
En la costa norteña, en efecto no faltan las interpretaciones más imaginativas y fantasiosas de los nombres de populosas localidades como Morropón, Chulucanas o Talara. Se dice que desde el morro del cerro se escuchó el “pon” de un trueno o que llegó un cholo de pelo blanco o “cano” a cierto lugar, o que se fueron a “talar” el bosque “por allá” y cosas así que no pasan de ser amigables fábulas
para escolares. Y es que todos queremos saber por qué nos llamamos así y no de
otra manera, cuando al final las palabras y los nombres funcionan gracias a la
pura arbitrariedad.
A inicios del siglo XX la toponimia era una ciencia muy popular. Un listado de topónimos de Tumbes y Piura había publicado Gastón Ramírez en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima (1904), agrupando las localidades por distritos, y bien pudo haber servido de aliciente para un artificio de semejante naturaleza. También Germán Leguía y Martínez había emprendido su extenso Diccionario geográfico, histórico y estadístico (1914) del departamento con muchas noticias de toponimia y de antigüedades locales.
Max Uhle (1856 - 1944) daba a conocer la grandeza y la antigüedad del complejo chavín de Huántar y no faltan desde entonces las especulaciones respecto de cuál habría sido el idioma de sus pobladores, asunto todavía no resuelto por cierto. José Sebastián Barranca (1830-1909), discípulo de Tschudo, había difundido diversos trabajos sobre el aimara y el origen de las lenguas americanas y numerosas etimologías o raíces kichuas, y postumamente, un ensayo de toponimia también en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima, en 1922, “para servir al estudio de este idioma y de otras lenguas autóctonas afines”. De su enredado trabajo solo se pueden sacar algunas conjeturas y muchas precauciones.
Efectivamente es la época en que se discute vivamente cuál de las lenguas andinas sería la más antigua y origen presuntamente de todas las demás. Claro que esto reflejaba algo tardíamente los debates científicos que se habían generado en Europa en torno a la posición del sánscrito, la antigüedad del vasco o las características del indoeuropeo. José de la Riva Agüero, por ejemplo, postulaba que el cauqui de Yauyos debía ser la lengua que habría dado origen al quechua y el aimara y, por lo tanto, la más antigua. Cisneros sospechaba ya en 1954 que eran puras especulaciones.
En este contexto se sitúa una presunta relación de vocablos tallanes con supuestas significaciones “tomadas de la tradición” difundidas por Carlos Robles en 1976 y publicadas seis años después por el cataquense Jacobo Cruz Villegas, que han tenido cierto eco en la vida local, e incluso en la onomástica comercial. No se trata de un léxico al uso, sino de interpretaciones toponímicas y patronímicas, que se atribuyen a Manuel Yarlequé Espinoza (1848-1923), un connotado abogado
sanmarquino, periodista y diputado del partido Constitucionalista del Mariscal Cáceres. Según esta presunta “tradición”, el nombre de Catacaos significa “llano grande y exuberante”, y Narihualá sería “ojo grande que avizora la lejanía”. Por supuesto toda esta serie de etimologías no tienen mayor fundamento científico, pero están difundidas por todas partes.
Mucho más serio y conocido es el trabajo de Max Espinoza Galarza (1900-1984), Toponimia quechua del Perú, que recoge además mucha información relativa a costumbres y tradiciones pero que, junto a análisis atinados de topónimos quechuas en sí transparentes, comete muchos errores y además trata de hacer lo que von Tschudi denunciaba, que es interpretar desde el quechua topónimos mochicas, tallanes, etc., como Collique (que no vendría de culqui, ‘plata’, sino -digo yo- del mochica kolyek, ‘pozo’), o Paita.
El profesor Cerrón posee los instrumentos y saberes necesarios, pues cuenta con una buena formación en teoría lingüística y en historia de la lengua española y especialmente un conocimiento profundo y detallado de las lenguas quechua, aimara y mochica, con las que alcanza una culminación y una síntesis de años de estudio y reflexión, y el análisis cuidadoso de vocabularios, gramáticas, crónicas y documentos del mundo andino, además de datos procedentes de la etnografía, la arqueología y la antropología andinas, para elaborar, como señala José Antonio Salas, “un trabajo detectivesco que deslumbra y a la vez destruye viejas creencias lamentablemente muy difundidas, por esa etimología de aficionado llena de interpretaciones fantasiosas”.
Su trabajo se asienta sobre cuatro principios básicos: “la naturaleza poliglósica de la onomástica andina, en cuya creación–señala Cerrón– intervinieron muchas lenguas, de las cuales el aimara y el quechua son apenas las que sobrevivieron; la falacia del «quechuismo primitivo» del antiguo Perú y la veracidad de la tesis del aimarismo pre-quecha del mundo andino; la falacia del origen cuzqueño del quechua y la verdad del aimarismo en los incas históricos”. Y luego de explicar el origen de términos culturales como “jora”, “chirimoya”, “hanan” y “hurin” (que en realidad fue “lurin” o “rurin”), y con valiosos comentarios de las etimologías que traen el Inca Garcilaso o el padre Murúa (por ejemplo, de “apacheta”), Cerrón descifra algunos topónimos (Canta, Huarochirí) y explica los sufijos arcaicos de otros (Ancash, Huamanga).
Ofrece un espléndido estudio sobre el origen del nombre del Cusco. Si ya Carrión Ordóñez denunció con razones fundadas el caprichoso cambio ortográfico operado en los años ochenta (pues en verdad tenían razón en escribir Cuzco con zeta), ahora Cerrón descubre el secreto de la etimología de “Cuzco”, que significa: “la piedra donde se posó la lechuza”. Lo de “ombligo del mundo” se lo inventó Garcilaso copiándose de la capital de la Utopía de Tomás Moro. Prosigue con “Ollantay”, para el que también encuentra un origen aimara [*ulla-nta-wi] ‘lugar desde donde se ve de arriba hacia abajo’, por lo que pasó de topónimo a antropónimo y no al revés, para terminar la serie con un estudio dedicado a Lima, topónimo para el que se postula el étimo quechua aimarizado *limaq ‘el que habla’, entendiendo que fue “oráculo antes que río hablador”.
En una tradición “hasta ahora llena de mitos y distorsiones”, la lingüística y la filología peruanas irrumpen con el trabajo de Cerrón-Palomino en el develamiento del pasado andino” y la etimología, por fin, ilumina espacios hasta ahora opacos de especial interés a investigadores de la arqueología y la etnohistoria de los Andes. En la costa norteña el camino se vuelve infructuoso y tal vez sea impracticable porque ni siquiera contamos con vocabularios de esas lenguas extintas con las que los antiguos pusieron nombres a los ríos y a las casas.
