreso se suspendió para no dar pie a más peleas. Ribeyro no repararía en las peripecias, debates ni tensiones de aquellos días por más que éstas fueran protagonizadas por sus compatriotas, y en la entrevista solo hará referencia a la conferencia que ofreció “un profesor español de lingüística”, una de las pocas que escuchó “con interés”.
Julio Ramón Ribeyro se interesó especialmente en el asunto de la corrección del lenguaje, por su incidencia tanto en el lenguaje literario como en el lenguaje coloquial. Ribeyro entiende que hay que distinguir entre la norma de la lengua y las normas lingüísticas y aplica esta idea al lenguaje de la narración en Hispanoamérica y en España:
“La norma de la lengua es el lenguaje gramaticalmente correcto, que trata de ser lo más parecido a la manera de hablar de las fuentes primigenias del nacimiento de la lengua española; es decir, lengua de Castilla, de Ávila o de Valladolid. Y la norma lingüística vendría a ser la manera de hablar de cada cual. Entonces él decía que una de las grandes innovaciones y contribuciones de la literatura hispanoamericana a la literatura en lengua española era que los escritores latinoamericanos habían utilizado su norma lingüística, su propia manera de hablar. O sea, hablar sin tratar de imitar a los españoles en cuanto a corrección o perfección de la lengua y que esa era la vía recomendable para hacer literatura.” (2008: 339).
La conclusión a la que llega Ribeyro es que no hay ninguna regla: “como la literatura es una convención, puedes utilizar en la literatura todas las figuras y todos los estilos de lenguaje que te dé la gana”, sin que utilizar la lengua de Cervantes o tu propia norma lingüística te asegure hacer una buena obra. La reflexión de Ribeyro respecto al cuidado del lenguaje es profundamente perspicaz puesto que reconoce que muchísimos escritores latinoamericanos utilizan las expresiones corrientes del habla popular y también acepta el papel importantísimo de su propia manera de hablar, pero en el fondo huye de la afectación de sentirse obligado a reflejar exactamente esa manera de hablar porque era también una posición arbitraria. Definitivamente, en su actitud personal y como escritor, Ribeyro revela ser muy consciente del cuidado del idioma y de la necesidad de huir de toda afectación.
Sin embargo, Aurelio Denegri ha señalado en el escritor un “desaseo prosaico”, por lo que sospecha un poco insidiosamente que “seguramente ya no consultaba el diccionario ni revisaba la gramática”, y con una metáfora típica rotundamente diagnostica que su prosa está “muy infestada de galicismos” (2011: 117). En realidad la mayor parte de los ejemplos que dan testimonio de este aserto en el estudio de Denegri reflejan peruanismos, como “de acuerdo a”, en lugar de “de acuerdo con”; “de más cerca”, en lugar de “más de cerca”, y por supuesto casos de queísmo y de pluralización de haber que son comunes al habla culta peruana. Los galicismos señalados por Denegri afectan especialmente a ciertos usos preposicionales en los que se advierte, efectivamente, una gran familiaridad del escritor con la lengua de Maupassant: “una novela a muchos personajes”, en lugar de “una novela de muchos personajes”; “no hemos participado a esta mutación”, en lugar de “no hemos participado en esta mutación” (Denegri, 2011: 118). Y poco más.
El juicio de Denegri, aun reconociéndole la pertinencia de sus observaciones, tan propias de los buenos correctores de estilo, resulta demasiado severo para un escritor verdaderamente cuidadoso con el lenguaje. Se parece a aquellos críticos decimonónicos que trataban de encontrar solecismos en Cervantes. De hecho, Ribeyro es ya un autor clásico en el país y se ha convertido en el escritor favorito en todas las escuelas públicas y privadas del Perú, especialmente como lectura obligatoria en los distintos niveles de la educación secundaria, y es sin duda el mayor modelo literario que tiene la escuela a nivel nacional.
Ribeyro parece transparentarse en el protagonista, Armando, un escritor que busca posibles finales para dar la solución a un cuento que está escribiendo, concentrado absolutamente en la escritura del relato «La solución»:
Largo rato estuvo revisando su manuscrito, tarjando, añadiendo, corrigiendo. (1994: 624).
En realidad el propio Ribeyro siempre demostró ser muy cuidadoso con sus textos, y los revisaba cuidadosamente una y otra vez hasta quedar más o menos satisfecho del resultado. En los meses previos a la edición del tercer tomo de La palabra del mudo en Milla Batres (1977) señala en su diario:
Con un ímpetu completamente en contradicción con mi estado de salud y hasta contra la circunstancia mantenida –corte de corriente, compra de dos velas para seguir escribiendo– prosigo corrigiendo los cuentos para el tercer tomo de La palabra del mudo (1995: 100).
Y el 7 de mayo lo daba por concluido y anota: “enviado el manuscrito” (1995: 112). El libro estaba anunciado desde agosto de 1975 en que recibe una carta del editor urgiéndole por los textos, y Ribeyro protesta: “lo que me obligará a concluir rápidamente otros relatos comenzados y dejar sin pulimento los ya listos” (1995: 47). En efecto, Ribeyro luchaba “empecinadamente” (1995: 52) para escribir, corregir y revisar los cuentos que formarían parte de esa colección en la que encontramos la pluralización de “haber” igual que en los demás. La edición del libro se retrasó por problemas del editor y recién en enero de 1978 Ribeyro recibe en París algunos ejemplares impresos. Con notable desasosiego encuentra diversas erratas (1995: 195), que procurará corregir en las siguientes ediciones.
Respecto a la pluralización de haber, en oraciones consideradas “impersonales” o “unipersonales”, que es más común en el pretérito imperfecto: “habían libros”, puede considerarse un rasgo morfosintáctico general del español peruano, que también se emplea en varios otros países hispánicos. Igualmente es general el “queísmo”, es decir, el empleo de la conjunción sin la preposición “de” en completivas dependientes de verbos o locuciones que la exigen: “date cuenta que te espero”. Se trata, en los dos casos, de desviaciones gramaticales con respecto a la norma general, la misma que está descrita en el Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española (1996), pero de manera menos tajante y más comprensiva en la Nueva Gramática de la Lengua Española (2009-2011).
Por lo pronto, no hay duda de que Ribeyro usaba normalmente tanto el queísmo como el plural en las oraciones impersonales. En su diario personal anota:
En nuestra playa habían de pronto dos o tres niños que tenían un balde de plástico con un barquito en bajorrelieve exacto al de nuestro hijo. Al final, no se sabía cuál era de cuál (1995: 134).
Igual en los cuentos. En Tres historias sublevantes (1964), leemos: “En la hacienda del patrón habían doce puntas de carneros con sus doce pastores y sus doce corrales.” (39).
La pluralización del verbo “haber” es general en Perú y esa opinión ya la ofreció Rocío Caravedo al estudiar la norma culta peruana:
Las formas impersonales no presentes del verbo haber resultan casi categóricamente flexionadas en número concordando con el objeto verbal: habían personas, hubieron casos, habrían oportunidades, etc., en el habla de la costa de hablantes escolarizados, e incluso éstos llegan a corregir los casos en que se presenta la forma correcta en su propio discurso o en el de los demás, lo que revela hasta qué punto el sistema valorativo de esos hablantes no es coherente con las normas prescriptivas. (1996: 166).
En realidad el español peruano consiente la pluralización y el queísmo como formas usuales. Aparte de algunos descuidos e interferencias producto de una larga experiencia en el extranjero, Ribeyro es extremadamente cuidadoso con el lenguaje; más aún, parece ser uno de los escritores más influyentes en la norma escolar peruana. Pero lo que parece evidente es que no se atiene a la norma académica peninsular, que fundamentalmente desconoce, sino a la norma culta peruana, que es la suya y que a la vez refuerza, por cuanto de manera más que privilegiada la representa.


*Extracto de un trabajo publicado en la revista Antípodas. Journal of Hispanic and Galician Studies, 23 (Rosas y Gallinazos. Antípodas Monographs), Sidney, 2012, pp 175-184

Bibliografía
Alonso, Dámaso.
(1956). “Defensa de la lengua castellana”, en Memorias del II Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua, Madrid, Comisión Permanente de las Academias de la Lengua, pp. 33-48; también en Del siglo de Oro al siglo de las siglas. Madrid, Gredos, 1962, págs. 237-260.
(1963). “Para evitar la diversificación de nuestra lengua”, Arbor, LV, vol 211-212, págs. 7-19.
(1989). “Unidad y defensa del idioma”, en Obras completas, vol. IX, Madrid, Gredos, págs. 667-675.

Caravedo, Rocío.
(1989). El español de Lima. Materiales para el estudio del habla culta. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú.
(1996). “Perú” en Manuel Alvar (dir.), Manual de dialectología hispánica. El español de América. Barcelona, Ariel, pp. 152-168.

Denegri, Aurelio.
(2011). Lexicografía. Lima, Editorial San Marcos.

Lope Blanch, Juan María.
(1991). “Dámaso Alonso y el futuro del español”, Anuario de Letras, 29, pp. 279-291.

Ribeyro, Julio Ramón.
 (1964). Tres historias sublevantes. Lima, Juan Mejía Baca.
 (1995). La tentación del fracaso. Diario personal. III (1975-1978). Lima, Jaime Campodónico.

 (2009). Las respuestas del mudo. Selección, prólogo y notas de Jorge Coaguila. Segunda edición. Lima, Tierra Nueva.

17 de enero de 2014

Richard Spruce y el algodón piurano



                Richard Spruce (1817-1893) fue un notable botánico inglés que fue comisionado para estudiar las posibilidades y características del cultivo del algodón en los valles de Piura de febrero a junio de 1863. Se le menciona habitualmente por haber registrado un pequeño vocabulario del idioma que se habló en Sechura, apenas unas pocas palabas escuchadas de una anciana cuando ya la lengua estaba prácticamente extinta. Recoge también una colección de fósiles, se interesa por las antigüedades peruanas y escribe unos valiosos apuntes sobre los cultivos y las plantas silvestres de los valles norteños.¨[1]
                 Pero a Spruce lo que le interesaba realmente no era el algodón ni los fósiles ni la tumba de Atahualpa ni las lenguas amerindias, sino las flores, los líquenes y las plantas de todo tipo y de hecho sus notas constituyen la base de los estudios botánicos de la Amazonía. Llegó a clasificar 30 mil especies botánicas, cuyas muestras se conservan en el Jardín Botánico de Londres. Escribe su informe de Piura por encargo, y sus notas sobre la yuca de monte o sobre la orchilla van de contrabando. Los ingleses utilizaron su superioridad científica para propósitos menos honorables, y de hecho la comisión de Spruce tenía como último propósito indagar si el algodón peruano podía hacer verdadera competencia al algodón egipcio, en manos de inversionistas ingleses que lograrían, en 1882, que el país entero quedara bajo el poder (ellos decían “protectorado” ) del insaciable Imperio Británico.

              
  Británicos eran igualmente los que implantaron explotaciones de algodón a gran escala en Piura, aunque ya desde tiempos inmemoriales el algodón nativo se había cultivado libremente en las vegas de los ríos y se vendía el pabilo para colchas, bujías y velas en el mercado de Loja a un real la libra. El tejido de tocuyo se vendía a un real la vara.
De hecho, uno de los obstáculos que encontraba Spruce es que los indios y especialmente los mulatos no querían trabajar en las haciendas por más que les ofreciesen chacras para su propio uso. Querían vivir en las ciudades y buscar empleos de sastres, zapateros, herreros o albañiles. Piura se modernizaba.
Con la guerra civil americana los precios del algodón estaban por las nubes y los cultivos absorbían todo el capital y la mano de obra disponibles en la provincia. Las exportaciones en 1852 alcanzaron sumas considerables: unos 22 mil quintales, según Alexander Blacker, vicecónsul inglés en Paita, pero luego disminuyeron a entre seis y ocho mil quintales. El problema no era el costo de las explotaciones, que para Spruce probablemente estaban por debajo de cualquier otra parte del mundo.
 "The trouble and expense of keeping the plantation in order are probably less than in any other part of the world" (73).
Aunque los piuranos preferían trabajar para sí y no tener patrón, por lo general la falta de trabajadores no era el problema. Con el algodón se impone en Piura el trabajo infantil a gran escala y los ingleses G. Garland y W. Stirling en Amotape y en Tangarará pagan a los niños en la cosecha un real por arroba de algodón, y en una jornada de trabajo podían ganar la miseria de ocho o nueve reales luego de un durísimo trabajo. El beneficio que reportaba era considerable porque para mil quintales, valorados en unos 65 mil dólares se estimaba un gasto total de 20 mil, con lo que se obtenía “a wide margin” de utilidades (79). Los niños siempre habían ayudado en las tareas del campo, por ejemplo, sacando las chirimachas de los cultivos pero no para las labores más pesadas. Pero los ingleses no tenían escrúpulos si se trataba de amasar fortunas.
Garland se asocia con Pedro Arrese y negocia con Mr. Alfred Duvall la compra de maquinaria en Estados Unidos. Las haciendas necesitan ahora mayores sistemas de irrigación y bombean el agua desde el río o del subsuelo con bombas de 25 caballos de potencia (quemaban toda la madera de algarrobo que encontraban). Duvall presenta un entusiasta memorial a la asociación de productores de algodón en Baltimore, en 1861, recomendando el norte del Perú como lugar favorable a las inversiones del capital inglés y norteamericano. Spruce se muestra cauteloso y no le da tanta importancia: el valle del Chira es de alguna manera un Egipto en miniatura, pero no hay una inundación periódica de su pequeño Nilo que deposite un aluvión fertilizante” (72).
El mayor obstáculo era que aquí la planta  se encontraba en su espacio nativo y requería de más tiempo para producir, pues se exponía más a las plagas autóctonas, ausentes en África o en Arizona. En efecto, la producción iría decayendo por un mal manejo de la planta y la falta de nutrientes (50). Describe Spruce igualmente las variedades nativas y constata que el peruano y el egipcio producen "the largest crop of cotton" (57). Pero el intervalo entre la siembra y la cosecha es aquí más prolongado (236 días frente a los 137 días que requiere el egipcio). Una de las plagas más dañinas era ya entonces un gusano conocido con el nombre de “ensartado” o “arrebiatado”. Spruce siempre hace mención de los nombres locales de las cosas dando además razón de las cosas, con atinadas observaciones científicas, que son hoy lo más resaltable de su obra (42-43).
Duvall se habría dejado llevar por su entusiasmo, y su discurso ofrecía: “a little exaggeration of the advantages and lessening of the difficulties”, dirá Spruce (53). El problema era también por lo que se había encarecido demasiado el transporte. El algodón seguía cotizándose entre 22 y 26 dólares la libra y en tal caso podía ser “profitably cultivated on the Chira”, pero con precios inferiores dejaba de resultar competitivo frente a la mayor cercanía del algodón egipcio. Los ingleses no tenían de qué preocuparse.
Las compañías comerciales inglesas ya se habían apoderado igualmente del mercado sudamericano con la consiguiente ruina de las viejas industrias virreinales. El propio general Miller al entrar en Cuzco había expresado sin paliativos que las manufacturas inglesas estaban llamadas a dominar las ricas ciudades del Perú, las que se sumirían luego en el colapso económico y la ruina social. Los barcos ingleses traían telas, máquinas, jabón, telas, mentas, sombreros de fieltro y zapatos, toda clase de manufacturas, y de vuelta se llevaban a Inglaterra los barcos llenos de guano, y también lanas, plata, cobre, fierro y cueros. Markham había llevado la chinchona a la India y su éxito le había valido el título de Sir. Paita estaba lleno de barcos balleneros ingleses y algunos bostonianos. El algodón podía ser también un gran producto de exportación, siempre que -como hoy- un conflicto encareciera su valor.
Piura entraba de lleno en la modernidad de la mano de los ingleses con la explotación infantil del campo y la destrucción de sus espesos bosques de algarrobo como señales inequívocas de progreso. Luego vendrá el ferrocarril y se irán los sombreros, el caucho, el querosene y el petróleo. A Spruce parece que no le preocupaba mucho y ni siquiera se molestó en publicar su vocabulario sechura. Lo dio a conocer  el alemán Otto von Buchwald en 1922: lagartija: “lutal”, pescado: “xuma”, ojo: “uchi”… [2] Era importante porque permitía corroborar la autenticidad del vocabulario Sechura registrado cien años antes por el obispo Martínez Compañón, pero era igualmente un descubrimiento tal vez demasiado exiguo, no tan valioso como sus plantas y sus semillas, ni siquiera demasiado esclarecedor para resolver el origen y el significado de la toponimia regional.





[1] Notes on the valleys of Piura and Chira, in northern Peru, and on the cultivation of cotton therein, Londres, G.E. Eyre y W. Spottiswoode, 1864.

[2] “Migraciones Sud-Americanas”, Boletín de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos, 1, 1918, pp. 227-236. Paul Rivet lo incluyó en su artículo “Las langues de l’ancienne diocèse de Trujillo”, Journal de la Société de Americanistes, París, 38, pp. 1-51. de 1949, pp. 6-9. Ver también Carlos Robles, Historia de Piura. Piura, Concejo Provincial de Piura, 1973, p. 2.

Se publicó en el suplemento Semana del diario "El Tiempo" de Piura el 29 de diciembre de 2013, pp. 14-15.