23 de diciembre de 2014

Crónicas del despenador

En la última novela de Mario Vargas Llosa, "El héroe discreto", se alude brevemente a algunas costumbres y tradiciones casi olvidadas de Piura entre las que se registra la figura del "despenador", que parece una forma antigua de eutanasia popular, pero más bien se trata de un reiterado tópico literario de la cuentística peruana que apenas tuvo algunas manifestaciones, precedentes folclóricos en la realidad. La figura que describe Vargas Llosa, por otra parte, una despenadora mujer con una uña horripilante que se clava en el gaznate del moribundo, corresponde más bien a la tradición argentina que a la peruana, y no faltan precedentes que lo ponen ampliamente de manifiesto.
El movimiento moderno a favor de la eutanasia no responde a necesidades reales y surge en un país tan rico como Inglaterra, en 1935, cuando el Dr. Killick Millard funda la Euthanasy Society. Pronto la promueven con especial crudeza los nazis en Alemania, luego se debate en Estados Unidos junto al movimiento eugenésico, y en el último tercio del siglo XX conoce un notable desarrollo en Holanda, y la difusión de algunos casos dramáticos alimenta las dudas en la opinión pública de la mano del cine, la radio y la televisión. 
El racionalismo procedente de la Ilustración no puede enfrentar la irracionalidad de la muerte y la esconde los cementerios en las afueras de las ciudades y trata de legislar incluso la posibilidad de provocarla según criterios tan racionales como egoístas. Ahora niega a las personas la dulce y casi alegre tristeza de la muerte natural y se la exige para los animales, desde el feroz toro de lidia hasta las humildes gallinas en movimientos de protesta jacobinos. Y en una lógica roussoniana trata de encontrar justificación en las culturas nativas de lugares lejanos y condenan a las autoridades religiosas y civiles por perseguir prácticas tradicionales que puedan parecer “naturales” y, por ende, darse por “buenas”, aunque no lo sean.
En muchas zonas rurales de Sudamérica se ha señalado la presencia de un personaje oscuro y temible que por lo general se conoce como “el despenador”. Según Ricardo Palma era un oficio habitual en muchos pueblos del Perú, aunque seguramente exageraba un poco. En Puno, el doctor José Manuel Marroquín señalaba que aún en los años cuarenta del siglo XX, estaba muy generalizada la creencia de que el agónico exhala el "apostema" o aliento contagioso que enferma a quienes cuidan al paciente. Es por eso que le echaban un lazo al cuello y lo estrangulaban "para que no salga el apostema".
El arqueólogo, lingüista y etnólogo uruguayo Samuel Lafone Quevedo describía por su parte la “vieja costumbre” de despenar agonizantes pasado en lugares remotos de Argentina o Bolivia. Ciertas mujeres eran llamadas para ultimar a aquellos enfermos que prolongaban demasiado la agonía de la muerte.
La muerte se disfraza siempre y la propia palabra “despenador”, hoy en desuso, era un eufemismo por verdugo igual que “deshecho”, “desperdicio” o “deposición” esconden la fealdad de palabras como “basura”, “suciedad” o “excremento”.
El reconocido médico forense español José Manuel Reverte Coma, relataba otros ejemplos de despenadores entre los esquimales del Ártico o los indios cuna de Panamá, país que fue su residencia durante 17 años y donde desarrolló una enorme labor también en el ámbito de la cultura, lo que le valió además fondos del Instituto Smithsoniano y numerosos premios. Con una obra científica más que notable, destacó que todas las culturas, en general, muestran enorme respeto por los ancianos, a los que protegen y cuidan incluso más que en los países civilizados justo porque valoran especialmente su experiencia. El fenómeno de la eutanasia es en las culturas antiguas algo marginal y está restringido a condiciones en que el agonizante pone en riesgo a la comunidad tribal, sea por el peligro de contagio o por la necesidad vital de desplazarse a otros espacios.
El despenador se convirtió luego en un motivo literario y las distintas versiones peruanas del tema tienen origen en narraciones de Ricardo Palma y Ventura García Calderón. Uno de los relatos de La venganza del cóndor (1924) ofrece una espantosa versión del asesino de enfermos con la sorpresa final de que la víctima se convierte en verdugo y el despenador en despenado. Sin llegar a tanto, en la tradición “Juan Sin Miedo” de Ricardo Palma el agonizante arremete con un candelabro ante la amenaza del fraile lego que termina desmayado y de paso se vuelve manso como un cordero. Palma alude al despenador como un personaje que habitualmente “era un indio de feo y siniestro aspecto que habitaba siempre en el monte o en alguna cueva de los cerros”. Recibía con antelación dos o cuatro pesos como pago por el servicio, que consistía en un estrangulamiento realizado con una uña “descomunalmente crecida”.
El escritor y diplomático piurano Francisco Vegas Seminario incluye otro en Chicha, sol y sangre (1946): un pobre desahuciado observa aterrorizado que se le acerca el despenador. Luego el escritor paiteño Teodoro Garcés Negrón (1897-1981) escribe un conocido relato de despenadores. Garcés Negrón fue un asiduo colaborador de La Industria y de otros periódicos de Piura con sus “Crónicas piuranas”, y autor de un Romancero piurano (1965) caracterizado por su lenguaje festivo e ingenioso a la vez que la fina sensibilidad con la que describe lugares y personajes de la región. Póstumamente se publicaron sus cuentos en la colección Perulibros promovida por Juan Mejía Baja con el apoyo de la Biblioteca Nacional del Perú, en 1988 y en Piura en el CIPCA en 1991.
Garcés Negrón fue Contador Público de profesión y un asiduo periodista y escritor piurano, compañero de Vegas Seminario en el semanario La Prensa, en 1921, junto a Enrique López Albújar, quien le impuso el mote de “el Cura”. Garcés Negrón se formó en la Universidad de Trujillo y tuvo una activa participación política, pues formaría parte del grupo fundador del Partido Aprista en Piura, siempre muy cercano al Grupo Norte. Fue también, dice Juan Paz Velázquez, regidor de la ciudad y propietario de una librería ubicada en la céntrica calle Tacna de la ciudad.
Garcés Negrón pone siempre una nota de humor en las situaciones más desesperadas y es algo ambiguo porque nos lo muestra desde los ojos de un testigo como “mi amigo el despenador”. Trata de justificar su terrible actuación porque con los lamentos “no pueden descansar los mayores ni dormir los churres”. No podrán atender al cuidado del enfermo cuando llegue la paña, la cosecha del algodón. En realidad son dos relatos diferentes con un mismo protagonista, don Ciriaco, en una mezcla de relato de terror, realismo mágico, estampa costumbrista y comentario político y social.
El despenador cumple su labor por duplicado: por un lado ultima a un tal Yovera, castigado por ocioso, y luego mata a un serrano con el detalle humorístico de que le reclama una plata al despenador que lo silencia. Garcés consigue momentos de gran fuerza narrativa, detallando con cruda agilidad la manera con que el despenador imponía las rodillas en el pecho de los ancianos y los ahogaba con sus fuertes manos. El modus operandi difiere de otras prácticas descritas, pero también en el relato mismo hay divergencias: primero el despenador llega sin ser llamado y aparece y desaparece sin que casi nadie pueda verlo, casi como un fantasma, a altas horas de la madrugada. En el segundo caso, en cambio, es un vecino que acepta el encargo en pleno día y al final recibe su paga: siete pesos y dos sortijas de oro.
El tópico indigenista aparece como justificante absoluto: don Cipriano es “heredero de la ética de los antiguos tallanes”, y su superioridad moral se basa en una burda presunción de inocencia: “Los antiguos sabían más que los blancos que sólo quieren oro”, aunque este Cipriano se llevará al final, por supuesto, las sortijas, además de la herida que le dejó el agonizante, al tratar de defenderse mordiéndole el brazo. A Cipriano “nadie le perdía el respeto, y como decían que había matado a varios bandidos en sus años mozos, lo miraban con cariño”. Y de todos modos, seguía una tradición antigua: “Los viejos guardamos muchos secretos y cumplimos sus costumbres”. Otra justificación gratuita.
La fuerza de los secretos es vaga y endeble y más interesante resulta que en el relato hay elementos mágicos que de alguna manera expresan la inmoralidad del acto, que son la amarra colorada que distingue al oscuro oficiante, que marca sus pasos en el tobillo, así como la clara mordedura de muerto que muestra en el brazo y que “no se cura”. El despenador, pues, está señalado o marcado con el color de la sangre y la herida que sufre por ejercer ese oficio eugenésico no tiene remedio en este mundo: no puede subsanarse con nada.
“Lo habían ensayado todo sin éxito: el sebo de jaguar; la lana de llama blanca que alivia el dolor y se ha friccionado con ella el pecho enfermo; las hierbas serranas que el brujo del pueblo vecino propinaba en un mate…” En el cuento de García Calderón se enumeran los remedios que usan los parientes para aliviar los males del enfermo. Pero una sola cosa basta para producir la muerte.
En la Isla de Ustupu, una de las más interesantes del archipiélago de San Blas o de las Mulatas, en Panamá, los indios cunas usan el extracto del ina nusu para curar las lombrices de los niños como infusión, pero concentrada por ebullición la hierba produce una substancia mortal, un alcaloide parecido a la nicotina. Bastan cuatro o cinco gotas bajo la lengua para acabar con la vida de cualquier ser humano, cosa que hacen cuando quieren “despenar” a alguien que padece una enfermedad incurable o bien es demasiado viejo para poder valerse por sí mismo.
Los chamanes tardaron siete años en darle a conocer el secreto al doctor Reverte, señal de la vergüenza y el respeto que otorgaban al peligroso veneno. El mundo moderno trata de controlarlo todo y en ello también se incluye un protocolo para la muerte. El debate reaparece con cada nuevo caso (el de José Luis Sampedro generó luego la película Mar abierto), y a menudo tratan de justificarse en la presunta “naturalidad” de las culturas ancestrales, pero estas sienten igualmente el temor y la vergüenza, el dolor por el mal que está inscrito en el corazón de todos los seres humanos. Claro que siempre pueden darse razones para justificar lo irreparable y pueden inventarse razones para la peor perversidad, pero finalmente la huella en el alma que deja la mordedura, el daño moral que afecta al despenador y a su comunidad por permitir y justificar la muerte violenta de un enfermo inocente no pueda borrarse nunca con nada.

 Se publicó en la revista Antesala en Lima, en noviembre de 2014.


Referencias bibliográficas
Teodoro Garcés Negrón, “Mi amigo el despenador”, en La embestida del carnero y otros cuentos. Lima, Biblioteca Nacional del Perú, 1988, pp. 81-86.
Ventura García Calderón, “El despenador”, en La venganza del cóndor. Madrid, Mundo Latino, 1924.
Ricardo Palma, “Juan Sin Miedo”, en Tradiciones peruanas. Quinta serie. Barcelona, Montaner y Simón, 1893, tomo III, pp. 34-37. 
Miguel Ángel Rodríguez Rea, “El cuento peruano contemporáneo. Índice bibliográfico I. 1900-1930”, en Lexis, 7, 1983, pp. 287-309.
Francisco Vegas Seminario, “El despenador” en Chicha, sol y sangre. París, Desclée de Brower, 1946, pp.  121-130.


7 de noviembre de 2014

Palabras que atraviesan fronteras

La firma del acuerdo de paz en Brasilia el 26 de octubre de 1998 devolvió la confianza y la amistad a la frontera entre Perú y Ecuador, y junto al dinamismo comercial y al cada vez más intenso tránsito de vehículos y pasajeros, que fueron la nota dominante de la provincia durante siglos, volvieron a encontrarse las formas de hablar y los dialectos de ambos lados de la frontera. Las diferencias son ahora más notorias y el paso del tiempo ha distanciado los modos de hablar, pero todavía hay muchas cosas en común.
Que el habla de Piura tiene muchos rasgos coincidentes con las hablas de Machala y todo el litoral surecuatoriano era un hecho señalado ya por Martha Hildebrandt en 1949. Pese a las muchas diferencias que puedan haber, sobran las palabras compartidas a ambos lados de la frontera. Una de ellas es “chifle”, que pese a las diferencias de preparación y demás, es un elemento característico de la gastronomía de ambos lados de la frontera. También llamamos "seco" a unas preparaciones culinarias similares.
Enrique López Albújar fue el primero en señalar “chifle” como una palabra peculiar norteña, y lo hizo porque publicó un manojo de vocablos piuranos en un pequeño glosario que acompaña sus “Poemas afroyungas” de 1938. Luego vendrían la extensa colección de artículos sobre piuranismos de Carlos Robles Rázuri (1982-84), los diccionarios de Esteban Puig (con dos ediciones en 1985 y 1995), y de Edmundo Arámbulo Palacios (1995), además de un repertorio inserto en una miscelánea de Carlos Arellano, y un diccionario de Sechura, reunido por César Arrunátegui (1996). A estos habría que añadir el valioso trabajo del sullanero, también autodidacta, Carlos Humberto Arellano Agurto (1996), y el repertorio todavía inédito del coronel Germán Salazar Palacios, además de pequeños glosarios que se han recogido en Morropón, Ayabaca y Huancabamba.
Debemos reconocer, sin embargo, que algunos de estos vocablos estaban ya señalados en el “Ensayo de lexicografía ecuatoriana” que publicó Gustavo Lemos en una pequeña imprenta de Guayaquil en 1920, y que trae un buen número de palabras usadas habitualmente en los departamentos de Piura y Tumbes. Registra el nombre del “guachapelí”, que es un árbol endémico de estas regiones litorales. Menciona que en estas zonas se conoce como “tollo” (que es un vocablo procedente de las Islas Canarias) al pez que en el Ecuador y Colombia llaman “cazón”. Y trae la primera noticia de “chifle”, con una descripción algo diferente: “rebanadas de plátano verde fritas en mantequilla o grasa de cerdo”. También recoge otros términos referentes a alimentos como “malarrabia” y “repe” (especialmente señala en los pueblos fronterizos con el Perú), “panela” y “raspadura”, plantas como la “guayusa” o animales como “güerequeque” y expresiones tan coloquiales como “abombado”, “manclenco”, “rangalido” o “relancina”, que se forma derivado de “lance”, que en castellano antiguo se decía por cualquier prueba o intento. “¡Pura relancina!”, decimos a ambos lados de la frontera.
Recoge también Lemos Ramírez el despectivo “gallinacera” referido a barrios o grupos de personas de raza negra. Una estudiosa norteamericana lo confundió con un etnónimo. Hay vocablos con variantes: “concolón” decimos en Piura al arroz quemado, y en Ecuador se le dice “cocolón”. 
Muchos difieren, pero hay otras noticias interesantes. Aunque no trae “churre”, que es un modo totalmente piurano de referirse a los niños, se puede explicar el origen castellano del término por las noticias de que en la sierra ecuatoriana, según Lemus, se decía “gallo churri” al ejemplar que no tiene buena cría, y en más aún en la costa decían “churrío” al gallo o gallina mestizos, con lo que se explica el origen también despectivo y burlón del desenfadado piuranismo. En Ecuador también dicen “chorreado” a la persona sucia y desaseada”. Considera que “faite” era un neologismo del litoral ecuatoriano, pero es también un vocablo empleado ampliamente en la replana de toda la costa peruana, y es que se trata de un préstamo por influencia del inglés “fighter”, que revela la presencia y el cariz de los marinos y viajeros norteamericanos que viajaban a California por la ruta del cabo de Hornos en busca del oro de California.
Gustavo Adolfo Lemos Ramírez había nacido en Guaranda, en el centro andino de Ecuador, el 17 de febrero de 1877, y luego de asistir a la escuela de los salesianos y jesuitas en Quito se estableció en Guayaquil, en 1901, como maestro en el Colegio San Luis Gonzaga. En 1920 salió diputado por la provincia de Bolívar y publicó "Semántica o Ensayo de Lexicografía ecuatoriana, con un apéndice sobre nombres nacionales compuesto de raíces quichuas", al que añadió luego un suplemento con tirada aparte (es tarea de nunca acabar) de 52 páginas. La obra salió a la luz con numerosos aportes de Honorato Vásquez con quien se escribía a menudo y datos de Carlos R. Tobar y Alejandro Mateus así como de José Trajano Mera, con lo que Lemos trató de abarcar los distintos espacios del país, pero igual destacan en su obra los costeñisimos no usados en el interior, los que por su origen serrano habría advertido con especial interés.
Preparó también para el Ministerio de Instrucción Pública un texto de "Gramática española" para uso en los colegios secundarios del país, se interesó por la toponimia y escribió algunas obritas literarias de poco mérito. Falleció aquejado de una persistente tisis pulmonar el 14 de marzo de 1936. Lemos se mostraba agradecido por el interés que había prestado a su obra Miguel Toro y Guisbert (1880-1966), además de los lingüistas Paul Rivet y Max Leopold Wagner. El mismo año de su muerte se publica en Lima “El lenguaje peruano” de don Pedro Benvenutto Murrieta, pero de hecho Murrieta no se hace eco de los aportes de Lemos, aunque lo menciona (1936:200). Tan solo parece haber contado con las referencias aportadas por el ecuatoriano Miguel Riofrío, autor de un pequeño cuaderno de correcciones idiomáticas desaparecido, pero que entonces fungía como representante diplomático en Lima (1936: 9).

“Ningún lexicógrafo conoce aún la acepción que damos a este vocablo en el Ecuador”, dice Lemos refiriéndose a “chifles”, y lo mismo pudo decir de otros muchos, dado que salvo el diccionario de Juan de Arona (1883), que no es muy prolijo, nadie había hecho recopilación alguna del léxico popular en ninguno de estos dos países hermanos, los que, junto a todas sus diferencias y disensiones comparten en la transparencia de sus fronteras unos cuantos vocablos que dan cuenta de un pasado compartido con lazos de intensas y antiguas relaciones familiares, culturales, políticas y comerciales.